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2.5.13
Angel olvidadizo, 1939. Paul Klee
El ángel de las elegías es aquella criatura en la cual aparece como ya consumada esa tarea que venimos realizando de transformar lo visible en invisible. Para el ángel de las Elegías todas las torres y palacios del pasado existían todavía, porque hace tiempo que ya son invisibles y las torres y los puentes de nuestra existencia ya son invisibles, aunque todavía (para nosotros) perdurables en su materialidad. El ángel de las Elegías es aquel ser que garantiza el reconocimiento en lo invisible de un grado superior de realidad. Y por eso es "terrible" para nosotros, porque nosotros, sus amantes y transformadores, seguimos dependiendo de lo visible. Todos los mundos del universo se precipitan hacia lo invisible, como hacia su próxima y profunda realidad. Algunas estrellas se consumen directamente y desaparecen en la conciencia infinita de los ángeles; otras dependen de seres que las transforman lenta y fatigosamente y en cuyo terror y fascinación alcanzan su próxima realización invisible.
Rainer Maria Rilke
Extracto de la Carta a Witold von Hulewicz, su traductor polaco, fechada en Sierre, Suiza, el 13 de noviembre de 1925.
18.2.13
Deshaciendo el miedo. Helena Almeida
Paisaje
Como al final, en un momento
Amontonado de laderas, casas,
Trozos de antiguos cielos, rotos puentes,
Y herido desde allí por la puesta de sol
Como por el destino,
Desgarrado, acusado, abierto…
Acabaría allí, trágicamente el pueblo:
Si en lo herido, de pronto, no cayera,
Desde la hora siguiente, diluyéndose dentro,
Aquella gota de tan fresco azul
Que mezcla ya la noche con la tarde, de modo
Que lo que fue atizado desde lejos
Se apaga, quedo, como redimido.
Los arcos y portales permanecen tranquilos,
Y nubes transparentes van bogando
Sobre las filas pálidas de casas,
Que en sí aspiraron ya la oscuridad;
Pero un rayo de luna, luminoso, de pronto,
Entre ellas resbaló, cual si en algún lugar
Un arcángel hubiera esgrimido su espada.
Rainer María Rilke
Nuevos poemas
26.5.12
Torso de Mileto, hacia 480-470 adC.
Torso arcaico de Apolo
NUNCA hemos conocido su inaudita cabeza,
en donde maduraban los globos de los ojos.
Mas su torso arde aún, igual que un candelabro
en el que su mirar, aunque esté reducido,
se mantiene y reluce. Si no, la proa del pecho
no podría deslumbrarte, ni en el álabe suave
de las caderas una sonrisa podría ir
al centro que tenía poder de procreación.
Si no, estaría esta piedra desfigurada y corta
bajo el umbral translúcido de los hombros, y no
centellearía como las pieles de las fieras;
tampoco irrumpiría, desde todos sus bordes,
como una estrella: porque no hay aquí ni un lugar
que no te pueda ver. Debes cambiar tu vida.
Rainer Maria Rilke
Nuevos poemas
Hace cuarenta años que vivo con un gran molde de yeso de la estatua argiva Cleobis.
Esta figura, más grande que el tamaño natural, de formas aparentemente rígidas y miembros paralelos, en la que se puede ver la influencia egipcia, es más humana también. Marca el principio del sentimiento griego del que nosotros somos tributarios.
Durante diez años me he paseado alrededor de ella en mijardín. Situada sobre un rincón del césped y rodeada de troncos de árboles era de una gran belleza.
Cuando las lluvias de varios inviernos descompusieron parte de la cabeza y los hombros, la entré en mi taller para no perderla del todo y finalmente la traje aquí, a Niza, donde ahora nos encontramos.
No nos hemos separado nunca en cuarenta años, y el gran interés que tengo por ella no hace sino aumentar.
Recientemente, durante una noche de insomnio, hundido en mi sillón, me sorprendí contemplándola inconscientemente en el silencio de la noche que, sin duda, contribuía a aproximarnos. Como cada vez que me paraba de forma involuntaria delante de esta estatua de yeso, reveladora de tantos tesoros, sus cualidades excepcionales me atraparon de nuevo. No me reveló nuevas maravillas, pero los antiguos descubrimientos insistieron con mayor intensidad, mayor profundidad que en nuestros anteriores encuentros.
Acaba de venir a visitarme Le Corbusier.
Al ver mi Adonis argivo me ha dicho: "Déjeme mirar esta maravilla, yo la había dibujado mucho hace diez años."
Henri Matisse
Escritos y opiniones sobre arte
Sin título, 1950. Esteban Vicente
Esteban Vicente: Tal vez sea esta adhesión a lo concreto lo que mi obra tiene de español. La cultura española no se basa en la fantasía sino en la realidad.
Barbara Rose: La literatura española, sobre todo la literatura mística, está llena de visiones y alucinaciones.
E. V.: Ya, ya, pero eso no es fantasía. Las visiones son reales.
B.R.: ¿Quiere usted decir que no son sueños en el sentido del surrealismo francés?
E. V.: No. Recuerde que los franceses son racionalistas, pero los españoles jamás. El español es emotivo. El italiano es fantasioso. Yo pienso que hay un nexo, por algún lado, entre los españoles y los antiguos griegos. Hay algo por ahí.
Creo que el concepto de la imagen viene de los griegos. Piense en Goya. Recuerde que Goya vivía en Madrid durante la época en que los franceses intentaron dominar el mundo con su ejército. Las tropas de Napoleón entraron en Madrid y mataron a las pobres gentes cerca de la casa de Goya. De noche, durante las matanzas, él dibujaba directamente los sucesos. Y esos dibujos no eran fantasía sino realidad. Ésa es la inspiración de los pintores españoles: la realidad, desde Velázquez y Zurbarán hasta Goya. En otros países los grandes pintores han representado asuntos de la mitología griega y romana. En España jamás.
Entrevista a Esteban Vicente. Barbara Rose. Enero 1998.
8 fotogramas de video, otoño 1976. Francesca Woodman.
Estás jugando, sol, conmigo
pero esto no es una danza
tanta desnudez
sangre casi
o un bosque salvaje
entonces-
Yorgos Seferis
Poesía completa
No es que los griegos sean nuestros clásicos, es que en cierta manera los griegos somos nosotros.
Xabier Zubiri, 1942.
13.1.12
La familia de saltimbanquis, 1905. Pablo Picasso
Quinta elegía
(dedicada a la Sra. Hertha König)
Pero, ¿quiénes son ellos, dime, esos errantes, algo más
fugaces que nosotros mismos, a los que desde temprano
oprime y apremia una voluntad jamás satisfecha?;
¿por quién, por amor a quién? Ella los retuerce, los dobla,
los entrelaza y los sacude, los arroja y los recoge;
como desde un aire aceitoso y más resbaladizo
descienden ellos
a la alfombra carcomida y desgastada
por su eterno rebotar,
a esa alfombra perdida en el universo.
Extendida como un parche, como si el cielo del suburbio
le hubiera hecho daño ahí a la tierra.
Y apenas allí,
erguida y señalada: la gran letra inicial del estar ahí delante...
Pero también a los más fuertes de los hombres
los doblega otra vez y como en broma el zarpazo que siempre
está llegando,
así como Augusto el Fuerte lo hacía sobre la mesa
sobre un plato de estaño.
Ay, y en torno a ese centro,
la rosa del mirar florece y se deshoja.
Alrededor de este lugar, el pistilo,
tocado por el propio polen floreciente,
es otra vez fecundado hacia el fruto aparente del desgano,
de su desgano nunca consciente,
que brillando con la más tenue superficie,
aparenta un leve sonreír.
Y ahí, el viejo levantador de pesas marchito y arrugado,
que ya sólo toca el tambor,
encogido en su poderosa piel, como si ella hubiera
contenido antes a dos hombres y uno yaciera ya
en el cementerio y el otro lo sobreviviera,
sordo y a veces un poco confuso,
en su piel viuda.
Pero el joven, el hombre, como si fuera el hijo de una cerviz
y de una monja: macizo y vigoroso,
lleno de músculos y de simpleza.
Oh, vosotros,
a quienes una vez recibió como juguete
un sufrimiento que todavía era pequeño,
en una de sus largas convalecencias...
Tú, que con la caída,
como sólo la conocen las frutas, cien veces al día
te desprendes, inmaduro, desde el árbol del movimiento
construido en común (el que, más rápido que el agua
tiene en pocos minutos ya la primavera, el verano y el otoño)
y caes y rebotas en la tumba:
a veces, en mitad de la pausa, quiere surgir en ti
un semblante cariñoso hacia tu madre, raras veces tierna;
pero ese rostro tímido y apenas intentado
se pierde en tu cuerpo que lo desgasta y aplana...
Y de nuevo bate el hombre las manos para el salto y antes de
que alguna vez se te haga más patente un dolor
en las proximidades de ese corazón
que siempre está tronando, se le anticipa a su origen
el ardor de las plantas de los pies
con un par de lágrimas del cuerpo que veloces afluyen a
tus ojos.
Y sin embargo, y a ciegas,
la sonrisa...
Ángel, oh tómala, recoge esa hierba medicinal de flor
diminuta.
Construye un jarrón y ¡guárdala! Ponla entre aquellas alegrías
aún no abiertas a nosotros; en una hermosa urna alábala
con una inscripción florida y elocuente:
"Subrisio saltat" ( "La sonrisa danza")
Entonces tú, graciosa,
tú, que has sido calladamente postergada
por las más gratas alegrías.
Tal ves en tu lugar
son felices los flecos de tu ropa,
o la seda verde metálica se siente infinitamente mimada
y plena sobre tus pechos jóvenes y henchidos.
Tú,
impasible fruta de mercado, colocada siempre de distinta
manera
sobre las oscilantes balanzas del equilibrio,
entre los hombros, ante el público.
Dónde, oh dónde está el lugar -lo llevo en el corazón-
en el cual ellos estaban lejos de poder,
donde aún se desprendían unos de otros,
como animales
que se cubren sin estar bien apareados;
donde los pesos todavía son pesados
y los discos tambalean en sus varas
que se agitan en vano...
Y, de pronto, en ese fatigoso no estar en parte alguna,
el sitio inefable, donde la pura carencia
se transforma de modo incomprensible,
saltando de súbito hacia aquella abundancia vacía,
donde el cálculo de muchas cifras
se resuelve en cero.
Plazas, oh plazas de París, escenario infinito,
donde la modista, Madame Lamort,
anuda y retuerce los inquietos caminos de la tierra
y las cintas sin fin, inventando con ellas nuevos lazos,
volantes, flores, escarapelas, frutas artificiales
-todos teñidos falsamente- para los baratos
sombreros invernales del destino.
¡Ángel!: Habría una plaza que no conocemos y allí,
sobre una alfombra inefable, los amantes, que aquí
nunca llegan a lograrlo, mostrarían las altas
y atrevidas figuras de su impetuoso corazón,
sus torres hechas de placer y sus escaleras vibrantes,
hace tiempo ya apoyadas, donde jamás hubo suelo alguno,
la una en la otra solamente -y lo lograrían sin embargo-
ante los espectadores en torno, incontables muertos
silenciosos:
¿arrojarían éstos, entonces, sus últimas monedas de la
felicidad,
siempre ocultas, siempre ahorradas,
desconocidas para nosotros, pero eternamente válidas,
ante la pareja que, por fin, sonríe de verdad
sobre la alfombra tranquila?.
Riner Maria Rilke
Las Elegías de Duino
1.7.10
8ª elegía de Duino
Con todos los ojos ve la criatura
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio volteamos al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte. Sólo nosotros la vemos;
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia fuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes -si no estuviera el otro,
que obstruye la vista- se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar enfrente y nada más que eso,
y siempre en frente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y así mismo
en el todo, y salvado para siempre.
Y sin embargo hay en el vigilante, cálido animal
el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues él también lleva consigo lo que a nosotros
con frecuencia nos abruma, el recuerdo,
como si el sitio hacia donde corremos como impelidos,
alguna vez hubiera estado más cerca, hubiese sido más
leal, su contacto infinitamente tierno. Aquí todo
es distancia, allá todo era aliento. Después
de su primer hogar el segundo es para él hibrido
y mudable. Oh, santidad de la criatura pequeña,
que permanece siempre en el seno que la parió.
Oh dicha del mosquito que aún dentro salta,
incluso en su boda: pues seno es Todo.
Y mira la media seguridad del pájaro
que desde su origen sabe casi ambas cosas,
como si fuera el alma de un etrusco,
de un muerto a quien recibió un espacio,
pero con la figura yacente como cobertura.
Y cuán turbado está uno que tiene que volar
y procede de un seno. Como asustado ante sí
mismo cruza en zigzag el aire, como una grieta se abre
en una taza. Así cruza el rastro del murciélago la porcelana
del anochecer.
Y nosotros: siempre espectadores, en todas partes,
¡vueltos hacia el todo, nunca hacia afuera! El todo
nos colma. Lo ordenamos. Se desintegra. Lo volvemos
a ordenar y nos desintegramos nosotros mismos.
¿Quién no ha volteado así, que hagamos lo que hagamos,
mantenemos la actitud de alguien que se va? Como quien,
desde la última colina, que le muestra una vez más todo
su valle, voltea, se detiene, permanece un momento,
así vivimos nosotros, y siempre nos estamos despidiendo.
Rainer María Rilke
Con todos los ojos ve la criatura
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio volteamos al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte. Sólo nosotros la vemos;
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia fuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes -si no estuviera el otro,
que obstruye la vista- se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar enfrente y nada más que eso,
y siempre en frente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y así mismo
en el todo, y salvado para siempre.
Y sin embargo hay en el vigilante, cálido animal
el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues él también lleva consigo lo que a nosotros
con frecuencia nos abruma, el recuerdo,
como si el sitio hacia donde corremos como impelidos,
alguna vez hubiera estado más cerca, hubiese sido más
leal, su contacto infinitamente tierno. Aquí todo
es distancia, allá todo era aliento. Después
de su primer hogar el segundo es para él hibrido
y mudable. Oh, santidad de la criatura pequeña,
que permanece siempre en el seno que la parió.
Oh dicha del mosquito que aún dentro salta,
incluso en su boda: pues seno es Todo.
Y mira la media seguridad del pájaro
que desde su origen sabe casi ambas cosas,
como si fuera el alma de un etrusco,
de un muerto a quien recibió un espacio,
pero con la figura yacente como cobertura.
Y cuán turbado está uno que tiene que volar
y procede de un seno. Como asustado ante sí
mismo cruza en zigzag el aire, como una grieta se abre
en una taza. Así cruza el rastro del murciélago la porcelana
del anochecer.
Y nosotros: siempre espectadores, en todas partes,
¡vueltos hacia el todo, nunca hacia afuera! El todo
nos colma. Lo ordenamos. Se desintegra. Lo volvemos
a ordenar y nos desintegramos nosotros mismos.
¿Quién no ha volteado así, que hagamos lo que hagamos,
mantenemos la actitud de alguien que se va? Como quien,
desde la última colina, que le muestra una vez más todo
su valle, voltea, se detiene, permanece un momento,
así vivimos nosotros, y siempre nos estamos despidiendo.
Rainer María Rilke
27.4.10
29.1.10
Foto: Charlie "Bird" Parker.Mira: he sabido que existen
los que jamás supieron la marcha
común a los hombres.
Se iniciaron con la ascensión en los cielos
de pronto florecidos. El vuelo...
.....
No preguntes cuánto tiempo sintieron;
cuánto tiempo se les vio todavía. Porque hay
cielos invisibles, cielos indecibles
sobre el paisaje interior.
Rainer Maria Rilke
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