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28.10.25

The Emergence of Man- The Sea Traders, Time Life.





HAMPSTEAD


Como un pájaro con el ala quebrada

que hubiera viajado años por el aire,

como un pájaro incapaz de soportar

el viento y la tormenta,

va cayendo la tarde.

Sobre la yerba verde

todo el día habían danzado tres mil ángeles

desnudos como el acero,

pálida va cayendo la tarde.

Los tres mil ángeles

plegaron sus alas y alumbraron

un perro

olvidado

que ladra

solitario

y busca a su amo

o al Juicio Final

o un hueso.

Ahora busco yo un poco de sosiego,

me bastaría una choza en una colina

o en una playa,

me bastaria ante mi ventana

una sabana teñida de añil

extendida como el mar,

bastaría en mi maceta

un clavel aunque fuera artificial,

un papel rojo enrollado en un alambre

y que el viento pudiera dominarlo,

el viento sin esfuerzo

cuanto quisiera.

Iría cayendo la tarde.

Resonaría el eco del rebaño bajando a su majada,

como un pensamiento sencillo y feliz

y caería yo en el sueño

porque no tendría

ni una vela que encender

ni luz, 

para leer.




EPITAFIO


Los tizones en la niebla

eran rosas enraizadas en tu corazón,

la ceniza velaba tu rostro

cada mañana.


Desbrozando sombras de cipreses

un verano te marchaste.




¿Ha pensado alguien leer el destino de una montaña como

           quien mira la palma de la mano?




UN VIEJO A LA ORILLA DEL RÍO

                                                           A Nanis Panayotópulos


Hay que considerar sobre todo cómo avanzamos.

Sentir no basta, ni pensar, ni moverse,

ni arriesgar el cuerpo frente a una vieja tronera

cuando el aceite hirviendo y el plomo fundido surcan 

           las murallas.

Hay que considerar sobre todo hacia qué avanzamos,

no como querrían nuestro dolor y nuestros hijos hambrientos

ni el abismo entre nosotros, ni los compañeros que gritan desde 

           la otra orilla,

ni como lo susurra la luz mortecina del hospital improvisado, 

la luminosidad de botiquín sobre la almohada del joven

           recién operado al mediodía.

Más de algún modo debe ser; yo diría como

el largo río que nace de los grandes lagos encerrados

           en el fondo de África

que antaño fue un dios y luego camino, don, juez y delta

que nunca es el mismo, como enseñan los antiguos sabios

y sin embargo siempre es el mismo cuerpo, el mismo lecho

           y el mismo Símbolo,

la misma orientación.

(...)




CALIGRAMA


Velas sobre el Nilo,

pájaros sin canto, con un ala

buscan en silencio la otra;

acarician, en la ausencia del cielo,

el cuerpo de mármol de un efebo:

escribiendo con tinta invisible en el azul

un clamor desesperado.





Testimoni, 2009. Mimmo Paladino. Art Basel Unlimited 2025




LA CASA JUNTO AL MAR


Las casas que tenía me las quitaron. Ocurrió

que fueron años bisiestos: guerra, devastación, exilio.

Unas veces el cazador encuentra aves migratorias

otras, no; la caza

en mis tiempos era buena, el plomo alcanzó a muchos;

los demás vagan sin rumbo o enloquecen en los refugios.


No me nombres a la alondra ni al ruiseñor

ni al diminuto aguzanieves

que traza figuras con su cola en la luz.

No sé mucho de casas,

sé que tienen su linaje, nada más.

Nuevas al principio, como niños

que juegan con las franjas del sol en los jardines,

bordan postigos de colores y puertas

relucientes sobre el fondo del día;

cuando las ha concluido el arquitecto cambian,

fruncen el ceño o sonríen e incluso se obsesionan

con los que se quedaron, con los que partieron,

con los que volverían si pudieran

o con los que se perdieron, ahora en el mundo

se ha vuelto un albergue inmenso.


No sé mucho de casas,

recuerdo sus gozos y sus penas

cuando me detengo alguna vez en mi camino;

                                                                         incluso

alguna vez junto al mar, en alcobas vacías

con una cama de hierro, sin nada mío,

contemplando la araña crepuscular pienso

que alguien está a punto de llegar, que lo visten

de ropas blancas y negras, con joyas multicolores

y que en torno suyo hablan en voz baja mujeres venerables

de cabello gris y encajes sombríos,

que se prepara para venir a despedirme;

o que una mujer de pestañas infatigables y fino talle,

de regreso de los puertos meridionales,

Esmirna, Rodas, Siracusa, Alejandría,

de ciudades cerradas como cálidos postigos,

con perfume de frutos dorados y de yerbas,

va subiendo los peldaños sin mirar

a los que se han dormido bajo la escalera.


Las casas, como sabes, se enojan en seguida cuando las desnudas.




–"Escucha esto. Bajo la luna

las estatuas a veces se comban como la caña

entre frutos vivientes –las estatuas;

y la llama se vuelve adelfa fresca,

la llama que abrasa al hombre, me refiero".


–"Es la luz... sombra de la noche..."


–"Quizá la noche que se ha abierto, granada celestial,

oscuro regazo, inundándote de estrellas

al fragmentar el tiempo.

                                     Sin embargo las estatuas

a veces se comban, partiendo en dos

el deseo como un durazno; y la llama

se vuelve beso en los miembros, un sollozo,

y después hoja fresca que arrastra el viento;

se comban, se vuelven ligeras, con un peso humano.

No lo olvides".


                     –"Las estatuas están en el museo".


–"No, te persiguen, ¿cómo es que no lo ves?

te persiguen con sus miembros amputados,

con su rostro de otro tiempo, que tú no conociste

y sin embargo reconoces.

(...)


                  Como cuando

al volver de tierra extraña abres por azar

un viejo baúl cerrado largo tiempo

y encuentras los jirones de las ropas que vestías

en horas felices, en fiestas rebosantes de luz

y de color, reflejos que del todo se apagaron

de los que sólo queda el aroma de la ausencia

de un rostro joven. En realidad, no son esos

los despojos: la ruina eres tú.

Te persiguen con una extraña virginidad

en casa, en la oficina, en las recepciones

de gente importante, en el miedo inconfesable del sueño.

Hablan de sucesos que quisieras que no hubiesen ocurrido

o que ocurrieran años después de tu muerte,

algo difícil porque..."


                               –"Las estatuas están en el museo.

Buenas noches".


                      –"... porque las estatuas no son reliquias,

somos nosotros. Las estatuas apenas se comban levemente... buenas

           noches".

(...)




EURÍPIDES EL ATENIENSE


Envejeció entre las llamas de Troya

y las canteras de Sicilia.


Gustaba de las grutas en la playa y de los paisajes del mar.

Vio las venas de los hombres

como una red donde los dioses nos atrapan como a alimañas;

intentó romperla.


Era hosco y escasos fueron sus amigos;

cuando llegó la hora y los perros lo despedazaron.




Los días son piedras. Piedras de pedernal

que chocaron al azar una con otra y soltaron dos o tres

           chispas;

piedras de una era holladas por herraduras y donde

           a tantos han trillado,

guijarros en el agua de efímeros anillos,

piedrecitas multicolores y húmedas a la orilla del mar,

lecitos, estelas ante las que a veces se detiene el

           caminante.

Los días son piedras que se acumulan unas sobre otras...




BALANCE


He viajado, me he cansado y escrito poco

pero pensé mucho en el regreso, cuarenta años.

El hombre en todas las edades es un niño:

la ternura y la brutalidad de la cuna;

a lo demás de pone límite la mar, como a la orilla,

a nuestro abrazo y al eco de nuestra voz.




Yorgos Seferis

Poesía Completa

26.6.25

 

El laberinto del Minotauro
Cnossos, 330-270 a.C.

Museo Arqueológico Nacional de España, Madrid





Me imagino que si el espíritu llegara a un determinado grado de inmovilidad, las cosas exteriores empezarían a moverse.


Yorgos Seferis

25.7.18

Friso del Partenón, British Museum


Recuerdo II
Éfeso

Hablaba sentado en lo que parecía
el vestigio de mármol de un pórtico antiguo;
a la derecha la llanura, ilimitada y vacía;
a la izquierda las últimas sombras bajaban la montaña:
"El poema está en todas partes. Tu voz
a veces viaja junto a él
como un delfín que acompaña brevemente
una balandra dorada al sol,
y otra vez desaparece. El poema está en todas partes,
como las alas del viento que agita el viento
por tocar un momento unas alas de gaviota.
Igual a nuestra vida y sin embargo también tan diferente,
como un rostro de mujer que cambia y sigue siendo el mismo
después de que ella se desnuda. Quien ha amado
lo sabe: a la luz de los demás
el mundo se arruina. Pero recuerda esto:
Hades y Dioniso son lo mismo".
Dijo y tomó el camino
que conduce al viejo puerto, sumergido ahora
bajo los juncos. El crepúsculo
como presto a la muerte de algún animal,
tan desnudo.
                      Lo recuerdo aún:
recorría las playas jonias, las conchas vacías de los teatros
donde sólo las lagartijas resbalan sobre las piedras secas.
Le pregunté: "¿Se llenarán de nuevo alguna vez?",
y el respondió: "Tal vez, en el momento de la muerte".
Y atravesó la orquesta gritando:
"¡Dejad que oiga a mi hermano!".
Y el silencio en torno nuestro era severo,
y no dejaba traza en el cristal del azul.

Yorgos Seferis
Mythistórima

1.5.18



Raven
In memoriam E. A. P.

Años como alas. ¿Qué recuerda el cuervo inmóvil?
¿Qué recuerdan los muertos junto a las raíces de los árboles?
Tus manos tenían el color de las manzanas a punto de caer.
Y esa voz que siempre vuelve, queda.

Los que viajan miran la vela y las estrellas
oyen el viento oyen más allá del viento el otro mar
como una concha cerrada junto a ellos, no oyen
nada más, no buscan en la sombra de los cipreses
un rostro ido, una moneda, no preguntan
al ver un cuervo sobre una rama seca, qué recuerda.
Se queda quieto sobre mis horas un poco más alto
como el alma de una estatua sin ojos
hay toda una multitud reunida en ese pájaro
miles de personas olvidadas arrugas borradas
abrazos en ruinas y risas inconclusas
trabajos incompletos, estaciones silenciosas
un sueño profundo de lloviznas de oro.
Se queda quieto. Mira mis horas. ¿Qué recuerda?
Hay muchas heridas en los hombres invisibles, en él
pasiones suspendidas que esperan la Parusía
deseos humildes que se quedaron pegados a la tierra
niños asesinados y mujeres extenuadas al rayar el día.
¿Se inclina la rama seca bajo su peso? ¿Pesan
las raíces del árbol amarillo sobre los hombros
de otros hombres, extrañas fisonomías
que no osan tocar siquiera una gota de agua hundidos en la tierra?
¿Se inclinan a algún sitio?
Tus manos tenían el peso de las manos en el agua
en las grutas marinas, un peso liviano sin titubeos
como el ademán con que a veces espantamos un mal pensamiento
que alisa el mar hacia lo lejos al horizonte hacia las islas.
Pesa el campo tras la lluvia; ¿qué recuerda
la fija llama negra contra el cielo gris
presa entre el hombre y la memoria del hombre
entre la herida y la mano que hirió una lanza negra?
se oscureció el campo bebiendo la lluvia, cesó el aire
no basta mi aliento, ¿quién lo moverá?
entre la memoria, abismo: un pecho azorado
entre las sombras que se esfuerzan por volver a ser hombre y mujer
entre el sueño y la muerte vida fija.

Tus manos tendían siempre al mar dormido
acariciando el sueño que trepaba la dorada araña suavemente
llevando hasta el sol la multitud de las constelaciones
los párpados cerrados las alas cerradas...

Koritsá, invierno de 1937

Yorgos Seferis


19.9.17

Bill Viola | 'Tristan’s Ascension (The Sound of a Mountain Under a Waterfall)', 2005.



Donde quiera que viajo Grecia me hiere.

Y mientras tanto Grecia viaja
y nosotros nada sabemos, no sabemos que somos todos marineros en tierra.

Yorgos Seferis

31.8.17

Corona de olivo de oro griega. Finales del periodo clásico al helenístico temprano. 24,1 cm de ancho.


Domingo

Dos pesados caballos y un carruaje lento, eso o algo así, al otro
     lado de mi ventana, en la calle
ése es el ruido.
Pronto será de noche; veo que aún me mira un frontón de
     estatuas mutiladas
¿Cuánto pesan las estatuas?
Prefiero una gota de sangre a un vaso de tinta.

Yorgos Seferis
Londres, verano de 1933.

30.9.15




Alejandría se aleja; extraña mi querencia con esta ciudad. Al poco las casa del malecón -tan bajo- se habían perdido tras los bosques de palos; Alejandría ya era un barco.

Entérate, sólo la superficie puedes cambiar. Lo demás, lo más profundo no puedes sino olvidarlo; y por poco tiempo. No dejarás de ser lo que eres.

Encontrar en mí algo sólido y estable. Pisar sobre esa dura roca que cada uno de nosotros debe llevar dentro.

El molino de hierro al atardecer, como un reloj sin agujas, luchando por abolir el tiempo.

Se diría no ya  que hubiesen abolido el tiempo, sino que habían penetrado en el ritmo del tiempo.

Hay momentos en que uno ve mejor; en que las cosas adquieren de repente un relieve singular; otra definición de su volumen y su tacto, como si se hubiera regulado mejor el telescopio.

El caballero Estratis el marino afirma que, habiendo abolido el pesimismo, ha tomado la decisión de trabajar desde ahora para el milagro. Sostiene que los milagros ocurren (están en nuestra vida) si se preparan con amor y mucha paciencia, en el momento en que ya has olvidado que pueden producirse. No lo entiendo muy bien. Insiste en que ésa es su poética.

Hay quienes "consideran" que el poeta posee imaginación, es decir, que es una nube brincando sobre otra nube. La verdad es que el poeta reproduce la vida mucho más de cerca de lo que la ven los otros. Tan de cerca que el objeto representado (del natural) se diluye. En cierta ocasión vi al microscopio la sección de una espina de erizo de mar. Se trataba de un sabio y elaborado bordado del tamaño de una moneda. ¿Qué fue del erizo?

Es inconcebible cómo se parecen las personas unas a otras. Diferentes caracteres, diferentes reacciones, tal vez, pero en el fondo dos o tres obsesiones que hacen funcionar toda su lógica. Si consigues aislar esas obsesiones (y no es difícil) puedes decir de antemano lo que van a pensar toda su vida.

El sentimiento real, tangible, horroroso de que la razón no puede ejercer influencia alguna sobre nadie, de que la razón es sinrazón.

El arte crea; crea el mundo. La naturaleza es para aquél una nebulosa; la cuestión es sacar de esa nebulosa una estrella.

Yorgos Seferis
Días 1925-1968

6.10.14


Gueorgui Pinkhassov, 2007


La luz es un latido
cada vez más y más lento
parece que fuera a detenerse.

Yorgos Seferis


La luz

Según pasan los años
aumentan los jueces que te condenan;
según pasan los años y conversas cada vez con menos voces,
miras el sol con diferentes ojos;
sabes que los que han quedado, te engañaban,
el delirio de la carne, la hermosa danza
que culmina en desnudez.
Como si, volviéndote en la noche hacia un camino abandonado,
miraras brillar de súbito los ojos de un animal
desaparecidos al instante, así sientes tus propios ojos;
miras el sol, luego te hundes en las tinieblas;
la túnica doria
cuyos pliegues ondulaban como las colinas al tacto de tus dedos
es un mármol en la luz, pero su cabeza está en la sombra.
Y a los que dejaron la palestra por tomar los arcos
e hirieron al resuelto corredor de Maratón
y él vio la honda navegar en sangre
el mundo vaciarse como la luna
y marchitarse los jardines de la victoria;
los ves al sol, detrás del sol.
Y los muchachos que desde el bauprés se zambullían
caen aún como el huso que devana el hilo,
desnudos cuerpos que se sumergen en la luz negra
con una moneda entre los dientes, nadando aún,
mientras el sol cose con puntadas de oro
velámenes y húmedos maderos y colores de piélago;
aún ahora descienden en diagonal
hacia los guijarros del fondo
las blancas urnas.
Angelical y negra, luz,
risa de las olas en los caminos del mar
risa anegada en lágrimas,
te mira el viejo suplicante
presto a cruzar los invisibles adoquines
reflejado en su propia sangre
la que engendró a Eteocles y Polinices.
Angélico y negro, día,
el gusto salobre de la mujer que envenena al prisionero
surge de entre las olas fresca rama recamada de gotas.
Canta, pequeña Antígona, canta, canta...
No te hablo del pasado, te hablo del amor;
adorna tus cabellos con las espinas del sol,
muchacha oscura;
ya se ha puesto el corazón de Escorpio,
el tirano que hay en el hombre huyó,
y todas las hijas del mar, Nereidas, Greas
acuden al destello de la que surge de las olas
aquel que nunca ha amado, amará,
en la luz;
              y tú te encuentras
en una gran casa con muchas ventanas abiertas
corriendo de alcoba en alcoba, sin saber adónde mirar primero,
porque desaparecerán los pinos y los cerros reflejados y el gorjeo de los pájaros
el mar se vaciará, vidrio astillado, del norte y del sur
tus ojos se vaciarán de la luz del día
como callan de golpe todas a una las cigarras.

Poros, "Galini", 31 de octubre de 1946

Yorgos Seferis

9.6.12


La mujer vestida de sol y el dragón. Apoc. XII. Beato de Fernando I y doña Sancha.


Y se detuvo sobre la arena del mar.

Apocalípsis. 12, 18.


Este trabajo es el fruto de un instante: el alba del viernes 16 de septiembre de 1955. La víspera, un poco después de la medianoche, "me encontraba en la isla llamada Patmos". Cuando comenzó a despuntar el día estaba en lo alto de la isla, en la Jora. El mar, inmóvil, como de metal, ataba las islas vecinas. No respiraba ni siquiera una hoja dentro de la luz cada vez más intensa. La tranquilidad era como una corteza sin hendedura alguna. Me quedé clavado por esa imposición; después sentí cómo murmuraba: "ven y mira..." Y así me dejé llevar de nuevo hacia sensaciones de otras épocas que la luz griega me había procurado; hacia ese negro aterrador que sentí con tanta intensidad detrás del azul, cuando en octubre de 1944 volví a mi patria. O el contagio de la violencia cuando los instrumentos de muerte en el cielo de Creta despedazaron los limoneros primaverales.

¡Y todo se volvió abismo!
Pero las Euménides acechaban de nuevo detrás del sol, tal como las imaginara Heráclito. Una máquina de autodestrucción estaba allí, en marcha, triturando cada buena voluntad y cada dedicación.
Al día siguiente, cuando tomé de nuevo el barco, me había hecho el propósito de intentar una transcripción del Apocalipsis de San Juan el teólogo.

Giórgos Seféris
Todo está lleno de dioses

13.2.12


Selinunte, Sicilia.


La llegaste a tocar ¿recuerdas su sonido? hueco a plena luz,
como un cántaro seco en la tierra removida;
y el mismo rumor de la mar en nuestros remos.

y sus hijos son estatuas
y aletear de aves sus deseos y el viento
en el espacio de sus pensamientos y sus naves
atracadas en un puerto invisible.
Bajo la máscara, un vacío.

Yorgos Seferis

23.1.11


Detalle. Frontón del Partenón. British Museum



Sobre un rayo de sol en invierno

1

Hojas de lata ruginosa
para la pobre testa que vio el fin:
los escasos destellos.
Hojas en remolino las gaviotas
con el invierno enfurecidas.

Igual que un pecho se libera,
se hicieron árbol los danzantes,
un bosque colosal, desnudos árboles.

2

Arden las algas blancas, venusinas
Greas sin párpados que emergen
formas ayer danzantes
llamas marmóreas.
La nieve cubrió el mundo.

4

Ya hace años dijiste:
"Soy en el fondo una cuestión de luz".
Y ahora todavía al apoyarte
en los anchos omóplatos del sueño
incluso si te arrojan
al pecho adormecido del océano
buscas esquinas en las que lo negro
se ha desgastado y no resiste
a tientas vas buscabdo la lanza destinada
a perforar tu corazón
para abrirlo a la luz.

7

Cuida la llama de la llama
no con el gotear de los instantes
sino con un destello, de una vez;
como el deseo unido a otro deseo
y quedaron inmóviles
o como
ritmo de música que queda
allí en el centro como estatua

intranspuesto.

No es paso este respiro
timoneo de rayo.


En escena

1

Sol, actúas conmigo
pero esto no es un baile
tamaña desnudez
casi sangre
o algún bosque salvaje;
entonces-

3

¿Y qué buscabas tú, así de tartamuda?
Apenas levantada
dejaste helar las sábanas
y el baño vengativo.
Se deslizaban gotas por tus hombros
por tu vientre
y la piel de la tierra por tus pies
en la hierba segada.
Ellos, los tres, los rostros
de la atrevida Hécate.
Consigo pretendían arrastrarte.
Tus ojos dos veneras trágicas,
y tenías en pechos en pezones
dos pequeños guijarros carmesíes
-herramientas escénicas, no sé.
Ellos vociferaban,
tú en la tierra quedabas enraizada,
desgarraban el aire con sus gestos.
Sirvientes les traían los cuchillos;
tú en la tierra quedabas enraizada,
ciprés.

Sacaron los cuchillos de las vainas
buscando donde herirte.
Sólo entonces gritaste:
"Venga a yacer conmigo aquel que quiera,
¿no soy acaso el mar?"

4

El mar, ¿cómo ha llegado el mar a ser así?
Vagué durante años por los montes
y me ceguaron las luciérnagas.
En esta playa espero ahora
que arribe un hombre
despojos, una balsa.

¿Pero es que el mar supura?
Una vez un delfín lo desgarró
y una vez más la punta
de un ala de gaviota.

Y era dulce la ola sin embargo
en la que yo de niño me caía y nadaba
e incluso de muchacho
mientas buscaba formas en las guijas
averiguando ritmos,
me habló el Viejo del Mar:
"Soy tu lugar;
acaso no soy nadie
pero puedo llegar a ser lo que tú quieras".

6

¿Cuándo hablarás de nuevo?
Nuestras palabras son hijas de muchos hombres.
Las sembramos y nacen como niños
enraizadas se nutren con la sangre.
Como los pinos guardan
la forma de la brisa
si la brisa se ha ido, no está allí
lo mismo las palabras
guardan la forma humana
y el hombre ya se ha ido, no está allí.
Quizá quieren hablar los astros que pisaron
una noche tamaña desnudez
el Cisne el Sagitario el Escorpión
ellos quizás.
Pero ¿dónde estarás en el instante
en que llegue la luz aquí al teatro?

7

Y sin embargo allí, en la otra orilla
bajo el mirar oscuro de la gruta
con soles en los ojos pájaros en los hombros
allí estabas; sufrías
la otra pena el amor
la otra aurora el adviento
el otro parto la resurrección;
y sin embargo allí de nuevo aparecías
en la dilatación atroz del tiempo
instante a instante como la resina
como la estalactita como la estalagmita.


Solsticio de verano

1

De un lado el sol más grande
del otro nueva luna
lejos en la memoria igual que aquellos pechos.
Entre los dos la sima de la noche estrellada
diluvio de la vida.
Caballos en las eras
galopan sudorosos
sobre cuerpos dispersos.
Todo va a dar allí
y esa mujer
a la que viste hermosa, en un instante
se encorva no resiste ya más se ha arrodillado.
Todo lo muelen las ruedas de molino
y se hace estrella.

Víspera del más largo de los días.

2

Todos tienen visiones
aunque no lo confiesen;
dan en pensar que son los únicos.
La gran rosa
está aquí desde siempre
en el fondo del sueño junto a ti
tuya y desconocida.
Pero tan sólo ahora que tus labios tocaron
sus más lejanos pétalos
sientes caer el duro peso del bailarín
en el río del tiempo
-borboteo temible.

No malgastes el hálito
que te dió ese respiro.

7

El álamo en el pequelo huerto
su respirar cuenta sus horas
día y noche;
clepsidra rellenada por el cielo.
Sus hojas por la fuerza de la luna
arrastran pasos negros en la blanca pared.
Hay unos pocos pinos en los bordes
y luego mármoles y luminarias
y hombres como los hombres son creados.
Trina el mirlo así y todo
cuando viene a beber
y oyes la voz a veces de la tórtola.

En el pequeño huerto de dies palmos
llegas a ver la luz del sol
cayendo en dos claveles rojos
en un olivo y poca madreselva.
Acepta quien eres.
El poema
no lo abismes en los profundos plátanos
nútrelo de la tierra y la roca que tienes.
El resto-
cava en el mismo sitio hasta encontrarlo.

8

El papel blanco firme espejo
devuelve sólo lo que fuiste.

El papel blanco te habla con tu voz,
tu propia voz
no aquella que te gusta;
tu música es la vida
esa que has malgastado.
Tal vez la vuelvas a ganar si quieres
si te atas a esa cosa indiferente
que te lleva de nuevo
al punto de partida.

Has viajado y has visto muchos soles y lunas
has tocado a los muertos y a los vivos
has llegado a sentir el dolor del muchacho
y el llanto de la mujer
el enojo del niño aún inmaduro-
lo que has sentido se derrumba
si no muestras confianza en su vacío.

(...)

11

(...)

y en el fondo-
si pudiera pensar hasta donde las bellas islas llegan.

Te miraba con toda la luz y la tiniebla que poseo.

12

(...)

La luz es pulsación
más y más lenta cada vez
crees que va a pararse.


Giorgos Seferis
Tres poemas secretos

9.12.10


Solo due (Di) Pesci, 1980. Mimmo Paladino



Niyinski

Apareció mientras contemplaba en mi chimenea los tizones encendidos. Tenía en las manos una caja grande de cerillas rojas. Me la enseñó como los prestidigitadores que sacan un huevo de la nariz del que está sentado a nuestro lado. Sacó una cerilla, prendió fuego a la caja, desapareció detrás de una enorme llamarada y luego se plantó delante de mí. Recuerdo su sonrisa carmesí y sus ojos vidriosos. En la calle un organillo tocaba sin cesar la misma nota. No sé decir que llevaba. Insistió en que pensara en un ciprés de púrpura. Paulatinamente sus brazos empezaron a despegarse en cruz de su cuerpo tenso. ¿De dónde habían conseguido reunirse tantos pájaros? Se diría que los tenía escondidos debajo de sus alas. Revoloteaban con torpeza, con frenesí, con vehemencia; chocaban contra las paredes de la reducida habitación, contra los cristales y cubrían aturdidos el suelo. Sentía yo hincharse a mis pies un cálido colchón de plumas y latidos. Le miré con una fiebre extraña que se enseñoreaba de mi cuerpo como un fluido. Cuando terminó de levantar los brazos, cuando sus palmas se tocaron, dió un salto brusco, como si hubiera saltado la cuerda del reloj que tenía delante. Pegó en el techo, que resonó pesadamente con un sonido de címbalo, alargó su mano derecha, agarró el cable de la lámpara, se balanceó un instante, se soltó y comenzó a dibujar con su cuerpo en medio de la penumbra el número 8. Esta visión me aturdió y me cubrí el rostro con las manos. Me restregaba la oscuridad sobre mis párpados mientras seguía oyendo el organillo que aún continuaba en la misma nota y que luego paró bruscamente. Un viento súbito, helado, me golpeó.Sentía mis pies yertos. Oí además el tenue y aterciopelado sonido de una flauta e inmediatamente después un largo y ronco crujido. Abrí los ojos. Le vi inmediatamente apoyarse de puntillas en una bola de cristal en el centro de la habitación, sostenía en la boca una extraña flauta verde que manejaba con sus dedos como si fueran siete mil. Revivían entonces los pájaros con un orden extravagante, se elevaban, configuraban un tupido cortejo que se podía abrazar y salían hacia la noche por la ventana, que no sé cómo, estaba abierta. Cuando no quedó ya ni una sola ala, excepto un agobiante olor a caza, decidí mirarlo a la cara. No tenía rostro; sobre su cuerpo de púrpura, casi acéfalo, presentaba su mueca una máscara de oro, de esas que encontraron en las tumbas micénicas, con una barbita puntiaguda que rozaba el cuello. Intenté levantarme. No había hecho el primer movimiento, cuando un cataclismo, como si se hubiera venido abajo un montón de copas en medio de una marcha fúnebre. Su rostro apareció de nuevo, tal como lo había visto al principio, los ojos, la sonrisa y algo en lo que reparaba ahora por primera vez: la piel blanca, tirante por dos moños totalmente negros que le arrancaban por delante de las orejas. Intentó saltar, pero no tenía la agilidad de antes. Creo incluso que tropezó con un libro que por casualidad se había caído y se arrodilló con una rodilla sólo. Ahora podía observarlo con atención. Veía chorrear por los poros de su piel finas gotas de sudor. Me invadió un fuerte desaliento. Intenté explicarme por qué sus ojos me habían parecido tan extraños. Yo cerré los míos. Intentó levantarse, pero debía resultar tremendamente difícil porque parecía luchar por reunir toda su fuerza sin poder conseguir nada. Al contrario, dobló también la otra rodilla. Vi su piel blanca terriblemente pálida, como marfil amarillento y sus cabellos como sin vida. Aunque me hallaba ante una agonía, me daba la sensación de que se encontraba mucho mejor, de que había conseguido dominar algo.
No bien había recobrado yo el aliento cuando le vi tirado en el suelo hundirse en una pagoda verde que  hay dibujada en mi alfombra.


Yorgos Seferis

14.3.10


Instalación "Los durmientes". Mimmo Paladino.ArteFiera 2007.



Martes, 4 de junio

Caminaba a ciegas
por el cálido valle
vislumbrando tinieblas
tras la luz.

A mediodía en el Museo Arqueológico. Están desenterrando las estatuas. Algunas estaban metidas en cajas, otras desnudas, enterradas en carne viva. En una de las viejas grandes salas, familiares desde los años del bachillerato, con el aspecto severo que recuerda el de la aburrida biblioteca pública, los obreros trabajan con pico y pala. Si no se mira al techo, a las ventanas y a las paredes con las inscripciones doradas, el suelo podría ser el de cualquier excavación. Las estatuas hundidas aún en la tierra se mostraban desnudas de cintura para arriba, plantadas al azar. El brazo de un dios sobrenatural, arqueado hacia el muslo, se salía por debajo del andamiaje; a una mujer desnuda que me volvía la espalda un obrero la había cubierto con su cesta gris, de modo que se veían tan sólo sus sonrientes nalgas. Era una danza de resurreción de seres nacidos de la espuma como Afrodita, un Santo Advenimiento de cuerpos que te procuraban una alegría embriagadora. Estatuas recostadas, relieves invertidos. Emoción ante esta repentina intimidad. Zeus, o Poseidón, de bronce recostado sobre una caja como un trabajador cansado común y corriente. Le toqué en el pecho, en los hombros, en el vientre, en los cabellos. Me pareció tocar mi propio cuerpo. Pensé que de buen grado le entregaría la mujer de mi amor para su solaz. Pensé también que las manos del artista que creó este cuerpo eran conscientes de estar dando vida a un dios con frecuencia adúltero entre mortales; se me antojó extraño. Ese hombre imponente, tumbado boca abajo, tiene postura de bebé.
Embriagado por el país. Cada día más arrebatado por esta locura. El mar, la danza inmóvil de los montes; lo mismo he encontrado en esas túnicas ondulantes: agua petrificada en torno a torsos y costados de ruinas decapitadas. Sé muy bien que no me alcanzará la vida entera para expresar lo que desde hace tantos días intento decir: esta unión de la naturaleza con un simple cuerpo humano, esa insignificancia, o con el superhombre, como dirían hoy. Escribiendo como escribo ahora, hago gestos desesperados en el vacío sin llegar a expresar nada.
Y sin embargo estoy loco con estas cosas, en esta luz.

Estás viendo la luz del sol

como decían los antiguos. Podría analizar esta frase y proseguir hasta el amor más oculto. Pero para decir lo que quieres decir tienes que armar otra lengua y nutrirla durante años y años de lo que has amado, de lo que has perdido, de lo que jamás encontrarás de nuevo.
Por el momento...


Yorgos Seferis
Diarios (1946)
Domingo, 2 de junio

Las montañas, una dentro de otra, son cuerpos que se abrazan, se funden entre sí, avanzan y te completan. Lo mismo con el mar. Este sorprendente fenómeno ocurre. No acierto a expresar mejor esta revelación. Después de esto el que seas o no una persona carece de toda importancia. O más bien, la persona no es ya tú, la persona está ahí. Si puedes, la completas. Si puedes, oficias un acto sagrado. En este punto, felicidad o desgracia no significan nada. Es una lucha que se desarrolla en otro ámbito.


Yorgos Seferis
Diarios (1946)
Sábado, 17 de noviembre

-No -dijo-, no puedo; necesito la contribución de la memoria.
Estuvimos también de acuerdo en que es malo tener vista cuando se escribe.
-Una simple pared es lo mejor para un poeta -dijo.


Yorgos Seferis
Diarios (1951)
Lo difícil en el arte no es el enriquecimiento, lo difícil es la renuncia.

Yorgos Seferis
Lunes, 21 de octubre

Eran ya las 8.30 cuando salí a la terraza frente al mar; el sol ya estaba alto. Imposible distinguir la luz del silencio; el silencio y la luz de la serenidad. Por un instante llegua al oído un ruido, una voz lejana, un trino agudo. Todo esto, sin embargo, estaba de alguna manera encerrado en otra parte, como el latir de tu corazón, sentido un momento y después olvidado. El mar no tenía superficie; sólo que las colinas de enfrente no se detenían en la línea de la tierra sino que continuaban adelante mostrando un semblante nuevo, más difuso, que acababa borrándose suavemente en el fondo de un vacío. Sensación de que existe otro rostro de la vida. (Escribo con dificultad, intentando evitar palabras huecas, intentando describir lo indescriptible.) La superficie se percibía mirando a lo lejos los remos hundirse con un destello seco, como un cristal herido por el sol, o -más tarde- al pasar por debajo de la casa una barca con las velas tendidas, pero sin viento, reflejándose absolutamente en el agua, como una figura de naipe. La sensación de que, de abrirse la menor fisura en esta visión cerrada, todo podría vaciarse por los cuatro puntos cardinales y dejarte desnudo y solo, implorando caridad, balbuciendo palabras imprecisas, sin la sorprendente precisión que acabas de contemplar.


Yorgos Seferis
Diarios (1946)

25.11.09



Y juntos pensamos de nuevo en aquella lejana tarde de niebla, cuando al hablar del carbón que cargarían a la mañana siguiente, estuvimos de acuerdo en que en el fondo de toda mina de carbón hay siempre un caballo blanco, y que el deber de cada uno de nosotros es encontrar su caballo blanco, cueste lo que cueste.

Giórgos Seféris
Atenas, otoño de 1936

21.10.09

A Maró

A veces pienso que lo que estoy escribiendo aquí no son más que tatuajes de presos y marineros.


Yorgos Seferis
Teucro: ... hacia la marinera Chipre, donde el oráculo de Apolo me predijo que fundaría una ciudad con el isleño nombre de Salamina, en recuerdo de mi lejana patria.

Helena: Yo nunca fui a Troya, sólo estuvo mi sombra.

Mensajero: ¿Qué dices?
¿Sólo por una sombra tanto hemos padecido?


Eurípides
Helena