
Topografias, Texturologias
Quizás no sea el único en amar tanto el suelo. A lo mejor todos nosotros, mucho más de lo que pudiera creerse, estamos gobernados por unos profundos afectos hacia unos objetos de ese tipo y que ni siquiera sospechamos. ¿Adónde se dirigen nuestras miradas durante la inmensa parte de nuestro tiempo en que no las controlamos? Para un instante en que las fijamos sobre cualquier objeto con plena conciencia de hacerlo, ¿cuántas horas de la jornada nuestros ojos estuvieron ocupados sin que lo supiéramos? Y durante todo ese tiempo, no les queda duda, ellos registran, entablan lazos, otorgan pactos sin que lo sepamos, de los cuales luego seremos tributarios. No vayan a creerse que nuestros ojos obedecen tan pasivamente a nuestro mando. Tienen su propia vida. ¿Y si en fin de cuentas fueran ellos los que nos gobiernan? Creemos controlar las cosas que nos interesan, que escogemos por sentirles apego: ¿y si nos equivocasemos de medio a medio al respecto? ¿Si las cosas que uno dice querer, que tenemos la convicción de amar hondamente, finalmente nos fuesen de hecho ajenas e indiferentes, mientras que otras, insospechadas y que mucho nos extrañaría enterarnos de que desempeñan en nuestra vida un papel, nos fuesen de capital importancia y los verdaderos motores esenciales de nuestro ser? Ello no está excluido. Cuando las personas expresan su gusto por esto o lo de más allá, guárdense bien de creer una sola palabra, puesto que son las primeras en no saber nada: el parqué de mi habitación, el rellano de la escalera, según dicen, jamás les prestaron la menor atención: casi ignoran su existencia. En el campo de su conciencia es muy posible que sí, pero, ¿qué saben de cuánto transcurre fuera de ese campo? Las nueve décimas partes de los hechos psíquicos que condicionan nuestro ser discurren al margen de ese campo tan diminuto como imtermitente.
Lo que amamos realmente con pasión, lo que forma la base y las raíces de nuestro ser, suele ser generalmente lo que jamás contemplamos. Allí donde la connivencia es muy profunda y el apego muy firmemente constituido, la mirada y la conciencia nada tienen que ver. La conciencia requiere una cierta distancia. Se le escapan los hechos demasiado enormes y que están debajo de nuestra nariz. La conciencia se ocupa de lo poco conocido o mal sentido: si nos impregnamos con verdadera fuerza, la conciencia se acabó. Los objetos que aislamos con claridad en el campo de nuestras miradas son los que aún siguen siéndonos ajenos. Tan pronto como los queramos más, pasan en nuestros ojos y no ya ante ellos, con lo que su presencia deja de ser consciente y créanlo: eso no deja de ejercer una acción enorme en nosotros. Son los mecanismos de este tipo los que siempre traté de hacer actuar en mis pinturas.
Jean Dubuffet
Escritos sobre arte
