La forma del árbol.
En México, cerca de Oaxaca, hay un árbol que según dicen tiene dos mil años. Se lo conoce como "el árbol del Tule".
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Es, sin duda, el ser más viejo que me ha sido dado encontrar.
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Y mi primera sensación es la de la ausencia de forma: es un monstruo que crece -se diría- sin plan alguno, el tronco es uno y múltiple, como envuelto en las columnas de otros troncos menores que surgen adosados al mastodóntico fuste central o se separan de él casi como si quisieran hacerse pasar por raíces aéreas que hubiesen caído desde lo alto de las ramas como anclas para encontrar la tierra, cuando en realidad son proliferaciones de las raíces terrestres que crecen hacia arriba. El tronco parece unificar en su perímetro actual una larga historia de incertidumbres, germinaciones, desvaciones. Como esquifes que no logran hacerse a la mar, surgen del tronco vigas horizontales cortadas hace mil años cuando estaban dando vida a una bifurcación de la planta y que han perdido toda memoria de su primera intención, para convertirse en cortas protuberancias gibosas. De los codos y rodillas de ramas que sobrevivieron al derrumbe en épocas remotas, continúan separándose ramas secundarias, anquilosadas en una incómoda gesticulación. Nudos y heridas han seguido dilatándose, proliferando unos en excrecencias y concreciones, protuberando otros con sus bordes desgarrados, imponiendo su singularidad como el sol en torno al cual irradian las generaciones de células. Y sobre todo esto, espesada, encallecida, creciendo sobre sí misma, la continuidad de la corteza que revela toda su fatiga de piel decrépita y al mismo tiempo la eternidad de aquello que ha alcanzado una condición tan poco viviente que ya no puede morir.
¿Quiere decir que el secreto del durar está en la redundancia? No hay duda de que repitiendo innumerables veces sus propios mensajes el árbol se asegura contra la continua posibilidad de accidentes mortales en cada una de sus partes, y consigue imponer y perpetuar su estructura esencial, la interdependencia de raíces, tronco y copa. Pero aquí estamos más allá de la redundancia: lo que me preocupa mientras doy vueltas alrededor del árbol del Tule es la disponibilidad de la morfología para cambiar los propios papeles, y la perturbación de la sintaxis vegetal: raíces que crecen hacia arriba, segmentos de ramas convertidas en tronco, segmentos de tronco nacidos de la yema de una rama. Y sin embargo el resultado, visto a distancia, sigue siendo un árbol -un superárbol- con raíz, tronco y copa en su justo lugar -superraíz, supertronco, supercopa-, como si la sintaxis perturbada se restableciera a un nivel superior.
¿A través de un caótico despilfarro de materias y de formas consigue el árbol darse una forma y mantenerla? ¿Quiere decir que la transmisión de un sentido está asegurada por la inmoderación con que se manifiesta, por la profusión con que se expresa a sí mismo, por sacar brotes, cualquiera que sea el resultado? Por temperamento y por educación siempre he estado convencido de que sólo cuenta y resiste lo que se concentra en un fin. El árbol del Tule me desmiente, quiere persuadirme de lo contrario.
La entrevista con el árbol debería empezar ahora.
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Italo Calvino.
Colección de arena.