Habitamos en el interior de horizontes, unas veces conocidos e identificables y otras indefinidos o borrosos pero experimentables. Y en esa superposición de horizontes, de contornos, se encuentra la obra concreta que habita en esa casa de paredes en la lejanía y que ella misma convoca y trae a inspección. Ese entrecrucamiento es la obra. El cuadro gana su existencia en este cruce: su contemplación nos reintroduce en las estancias convocadas. (...)
En la pintura se habita. Por un instante se disuelven fronteras y se perfila un lugar centralnen el que se puede estar, vivir, por el que se puede transitar y en el que también pasa el tiempo. Pintar es un trabajo en el interior de un entrecruzamiento de recintos. Las formas y las figuras pintadas son siluetas que, súbitamente, revelan una variedad de fondos, un conjunto de horizontes atraídos por ellas, un horizonte de horizontes, una habitación multidimensional que emerge de la superficie de papel o que brilla en la tela. Pintar es pintar el horizonte en la mano.
Juan Navarro Baldeweg.
Una caja de resonancia.