En los años en los que estuvimos viviendo en el piso superior del Engelwirt, infaliblemente al atardecer me acometía el deseo de ir a la posada para ayudar a la Romana a pasar un trapo por las mesas y por los bancos, barrer el suelo o secar los vasos. Por supuesto que no eran estas labores las que me atraían sino la Romana misma, en cuya proximidad quería estar el mayor tiempo posible. La Romana era la mayor de las dos hermanas de una de las familias de minifundistas de Bärenwinkel, que tenía una propiedad del tamaño de un juguete, en comparación con otras fincas, la cual estaba situada en una colina de poca altura y siempre me recordó al Arca de la Alianza porque en ella parecía haber dos de cada especie. Además de los padres y las dos hermanas, la Romana y la Lisabeth, había una vaca y un buey, dos cabras, dos cerdos, dos gansos y así sucesivamente. Sólo tenían un número mayor de gatos y gallinas, y estas últimas estaban sentadas o correteaban hasta muy lejos por las tierras colindantes. También había un buen número de palomas blancas que, cuando no estaban encaramadas al tejado, recorriendo la cresta de un lado a otro, volaban alrededor de la pequeña casa que con su techo holandés cubierto de ripias, reparado de varias formas y muy poco común en la comarca, se asemejaba a un pequeño barco varado en la cima de la colina. Y cada vez que pasaba por allí, el padre de la Romana, que había sido un hombre picaro, estaba mirando, como Noé desde el arca, por una de las ventanas diminutas de la casa, fumando un cigarro en su cuerno de caza. Todas las tardes, la Romana venía a las cinco de Bärenwinkel, y yo a menudo iba a su encuentro hasta llegar al puente. Por aquel entonces tendría como mucho veinticinco años, y todo en ella me parecía de una belleza sin par. Era alta, tenía una cara ancha, abierta, con ojos de color gris agua y gran cantidad de pelo pajizo, como un pequeño caballo Haflinger. En todos los aspectos se diferenciaba de todo el mujerío de W., casi sin excepción integrado por pequeñas criadas y campesinas, oscuras, de trenza rala y maliciosas. Parecía estar hecha de tal forma que nadie, pese a su llamativa hermosura, había pedido jamás su mano. Cuando, más avanzada la tarde, tenía permiso para volver a bajar a la taberna e ir por una cajetilla de cigarros Zuban para mi padre, la Romana flotaba con la misma facilidad que si fuese de otra galaxia por entre el grupo de campesinos y leñadores, quienes a eso de las nueve de la noche, por regla general, ya estaban algo borrachos. A la noche la taberna causaba una impresión lúgubre y terrible, y si no hubiera sido por la Romana probablemente no me hubiera atrevido a adentrarme en aquel lugar tan horrible, en donde los hombres estaban sentados en los bancos adoptando una postura de apatía. De cuando en cuando una de esas figuras inertes se levantaba y, balanceándose, como si se hallara sobre una balsa, caminaba en dirección a la puerta que conducía al pasillo. Sobre el entarimado untado de grasa había charcos de cerveza y aguanieve, y el humo, que atravesaba en espesos velos la estancia de la taberna y que por último flotaba hasta el ventilador achacoso, se mezclaba con el olor agrio de piel y paño húmedos y aguardiente de genciana esparcida. Por encima del revestimento de madera cubierto con una capa marrón de pintura, martas, linces, urogallos, buitres y demás alimañas exterminadas acechaban, disecadas, el momento de poder cumplir su venganza ya tan atrasada desde hacía tanto tiempo. Los campesinos y los leñadores casi siempre estaban sentados en grupo, juntos, en el extremo superior o bien en el extremo inferior de la taberna. En el centro, la gran estufa de hierro, en la que era frecuente hurgonear el fuego en invierno de tal forma que empezara a ponerse incandescente. El único que se sentaba solo, inadvertido por todos, era Hans Schlag, el cazador, del que se decía que venía de fuera, de Koßgarten del Neckar, y que durante varios años había tenido a su cargo un extenso coto de caza en la Selva Negra antes de que, no se sabía exactamente en qué circunstancias, hubiera venido a la región de W., y hasta que no fue empleado por la Administración Forestal Bávara había estado un buen año sin trabajo. Schlag, el cazador, era un hombre apuesto, de cabello y barba oscura, rizada y con unos ojos inusualmente profundos y ensombrecidos. Durante horas, a menudo hasta muy entrada la noche, se sentaba frente a su vaso sin cambiar una sola palabra con nadie. A sus pies dormía Waldmann, sujeto a la mochila que colgaba del respaldo. Siempre que bajaba a la taberna para ir por una cajetilla de Zuban para mi padre, Schlag, el cazador, estaba sentado a su mesa de esta misma forma. La mayoría de las veces tenía la mirada hundida en un llamativamente precioso reloj de oro de bolsillo que tenía ante sí, como si no pudiera faltar a una cita importante, pero entremedias, a través de sus ojos entornados, miraba también a la Romana, quien tras el alto mostrador llenaba sin cesar los vasos de licor y de cerveza. Fue a comienzos de diciembre y la nieve, que había caído por primera vez, llegaba al fondo del valle, cuando, en una noche que se me ha quedado grabada en la memoria con una claridad meridiana, bajé a la taberna después de cenar y me percaté de que el cazador no estaba sentado en su sitio, y a la Romana, misteriosamente, tampoco se la veía por ningún lado. Con la intención de ir por la cajetilla de cinco Zuban a la taberna del Adlerwirt, salí al patio por la casa de atrás. A mi alrededor resplandecían los cristales en la nieve, y sobre mí, en el cielo, un sinnúmero de estrellas. Orion, el gigante sin cabeza con la corta espada fulgurando en el cinturón, salía en aquel momento por detrás de las sombras negro-azuladas de las montañas. Un buen rato me quedé inmóvil en medio de la magnificencia invernal, escuchando el tintineo del frío y el sonido de las luces celestes en su lenta travesía. Luego, de pronto, me pareció como si una sombra se moviera en la puerta abierta del cobertizo de la madera. Era Schlag, el cazador, el que estaba en la oscuridad, sujetándose con una mano en la parte interior de un tabique de madera del cobertizo y con la postura de un hombre que camina contra el viento, cuyo cuerpo, en su totalidad, era recorrido por un movimiento extraño que se repetía una y otra vez, en forma de oleadas. Entre él y el tabique que sostenía agarrado con su mano izquierda, sobre el beige de los trozos de turba apilados, estaba la Romana, con el cuerpo estirado y los ojos, según pude reconocer al reflejo de la luz de la nieve, puestos en blanco, como el doctor Rambousek, cuando su cabeza yacía apoyada sobre la superficie de la mesa. El pecho del cazador exhalaba profundos gemidos y resuellos, su hálito helado se elevaba desde la barba y una vez tras otra, cuando la ola le traspasaba los ríñones, empujaba hacia dentro de la Romana, quien a su vez se sacudía a su encuentro más y más, hasta que el cazador y la Romana sólo constituían una única forma indefinida. No creo que la Romana o Schlag hubieran notado nada de mi presencia; sólo me vio Waldmann, que, atado como siempre a la mochila de su amo, estaba quieto detrás de este, en la tierra, mirando en mi dirección. Durante la misma noche, sería eso de la una o de las dos de la madrugada, Sallaba, el tabernero cojo, destrozó la decoración completa de la taberna. Cuando por la mañana fui a la escuela, por todo el suelo había cristales rotos que llegaban hasta los tobillos. Aquello era la verdadera imagen de la desolación. Incluso la vitrina de cristal nueva giratoria para el chocolate de Waldbaur, que por su girabilidad me recordaba a la custodia de la iglesia, había sido arrancada del mostrador y golpeada por todo lo largo y ancho de la taberna. Fuera, el pasillo no tenía mucho mejor aspecto. En la escalera del sótano estaba sentada la señora Sallaba, deshecha en llanto. Por todas partes las puertas estaban abiertas de par en par, también la enorme puerta de la cámara frigorífica, construida como si fuera para la caja de caudales de un banco, desde la que centelleaban las barras de hielo almacenadas para el verano. Mirando el depósito de hielo abierto o al recordar esta escena, me venía a la memoria que siempre que entraba con la Romana en el depósito me había imaginado que, por un descuido, nos habíamos quedado encerrados ahí dentro, y que, estrechándonos entre los brazos, nos congelaríamos y abandonaríamos la vida con la misma lentitud y el mismo silencio con el que el hielo se derrite en el calor.
W. G. Sebald
Vértigo