Lucrecio.
Poeta.
(...)
Fue ahí donde desplegó el rollo en que un escriba había copiado el tratado de Epicuro.
Inmediatamente comprendió la variedad de las cosas de este mundo, y la inutilidad de cualquier esfuerzo en busca de ideas.El universo le pareció semejante a los copitos de lana que los dedos de la africana diseminaban por las salas. Los racimos de abejas y las columnas de hormigas y el tejido moviente de las hojas fueron para él conjuntos de conjuntos de átomos. Y en todo su cuerpo sintió un pueblo invisible y discorde, ávido por separarse. Y las miradas le parecieron rayos más sutilmente carnosos, y la imagen de la bella bárbara un mosaico agradable y coloreado, y sintió que el fin del movimiento de aquella infinitud era triste y vano. Contempló el torbellino de rebaños de átomos tintos en la misma sangre y que se disputan una oscura supremacía igual que las facciones sangrientas de Roma, con sus tropas de clientes armados e infamadores. Y vio que la disolución de la muerte no era más que la liberación de aquella turba turbulenta que se precipita hacia otros mil movimientos inútiles.
Y cuando Lucrecio fue instruido de este modo por el rollo de papiro, en el que las palabras griegas estaban imbrincadas unas en otras como los átomos del mundo, salió al bosque por el soportal negro de la alta casa de sus antepasados. Y vio el lomo de los puercos rayados que seguían apuntando la nariz hacia la tierra. Luego, cruzando el monte bajo, de pronto se encontró en medio del templo sereno del bosque, y sus ojos se hundieron en el pozo azul del cielo. Fue en él donde puso su reposo.
Desde allí contempló la inmensidad bullente del universo; todas las piedras, todas las plantas, todos los animales, todos los hombres, con sus colores, con sus pasiones, con sus instrumentos, y la historia de estas cosas diversas, y su nacimiento, y sus enfermedades y su muerte. Y entre la muerte total y necesaria percibió nítidamente la muerte única de la africana, y lloró.
Sabía que el llanto procede de un movimiento particular de las pequeñas glándulas que están bajo los párpados, y que lo agita una procesión de átomos salida del corazón, cuando el corazón mismo ha sido alcanzado por la sucesión de imágenes coloreadas que se desprenden de la superficie del cuerpo de una mujer amada. Sabía que el amor sólo lo causa la hinchazón de los átomos que desean unirse a otros átomos. Sabía que la tristeza provocada por la muerte no es sino la peor de las ilusiones terrestres, porque la muerta había dejado de ser desdichada y de sufrir, mientras que quien la lloraba se afligía con sus propios males y pensaba tenebrosamente en su propia muerte. Sabía que de nosotros no queda ningún doble simulacro para derramar lágrimas sobre el mismo cadáver tendido a los pies. Pero, conociendo exactamente la tristeza y el amor y la muerte, y que éstas son imágenes vanas cuando se las contempla desde el espacio calmo donde hay que encerrarse, siguió llorando, y deseando el amor, y temiendo la muerte.
Por eso, tras volver a la alta y sombría casa de sus antepasados, se acercó a la hermosa africana, que estaba cociendo un brebaje en una olla de metal sobre un brasero. Porque también ella había pensado por su cuenta, y sus pensamientos se habían remontado a la fuente misteriosa de su sonrisa. Lucrecio miró el brebaje todavía hirviente. Fue aclarándose y se volvió semejante a un cielo turbio y verde. Y la bella africana movió la frente y alzó un dedo. Entonces Lucrecio bebió el filtro. Y al punto su razón desapareció, y olvidó todas las palabras griegas del rollo de papiro. Y por vez primera, estando loco, conoció el amor; y esa noche, tras haber sido envenenado, conoció la muerte.
Marcel Schwob.
Vidas imaginarias.