Mouchette, 1967. Robert Bresson
Cuanto más singular es la imagen cinematográfica, más absurda es también. ¿Qué quiere decir? Es muy fácil individualizar cualquier acontecimiento de la vida y filmarlo. Y de este modo se han filmado muchos documentales interesantes, en los que la esencia del cine estaba formulada de forma precisa. Sin embargo, me parece que la imagen cinematográfica no consiste en absoluto en representar una observación cualquiera (aunque no es una mala idea), sino en convertir un hecho cualquiera en una observación de la vida. En convertir esa observación en una expresión naturalista propia. Me parece que aquí hay algo; es esto lo que hay que buscar.
Tomemos como ejemplo el final de Mouchette de Bresson. Si lo recordáis, la protagonista, habiendo perdido ya toda la esperanza en la vida, se encuentra junto a la orilla de un río con un vestido blanco bajo el brazo. Es el vestido que le ha dado la vecina para que entierre con él a su madre. Pero ella se pone el vestido, de un modo un tanto desgarbado, de hecho no está claro si se lo pone o se lo echa a la espalda, y comienza a rodar pendiente abajo. La pendiente se nivela, el movimiento se detiene. Ella se levanta, vuelve arriba y de nuevo rueda y rueda hasta que cae al agua. Se oye un chapoteo y ya no la volvemos a ver. Aquí acaba la acción, todo es muy absurdo. Tan absurdo que no hay duda alguna de qué es verdad. No hay una lógica, es inverosímil, pero es la pura verdad. Así se crea lo que llamamos arte.
Andrés Tarkovski
Atrapad la vida
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21.3.17
24.6.15
El espejo, 1975. Andrei Tarkovski
Hay instantes que no parecen del pasado ni del futuro
sino sólo un momento presente de la luz directa
que tratas de encender. Cuando tiendes tu mano
hacia las llamas.
T.S.Eliot
There are hours when there seems to be no past or future
Only a present moment of pointed light
When you want to burn. When you stretch out your hand
To the flames.
Hay instantes que no parecen del pasado ni del futuro
sino sólo un momento presente de la luz directa
que tratas de encender. Cuando tiendes tu mano
hacia las llamas.
T.S.Eliot
There are hours when there seems to be no past or future
Only a present moment of pointed light
When you want to burn. When you stretch out your hand
To the flames.
27.10.13
CANTO DECIMOSEXTO
En otros tiempos iba mucha gente de promesa
al puente de las candelas a implorar gracia divina
para soldados que estaban en la guerra, para historias de amor,
enfermedades, para obtener dinero, juventud, deseos inconfesables.
Por ejemplo, muchos no se entendían con su pajarito,
si le decían: ¿listo?, él respondía: ¡no!
Había entonces que cruzar el puente hasta la cruz del molino
con una candela encendida y cuidado de que no se apagara.
Pero venía viento, un airecillo fino que bajaba
de las montañas y a las manos les costaba lo suyo
cubrir la llama y ¡hala! vuelta a empezar,
y así una y otra vez, un mes, un año...
A una vieja que estaba llegando a la cruz
se le prendió fuego la ropa y ardió todo:
la ropa, la fe y el tiempo.
Desde aquella desgracia la gente fue abandonando
aquella devoción y ahora ya no va nadie.
EI domingo pasado fui a dar una vuelta
y vi, en mitad del puente, al hijo tonto de la Filomena
que llevaba en la mano su candela encendida.
Vi la llama bien derecha, no la movía ni la brisa
que bajaba por el río. ¿Qué gracia pediría?
¿Una vida normal o seguir tirando con su cabeza loca?
Antes de llegar a la cruz del molino,
cuando estaba a dos pasos, se detuvo
y sopló la llama.
Tonino Guerra, La miel.
CANTÈDA SÉGG
Una vólta I' avnéva un sach ad zenta a fè peniténza
me Pòunt dal CandàiIi, e i dmandéva la grèzia
par di suldè ch'i éra in guèra, par dal stóri d'amòur,
dal malatéi, par avài di bóch, la giovinèzza, dal vòi masèdi,
par esémpi una masa i n' eva piò un'intaisa se biréll,
se i géva: pronto? léu l'arspundéva: no!
Bastéva pasè soura e' pòunt fina a la cròusa de mulóin
s'una candàila zàisa ch'la n s'éva da smurtè.
Però e' tiréva e' vént, un'ariètta ch’1a avnéva zò
da Ia muntagna e al mèni al féva fadóiga
a tnài ciutèda la fiama e alòura próva, ripróva, un mais, un an...
M’una vècia ch’la stéva arivand in chèva
u i s'è tachè fugh mi pan e u s'è brusé
ran e savòun. E' fò da ch`la disgrèzia che la zénta
la i à smèss la devoziòun e u n' aróiva piò niséun.
La dmènga ch'lè pas ò dè un'ucèda me pòunt
e ò vést e' fiul dIa Filuména che sciòch
ch’lavéva in mèna una candaila zàisa,
La fiama la éra drétta e un Ia muvéva gnénca la brèzza
ch'l'avéva in da e' fióm. Csa dmandaràl para grèzia?
Una vóita nurmèla o andè avanti sla su tèsta balènga?
Próima d’arivé ma la cròusa de mulóin
ch’la éra alè a du pas, u s’è fèrum e l’à sufié te lóm.
Tonino Guerra, Il miele, 1981.
13.2.13
Andrei Rublev, 1966. Andrei Tarkovski
-¡Aquí lo tenéis! -exclamó el anciano, con el cabello en desorden, el rostro inflamado por una excitación sobrenatural, los ojos chispeantes y jadeando como un joven ebrio de amor-. ¿Verdad que no os esperabais tanta perfección? Estáis ante una mujer y buscáis un cuadro. Hay tanta profundidad en este lienzo, el aire es tan auténtico que no podéis distinguirlo del que nos rodea. ¿Dónde está el arte? ¡Perdido, desaparecido! Tenéis las formas de una muchacha. ¿No he captado bien el color, la vivacidad de la línea que parece delimitar el cuerpo? ¿No es el mismo fenómeno que nos presentan los objetos que están en la atmosfera como los peces en el agua? Observad cómo destacan los contornos sobre el fondo. ¿Acaso no parece que podáis acariciar esta espalda? Cierto que llevo siete años estudiando los efectos de la fusión de la luz con los objetos. ¿Y no inunda la luz esos cabellos? Pero creo que ha respirado... ¡Ah! ¿Quién no estaría dispuesto a postrarse a sus pies? La carne palpita. Va a levantarse, aguardad.
-¿Veis algo? -preguntó Poussin a Porbus.
-No. ¿Y vos?
-Nada.
Los dos pintores dejaron al anciano sumido en su éxtasis y comprobaron si la luz, al caer a plomo sobre el lienzo que les mostraba, no neutralizaba todos sus efectos. Examinaron entonces la pintura, poniéndose a la derecha, a la izquierda, de frente, agachándose y levantándose una y otra vez.
-Sí, sí, es un lienzo -les decía Frenhofer, malinterpretando el objeto de tan escrupuloso examen-. Ved, esto es el marco, esto el caballete, y aquí están mis colores y mis pinceles.
Y, tomando un pincel, lo enseño con gesto pueril.
-El viejo lansquenete nos está tomando el pelo -dijo Poussin, volviendo a acercarse al supuesto cuadro-. No veo aquí más que un amasijo de colores, prisioneros de una multitud de extrañas lineas que forman un muro de pintura.
-Nos engañamos. Mirad -replicó Porbus.
Al acercarse, divisaron en un ángulo del lienzo la punta de un pie desnudo que sobresalía entre aquel caos de colores, tonos, matices fluctuantes, una suerte de niebla sin forma. ¡Pero un pie delicioso, un pie vivo! Se quedaron petrificados de admiración ante aquel fragmento que había escapado de una increíble, lenta y progresiva destrucción. Aparecía allí aquel pie como el busto de alguna Venus de mármol de Paros, surgido entre los escombros de una ciudad incendiada.
-Ahí debajo hay una mujer -exclamó Porbus, señalando a Poussin las distintas capas de pintura que el anciano pintor había superpuesto sucesivamente, convencido de que así perfeccionaba su cuadro.
Ambos pintores se volvieron espontáneamente hacia Frenhofer, comenzando a explicarse, aunque de manera vaga, el éxtasis en que esté vivía.
-Él obra de buena fe -dijo Porbus.
Sí, amigo mío -contestó el anciano, volviendo a la realidad-, hace falta buena fe, fe en el arte, para realizar una obra semejante. Algunas de estas sombras me han costado infinitos sudores.. Mirad, en la mejilla, debajo de los ojos, hay una leve penumbra que, si la observáis en la naturaleza, os parecerá casi irreproducible. Pues bien, creedme si os digo que reproducir ese efecto me ha costado ímprobos esfuerzos. Es más, mi querido Porbus, observa atentamente mi trabajo, y comprenderás mejor lo que te decía sobre el modo de tratar el modelado y los contornos, observa la luz del seno y comprobarás cómo, mediante una serie de toques y resaltes muy empastados, he logrado captar la auténtica luz y combinarla con la blancura refulgente de los tonos iluminados; y cómo, por un proceso inverso, difuminando los relieves y el grano de la pasta, he conseguido, a fuerza de suavizar el contorno de la figura, bañada en tonos intermedios, eliminar incluso la idea de dibujo y de artificios y conferirle el aspecto y la plenitud de la naturaleza. Acercaos, y veréis mejor el trabajo. De lejos, desaparece. ¿Veis? Creo que aquí es muy notable.
Y con la punta del pincel señalaba a los dos pintores un empaste de color claro.
Porbus dio un golpecito en el hombro al anciano, al tiempo que se volvía hacia Poussin.
-¿Sabéis que estamos ante un gran pintor? -dijo.
-Es más poeta que pintor -contestó muy serio Poussin.
-Aquí -replicó Porbus, tocando el lienzo- acaba nuestro arte en la tierra
-Y desde aquí va a perderse en los cielos -dijo Poussin.
-¡Cuántos goces en este pedazo de lienzo! -exclamó Porbus.
El anciano, absorto, no los escuchaba y sonreía a aquella mujer imaginaria.
Honoré de Balzac.
La obra maestra desconocida.
Observen que siempre habrá un problema que atravesará toda la historia de la pintura: ¿qué hacer con la carne cuando somos coloristas? Es incluso en esto que, extrañamente, la pintura y los fenomenólogos se han encontrado tanto, por el hecho de que unos y otros están tan animados por el tema de la carne, del cuerpo encarnado. Merleau-Ponty encontró la pintura a partir de la carne. ¿Qué hacer con la carne?
He marcado una muy bella frase de Goethe, sólo para mezclar todo: Para la carne el color debe estar absolutamente liberado de su estado elemental.
Gilles Deleuze
Pintura. El concepto de diagrama.
Dice Frenhofer al pobre Porbus: No profundizáis lo bastante en la intimidad de la forma… Pero ¿qué es la forma? Es, responderá resumiendo Frenhofer, una fertilidad imperceptible de los pliegues. Lo visible sería como una inmensa y profusa topología de los pliegues, un laminar peculiar generalizado, en el que el intersticio sería en cierto modo el lugar de la diferencia, del sentido.
Frenhofer, enigmático nombre propio inventado por Balzac, no deja de tener afinidades con una idea de un mundo visible inestable, en el que toda forma deberá su existencia casi al azar de una concreción espectral. Poussin y Porbus forman parte de la historia “verdadera” del arte, pero ¿de qué historia forma parte ese genio desconocido llamado Frenhofer? De una historia mítica, evidentemente, una invención balzaquiana, pero también de la historia de lo diáfano, precisamente. Cinco años antes de la redacción de La obra de arte desconocida, moría en plena gloria el óptico Fraunhofer, autor de una Teoría de los halos, de una memoria sobre las alteraciones de la luz, y sobre todo célebre fundador de la espectroscopia: había sido el primer físico en poner en evidencia la naturaleza espectral de la luz solar (utilizando para ello la fuerza dispersiva de los prismas): el rayo de luz pura aparecía constituido por quinientas setenta y seis películas o líneas (llamadas “líneas de Fraunhofer”) cuya disposición se suponía que quería decir algo sobre la naturaleza material del astro solar (la suposición se confirmó; Fraunhofer estableció por lo demás una auténtica clasificación espectrográfica de las estrellas). El sabio Fraunhofer había por tanto penetrado en la intimidad de los cuerpos celestes mediante el análisis de sus espectros, de sus diáfanas emanaciones peculiares. Podemos imaginar de hecho que el hiper-pintor Frenhofer intentara lo mismo con los cuerpos de carne.
Sin embargo, semejante “exigencia de la forma” está en principio expuesta al mayor de los peligros. Ya que se inscribe en una especie de juego cruel, un mortal quien-gana-pierde (que nos recuerda por supuesto La piel de zapa) donde la ley estaría constituida por una especie de hiperfísica (la palabra es, entre otros de Nadar), una hiperfísica de la mimesis. Hiperfísica, y no metafísica: la mímesis aparece aquí pensada en efecto como una materia, evidentemente sutil, pero a pesar de todo es una materia, “una sustancia madre”, escribe Balzac, un tejido de entrañas. Es por lo tanto una hiperfísica del pliegue y de la vibración, como una diaphanés generalizada, casi orgánica. La presentación corporal, pero también el pensamiento, provendrían de ella. Y lo mismo el sonido y la luz, según un principio de equivalencia generalizado y sutil: “El sonido es la luz bajo una forma distinta: uno y otra proceden por vibraciones que llegan al hombre y que él transforma en pensamiento en sus centros nerviosos. La música, lo mismo que la pintura, utiliza cuerpos que tienen la facultad de separar tal o cual propiedad de la sustancia madre, para componer cuadros”, explica Balzac por boca de ese otro genio desconocido, Gambara. El cuadro es, por lo tanto, no solamente un tópico, sino una dinámica y una energética de lo vivo (lo diáfano pensado como una biología de lo sensible). Y Balzac concluye que, como la pintura, “la música es un arte tejido en las entrañas mismas de la Naturaleza”.
Tejido en las entrañas, admirable fórmula. En fín, se comprenderá que el cuadro (tela, tejido) no es una superficie como lo son el color, la piel o ese principio “laminado” de lo visible que Balzac sugiere aquí. El cuadro es en sí mismo una estructura del pliegue, del intersticio. Pero ¿qué estructura exactamente?, esa es la cuestión. Frenhofer la buscaba, levantando “capa a capa los cuadros de Tiziano”, a fin de progresar en la sapiencia. El cuadro sería como un lecho del pliegue. Tal vez ahí se encuentra la señal de su estatuto más materialmente operatorio. La hipótesis balzaquiana de una hiperfísica pelicular constituiría aquí la esplendida parábola. Que basta con tener en cuenta el problema que examinamos, el del encarnado, nos damos cuenta por la continua exigencia de una conversación topológica del plano en cuanto tal en un efecto de piel; su forma reticular, de intersticio, de exudación, de tránsito (vicisitudes de la apíphasis y de la aphánisis). Aquí nos encontramos sin duda “en el plano” de un fantasma relativo a los medios de la pintura. Sin embargo, precisamente, el fantasma no es un “plano”. Su relación con su objeto es más bien estructural, un punzón (dice Lacan), o sea, una triple función de la penetración, del trenzado estructural y del procedimiento de impresión.
Que la vieja noción de superficie (subjectile) sea un verdadero nudo (pertinencia y dificultad) en esta problemática es algo que no sorprenderá a nadie. Debemos a Jean Clay su reinstauración teórica, al mismo tiempo en que la descubre precisamente en lo más novedoso de las prácticas pictóricas del siglo XIX: allí donde, “mediante trenzados, desbordamientos, encabalgamientos”, la pintura “tiende a sobrepasar la problemática de la superficie a fin de alcanzar (…) la categoría del laminado, de la capa, del espesor. Que haya trenza, pliegue, intersticio, “aleteo de espacio” mediante el cual los fondos “remontan, atraviesan, forman superficie”, eso significa en principio que el cuadro funciona como una aporía de la proyección, de la proyección-proyecto. La proyección choca o se atasca, se frustra siempre, en algún momento, en el espesor del cuadro, precisamente porque la dimensión de la superficie (subjectile), en su complejidad, produce el retorno, el reenvío, la retirada del proyecto, en el destiempo del lanzamiento. Ésta es la razón por la que, en este caso, sólo puede hablarse de superficie precisando su naturaleza inductiva, no proyectiva, y reinyectando, más allá de sus cualidades de extensum (de tamaño extensivo, de superficie de plano), la cualidad intensiva del spatium, de la “profundidad implicada” de la que Jean Clay dice que es una estructura de recubrimientos, de borraduras, y al mismo tiempo de descubrimientos, de ecos.
“Los nudos tienen una prioridad lógica sobre las líneas”, escribe Lévi Strauss, plantean un problema antes incluso de que se formulen los problemas del diseño, incluso los del designio de la pintura. Hubert Damisch, desarrollando el enunciado-programa de Leví-Strauss, ha propuesto sobre esta cuestión el más pertinente de los paradigmas: el de la trenza. “Allí donde el semiólogo se empeña en vano en descubrir las “unidades mínimas” que le autorizarían a considerar a la pintura como un “sistema de signos”, la pintura demuestra, en su misma textura, que el problema requiere ser planteado al revés, en el contexto de las relaciones entre los términos, no en el de las líneas sino en el de los nudos”.
No es casualidad que Merleau-Ponty, cuando se ocupa de la noción de carne, lo haga precisamente a través de los aspectos del nudo y de la trama, de la vuelta y del fondo, del tránsito y de la abertura (béance), del tacto y de la distancia, del tejido y de la diferencia; no fue casualidad que tal página, ejemplar en todo el proceso, concerniera también al color rojo: “Ese rojo no es lo que es más que relacionándose con los otros rojos de su alrededor, con los que forma una constelación, o con otros colores que domina o que le dominan, que atrae o que le atraen, que rechaza o que le rechazan. En resumidas cuentas, se trata de cierto nudo en la trama de lo simultáneo y lo sucesivo. Es una concreción de la visibilidad, pero no es un átomo. (…) Cierto rojo es también un fósil traído desde las profundidades de los mundos imaginarios. Si tuviéramos en cuenta todas estas particularidades, nos daríamos cuenta de que un color puro, y en general algo visible, no es un trozo de ser consciente, insecable, expuesto completamente desnudo a una mirada que sólo podría ser total o nula, sino más bien una especie de estrecho entre horizontes exteriores y horizontes interiores siempre abiertos, algo que viene a rozar y hace que resuenen a distancia diversas regiones del mundo coloreado o visible, cierta diferenciación, una modulación efímera de ese mundo, menos color o cosa, por tanto, que diferencia entre cosas o colores, cristalización momentánea del ser coloreado o de la visibilidad. Entre los colores y las pretensiones visibles, se encontrará el tejido que nos refuerza, que los sostiene, los nutre, y que, él, nos es ninguna cosa, sino posibilidad, latencia y carne de las cosas”.
Concierne a todo lo que se abisma en el cuadro: lo que hace que, cuando creemos estar viendo un cuadro, de hecho somos nosotros los que estamos siendo observados.
Lienzo sería aquí la palabra que nombra el efecto, estructural tanto como fenomenológico, mediante el cual el extensum del cuadro se convierte de repente en punctum, pero al mismo en spatium: profundidad implícita, intensa, temporal. El lienzo denominaría una capacidad de metamorfosis del cuadro, el extremo punzante del “debate de la trenza en el plano”: denominaría al cuadro con su efecto de plano punzante. Éste es un efecto paradójico. Es algo que tiene que ver con el instante, la escansión, el suplemento, el fantasma. Constituye el punzón (abertura, agujero, mancha, corte, impresión), el punzón figural del fantasma en la clausura del cuadro. Concierne al detalle, o más bien al jirón, y su fulgor. Barthes no se olvidó de señalar el “poder expansivo” del punctum. Y es también esta expansión lo que se trataría de nombrar en el lienzo del pintor. En cuanto efecto metafórico, el lienzo es un más acá (un reverso, una dislocación) de la metáfora; interviene como un agua turbia, incluso como una catástrofe, en el elemento iconográfico de la pintura figurativa. En cuanto punzante, es también un acá, una “dislocación local” del plano y de la red; planus significa en latín lo plano, lo llano, lo claro y lo evidente: “lo que se da por supuesto”; el lienzo sería más bien un efecto de deslegitimación de la evidencia, lo que denominaré una violencia, una precipitación disyuntiva. Tendremos que buscar esta disyunción en las sucesivas clases del obstáculo y de la profundidad, de lo táctil y de lo óptico, del cuerpo y del cuadro, del deseo y del ideal, de lo visto y de lo no visto, de lo local y de lo global, en fin, de la belleza y del duelo. Volvamos a empezar.
“LIENZO, S. M., significa antiguamente la extensión de un cuerpo a lo largo y a lo ancho.”
Georges Did-Huberman
La pintura encarnada.
11.10.12
Fotograma de Andrei Rublev, 1966. Andrei Tarkovsky
La estructura de esta dis-localidad, quizás ontológica, de la pintura, no es fácil de ver. Ya he hablado de destello, de lienzo, de detalle. Ahora tenemos que concretar. Partamos de lo siguiente: hemos soñado con una pintura sin sobras. Hemos soñado, a propósito de la pintura, con una perfección. Perfeccionar la pintura, hacerla llegar hasta el final, eso puede significar en principio algo así como su subsunción en el ideal: pintura adecuada a su idea, a su proyecto, a su dispositivo, incluso a su algoritmo. Ésta sería una perfección, digamos, platónica o, incluso, pitagórica. Pero fue otra, no menos mítica, ovidiana ésta, podriamos decir, y que imaginaba la perfección de la pintura como el acontecimiento de su metamorfosis: como si se le exigiera convertirse en lo que representa, perfeccionarse en cuerpos. Estos dos fantasmas, que no podemos subestimar por su irrealidad, incluso su ingenuidad, y que no podemos contentarnos con refutarlos, hasta tal punto que es notable su pregnancia histórica, estos dos fantasmas, la pintura levanta acta de ellos y los convierte, por decirlo así, en su destello. Es decir, la gloria y el desmembramiento. Porque el ideal, matemático o metafórico, en cada cuadro concreto se estrella y se rompe. El destello aludiría a lo que sobra, lo que queda, sobre el cuadro, de un fantasma en tanto fracaso. El destello sería el acontecimiento pictórico de una ruptura de la pintura ideal. Sin duda se produce esencialmente en los equívocos y las indecisiones entre espacio óptico y espacio háptico. Su efecto puede ser doble. Puede ser, en primer lugar, el efecto de lienzo: un casi-trauma, que adelanta lo figural como inidentificable; éste es un efecto de violencia delusiva (lo contrario de un trampantojo); es el destello en calidad de sinsentido; alude a algo así como a la sorpresa de un eso no es, un eso no es posible; es un efecto de desastre en el orden de lo visible. Pero el destello puede tener lugar también, secundariamente, como efecto de detalle: una casi-alucinación, con el efecto de "realidad" que le es propio, y que adelanta lo figurativo como una hiper-identidad, una identidad o una singularidad de intrusión; éste es un efecto de violencia ilusionista; éste es un destello en cuanto a detalle realista; alude a la sorpresa de un eso es; es un efecto de descubrimiento, de encuentro o de reencuentro en el orden de lo visible. Una distinción semejante (el destello como lienzo, el destello como detalle) me parece aquí necesaria para aprehender la complejidad, la equivocidad del estatus figural del fragmento, en pintura. Porque ese estatus no tiene nada de evidente. Está sometido a la dialéctica, mediante sus efectos divergentes de intersticio y de pantalla, de lapsus y de estilo, de insignificancia y de caracterización de un sujeto, en fin de oscuridad y de evidencia "realista".
Georges Didi-Huberman
La pintura encarnada
5.5.12
Koptischer Woll-Besatzstoff für eine leinene Tunika. Aus Achmim (Agypten), 3 - 5 Jh. n. Chr.
No sé lo que es una casa
¿Es un abrigo?
¿O un paraguas cuando llueve?
La he llenado de botellas,
harapos, patos de madera,
cortinas, abanicos.
Parece que no quiero
abandonarla nunca
entonces, se vuelve
una jaula
que encarcela a quienquiera
que pase por ella
Incluso a un pájaro como tú,
manchado de nieve
Pero lo que nos dijimos
es tan ligero que no puede ser
retenido en el interior.
Tonino Guerra
Tempo di viaggio. Documental sobre Andrei Tarkovski
16.6.11
Andrei Rublev, 1966. Andrei Tarkovski
Has huido del aliento del mundo retirándote a una mazmorra suntuosa donde no sopla brisa alguna, y mucho menos un hálito. ¡Oh!, aléjate de todo lo que te es familiar, personal y seguro, desecha toda intimidad, sé valiente, ¡cuánto tiempo hace ya que duermen tus cien oídos! quédate solo y pronuncia para ti las palabras no destinadas a nadie, otras, nuevas, tal como te las brinda el aliento del mundo. Toma los caminos trillados y rómpelos sobre tu rodilla. Si hablas con algún humano, que sea de aquello que no volverás a ver. Busca el ombligo del mundo. Desprecia el tiempo, deja escapar el futuro, ese miserable espejismo. No vuelvas a decir cielo. Olvida que ha habido estrellas, deséchalas como si fueran muletas. Prosigue solo e inseguro. Deja de cortar frases de papel. Desbórdate o calla. Tala los árboles de la simulación, no son más que antiguos preceptos disfrazados. No te rindas, el hálito del mundo volverá a atraparte y a conducirte. No pidas nada y nada te será dado. Desnudo, sentirás los dolores del gusano, no los del amo. Salta por los huecos de la clemencia, desciende a mil pies. Abajo, en lo más hondo, sopla el aliento del mundo.
Elias Canetti
El suplicio de las moscas
Tienes que hallar el camino de vuelta a tu cabeza, a sus tempestades, auroras boreales e incendios. Basta ya de esa civilidad inveterada en la que no cesas de congratularte de estar vivo. ¿Lo estás realmente? ¿Aprendes? ¿Haces algo? ¿Te golpeas hasta sangrar?
Estoy harto de añorar lugares de los que guardo imágenes dentro de mí.
No quiero seguir girando en torno a piedras que ya han sido amontonadas.
No temas que tus hallazgos se deshagan. Sólo se desharán mientras tú los vigiles. Vete tembloroso e inseguro. Lo desconocido salvará lo que tú ya conoces.
Elias Canetti
Hampstead
26.5.11
29/30 de septiembre de 1986. Noche
He soñado con un rincón del patio de un monasterio muy agradable que tenía un olmo secular enorme. De repente me doy cuenta de que en alguna parte, debajo de las raíces, se levanta una llama y comprendo que se debe a la multitud de velas encendidas bajo el suelo, que brillan en los corredores subterráneos. Salen corriendo dos monjas asustadas. Después la llama se eleva hacia arriba y veo que ya no se puede apagar: casi todas las raíces son como carbón ardiente. Me quedo muy triste y me imagino ese sitio sin el olmo: vacío, absurdo, miserable.
Andrei Tarkovski
Martirologio. Diarios 1970-1986
2.3.10

Fotograma: Sacrificio, 1986. Andrei Tarkovski.
La perversidad.
1.
"Vivir", escribió Ibsen, "es luchar contra los seres fantásticos que nacen en las cámaras secretas de nuestro corazón y de nuestro cerebro; ser poeta es tener consciencia de sí mismo".
Estos versos son terribles. Expresan toda la perversidad que atormenta a las cabezas de nuestro tiempo. Quisiera esbozar qué veo allí y decir algunas palabras sobre esa perversidad.
El primer aspecto del mundo, centralizador, egoista y lógico, es la continuidad. La experiencia de Weber podría formularse así: la noción de continuidad es inversamente proporcional a la especialización táctil. Instauramos la continuidad en las cosas mediante la centralización nerviosa, que nos da lo continuo en la cantidad, y mediante la generalización lógica, que nos da lo continuo en la calidad. Así es el aspecto simple y exterior del universo, que resulta de la posición de nuestra unidad en medio de una multiplicidad que nosotros coordinamos.
La especialización táctil y la ciencia, que es como su prolongación instrumental, nos enseña que el mundo es en realidad discontinuo. El espacio interestelar difiere del espacio intermolecular tan sólo porque nosotros estamos ubicados entre ambos y medimos sus relaciones. La noción de tiempo, que es engendrada por la de espacio, no es más exacta bajo su primer aspecto continuo. Puede haber infinito entre los momentos de un tiempo dividido infinitamente. Percibimos muy bien que el tiempo psicológico (el tiempo astronómico se mide por diferencias de posición en el espacio) es esencialmente variable. Nuestra noción de tiempo se transforma del salvaje al hombre civilizado, del niño al adulto, del sueño a la vigilia.
De este modo, el aspecto último del mundo, luego del perfeccionamiento de los sentidos y del conocimiento, es la discontinuidad. (Será fácil demostrar que cualitativamente es también la noción de semejanza la que precede a la noción de diferenciación extrema, y que incluso allí se afirma la ley del pasaje de lo homogéneo a lo heterogéneo.)
La visión pasional y moral del universo se adapta sucesivamente a los mismos puntos de vista. El alma es en principio una, y ya sea que observe, razone o desee, se entrega toda entera. La noción de la diversidad de los objetos y de la diversidad de sus propias partes le llega más tarde. Se concibe entonces bajo la forma de sensación, de razón o de voluntad, y acuerda una preponderancia a sus especies. Si produce creaciones estéticas, las separa y les otorga a cada una su ámbito; no produce al hombre en su totalidad, delicado y valiente, aventurero y prudente, como Odiseo; arroja sobre el escenario a un ambicioso, a un celoso, a un indeciso, a Macbeth, a Otelo, a Hamlet. Así como los modernos distinguen en la gama de colores matices que los antiguos no percibían, el alma también ha hecho su aprendizaje de los matices: allí donde era púrpura ella se ve violeta, y malva, y cereza, y naranja, y mientras más se diferencia, más otorga valor a sus moléculas.
El punto de partida moral del hombre es el egoísmo. Es el reflejo sentimental de la ley de la existencia, mediante la cual el ser tiende a persistir en su ser. La perversidad moral (y abordo perversidad desde la perspectiva de la naturaleza) nace en el momento mismo en que el hombre concibe que hay otros seres similares a él y les sacrifica una parte de su yo. La flor dolorosa de esa perversidad es el placer del sacrificio. Y si el sacrificio se cumple sólo para él mismo, esa perversidad es absoluta: porque el ser se anula con el objetivo positivo del placer, allí donde el hedonista se mataba sólo para evitar la negación del dolor. Pero si el sacrificio se consuma para los demás hombres, en provecho de las masas, si el ser tiende a persistir en otros seres, entonces a surgido de la perversidad primera una moralidad más alta, superior a la naturaleza misma.
2
"Esos seres fantásticos que nacen en las cámaras de nuestro corazón y de nuestro cerebro" son creaciones o fantasmas. Veo que la aterradora perversidad de Shakespeare ha engendrado en su cabeza a Lear, a Ricardo III, a Antonio, a Calibán, a Falstaff, a Miranda y a tantos otros tan disímiles que él había querido así, y que la diferenciación extrema de sus pasiones le ha permitido proyectarlos a todos luego de haber luchado contra ellos. Pero veo que en los Espectros el fantasma del padre de Oswald Alving germina en el cerebro del hijo y lo oprime, lo aterroriza, y que el hijo sucumbe a la lucha. Veo a todos los pobres seres románticos incubados en la cabeza de Madame Bovary o de Frédéric Moreau ser sometidos y llevados a la muerte o al lamentable tedio de la vida.
Puesto que aquellos que han podido diferenciarse y dejar de ser ellos mismos saben aplicar su voluntad a la creación estética, o la ignoran, han engendrado los seres fantásticos, o son su presa. El fantasma más terrible, sin apariencia, sin forma, que encuentra Peer Gynt y que es concebido bajo un número infinito de formas imaginarias inmediatamente hechas realidad, responde cuando el héroe de Ibsen le pregunta su nombre: "Me llamo Yo mismo".
Vemos muy claramente que en el período que atravesamos estamos sometidos a los fantasmas de la herencia y de la literatura extrema. Porque nuestra voluntad ya no sabe ocuparse de las cosas exteriores, ni proyectar los seres que nacen en nosotros. Los poetas ven pasar la acción y la lamentan, pero no actúan. El príncipe Florimond veía huir el carruaje en el que se oxidaban sus espadas; la Bella Durmiente del Bosque dormita bajo cunas de espinas nueve veces entrelazadas; el buzo ve pasar tras las paredes de su campana de vidrio, templada por la vida ambiente, los péndulos vivos del mar. Y Florimond permanece prisionero de las flores victoriosas; y los setos de espinos impiden a la Bella estirar su mano; y el vidrio de los cálidos invernaderos y de las campanas detiene en un vaho el aliento de aquellos que quisieran galopar por el bosque o agitar las olas. Y el señor Maurice Maeterlinck nos dice: "Hubiera querido actuar -pero para qué-, la muerte está allí, de repente, aniquilando la actividad. Observad, está entre los ciegos, en esta isla de la vida, rodeada por el mar desconocido y creciente al que llegaron desde extraños países; y cuando la acción humana se ha ido -nosotros ya no volvemos- en la nave de guerra, la intrusa ha llegado en medio de siete princesas. ¡Tened piedad de nosotros! Porque la muerte está cerca y no nos atrevemos a extender la mano por miedo a tocarla."
3.
Imaginemos entonces un ser cuyo cerebro sea atormentado por fantasmas que tengan una tendencia a la realidad, como las imágenes tienen una tendencia alucinatoria, y que, al mismo tiempo, aún no cuente con la voluntad necesaria para actuar o para proyectar sus fantasmas tras haber luchado contra ellos. Pienso que ese ser no es extraño y que representa incluso un momento de la evolución intelectual de muchos artistas de nuestro tiempo. La inteligencia y la estética interior se forman mucho antes que la voluntad. Para producir una obra de arte es necesario que la voluntad haya alcanzado su desarrollo. Las creaciones o los fantasmas del artista, puesto que éste aún no puede vislumbrarlos estéticamente, se interpondrán antes entre él y la sociedad, lo aislarán del mundo, o él los introducirá en el universo, como Don Quijote, que no posee ninguna otra locura que ésta.
(...)
La literatura hizo nacer seres terribles en las cámaras secretas de su corazón y de su cerebro. Pero él se convirtió en poeta; y en este libro tuvo conciencia de sí mismo.
Marcel Schwob
Artículo publicado en 1892 en el Mercure de France a propósito de L´Éconifleur, de Jules Renard.
29.1.10
27.1.10

Fotograma de la película Stalker, 1979. Andrey Tarkovski.
Pensé entonces que una excesiva simplificación formal corría el riesgo de aparecer como preciosista o amanerada. Fue para evitarlo que traté de eliminar todo vestigio de vaguedad o insinuación en las tomas; esto es, todos aquellos elementos que normalmente se ven como signos de una "atmósfera poética". Es siempre muy laborioso crear ese tipo de atmósferas; yo estaba, sin embargo, convencido de la validez de un acercamiento opuesto: debía desinteresarme completamente de ese tipo de atmósferas, ya que es algo que surge naturalmente de la idea central y del modo en que el autor lleva acabo su propia concepción. Y mientras con más precisión formule la idea central y con mayor claridad me defina a mí mismo el significado de la acción, más significativa será la atmósfera que se genere. Todo comenzará a reverberar en respuesta a la nota dominante: los objetos, el paisaje, la entonación de los actores. Todo se interrelacionará y será necesario. Una cosa hará eco a otra en una especie de intercambio general, y una atmósfera nacerá como resultado de toda esa concentración en aquello que es más importante. (La idea de crear por crear una atmósfera, me es del todo extraña. Es por eso, por lo demás, que nunca me he sentido a mis anchas frente a la pintura de los impresionistas, cuyo objetivo era el atrapar el instante por el instante mismo, el transmitir lo instantáneo, lo cual en arte puede ser un medio, pero nunca un fin.) Creo que por lo mismo en Stalker, que fue donde más me concentré exclusivamnete en lo esencial, es en donde la atmósfera resultante fue más eficaz, y emocionalmente más atrayente, que en ninguna de las películas que había hecho con anterioridad.
¿Cuál entonces es el tema principal en Stalker? En términos muy generales es el tema de la dignidad humana; de aquello que significa la dignidad, y de cómo un hombre sufre cuando carece de respeto por sí mismo.
Hay que recordar que cuando los personajes de la película inician un viaje a la Zona, tienen como destino un cierto cuarto en donde, según se nos dice, se concederá a cada quién su más profundo deseo, y que mientras el Escritor y el Científico van, guiados por Stalker, en su azaroso camino a través de la extraña llanura de la Zona, su guía les cuenta una historia verdadera, o una leyenda, acerca de la existencia de otro Stalker, apodado Dikoóbraz, (traducción: Apariencia, imagen salvaje) el cual había acudido al lugar secreto para pedir que su hermano, al cual habían matado por causa suya, sea resucitado. Cuando Dikoóbraz regresó a casa descubrió, sin embargo, que se había vuelto inmensamente rico: la Zona, pues, le había concedido el que en realidad era su más profundo deseo, y no aquel que él creía creer que lo era realmente. Y Dikoóbraz había terminado por ahorcarse.
Cuando finalmente llegan a su destino, han pasado por muchas cosas: han pensado acerca de sí mismos, se han evaluado a sí mismos, y no tiene el valor de cruzar la puerta del cuarto, por llegar al cual han arriesgado sus vidas. Se han hecho conscientes de que al nivel más profundo, y más trágico, de la conciencia, eran imperfectos. Habían tenido el valor de verse a sí mismos y habían quedado horrorizados; al final, sin embargo, no tienen el valor de creer en sí.
La llegada de la esposa de Stalker al café en que el Escritor y el Científico están reponiéndose, los enfrenta a un fenómeno enigmático y, para ellos, incomprensible. Frente a ellos está esta mujer que ha pasado miserias inenarrables a causa de su marido y que le ha dado a luz un hijo enfermo, y sigue sin embargo amándolo con la misma devoción desinteresada e irreflexiva de cuando era joven. Su amor y su devoción constituyen ese milagro final que se puede poner a la falta de fe, al cinismo y al vacío moral que envenenan al mundo contemporáneo y de lo cual tanto el Escritor como el Científico son víctimas.
Fue quizá en Stalker que sentí por primera vez la necesidad de señalar con toda claridad y sin equívocos el supremo valor gracias al cual, por decirlo así, vive el hombre y hace que su alma no fallezca.
(...)
A menudo se me ha preguntado qué es la zona y qué simboliza, y se han propuesto muy extrañas conjeturas al respecto. No he podido sino enfurecerme y desesperarme ante tales preguntas. La Zona no simboliza nada, del mismo modo que nada simboliza alguna otra cosa en mis películas: la Zona es la Zona, es la vida, y por el hecho de atravesarla, un hombre puede hundirse o salir con bien. Si lo logra o no, depende de su propia autoestima y de su capacidad para distinguir entre lo que importa y lo que es solamente pasajero.
Andrey Tarkovski
Esculpir el tiempo
29.10.09
Uno no puede, por ejemplo, unir el tiempo real al tiempo conceptual -del mismo modo que uno no puede unir tubos de diferente diámetro. Se podría llamar "presión del tiempo" a la consistencia del tiempo que fluye a través de cada toma, a su intensidad o "flojedad"; la edición, entonces, puede verse como la unión de los fragmentos de acuerdo a la presión de tiempo inherente en ellos. El mantener la presión operativa, o impulso, unificará el impacto de las diferentes tomas.
¿Cómo es que el tiempo se hace sentir en una toma? Se hace tangible cuando uno siente que algo importante y verdadero está ocurriendo más allá de lo que pasa en la pantalla; cuando uno conscientemente se da cuenta de lo que ve en el cuadro, no se limita a su descripción visual, sino de que es una señal a algo que va más allá del cuadro y hacia el infinito: una señal hacia la vida.
Andrey Tarkovski
Esculpir el tiempo
¿Cómo es que el tiempo se hace sentir en una toma? Se hace tangible cuando uno siente que algo importante y verdadero está ocurriendo más allá de lo que pasa en la pantalla; cuando uno conscientemente se da cuenta de lo que ve en el cuadro, no se limita a su descripción visual, sino de que es una señal a algo que va más allá del cuadro y hacia el infinito: una señal hacia la vida.
Andrey Tarkovski
Esculpir el tiempo

Si uno ve el retrato de Leonardo, Ginevra de´ Benci, el cual usamos en El espejo en la escena del breve encuentro del padre con sus hijos cuando éste regresa a casa con licencia, hay dos cosas que llaman la atención en las imágenes de Leonardo: la primera es su sorprendente capacidad para examinar el objeto desde fuera, desde atrás, observando por encima del mundo -una característica de artistas como Balzac o Tolstoi-; la segunda es el hecho de que el cuadro nos afecta simultáneamente en dos modos opuestos. No es posible decir cuál es la impresión que uno de sus retratos causa finalmente en nosotros; tampoco es siquiera posible el decir tajantemente si a uno le gusta o no la mujer, si es atractiva o repelente: ella es, a la vez, atractiva y repelente. Hay algo inefablemente bello en ella, que es al mismo tiempo repulsivo, diabólico, y cuando digo "diabólico", no me refiero de ninguna manera al sentido romántico y seductor de la palabra, sino, más bien, a algo que está más allá del bien y del mal. El encanto tiene un signo negativo; tiene un elemento de degeneración -y de belleza. En El espejo necesitábamos el retrato para introducir un elemento eterno en aquellos momentos que transcurren frente a nuestros ojos y, al mismo tiempo, para yuxtaponer al retrato y la heroína para enfatizar, en ella y en la actriz, Margarita Terejova, esa misma capacidad para encantar y, al mismo tiempo, repeler.
Si uno trata de analizar el retrato de Leonardo separando cada uno de sus componentes, esto no funciona, de ningún modo explica nada, ya que el efecto emocional ejercido en nosotros por la mujer del retrato es importante precisamente porque es imposible encontrar en ella algo que definitivamente prefiramos; porque nos es imposible separar, preferir, a partir del todo, un único detalle, una impresión momentánea, para hacerla nuestra y lograr un equilibrio en el modo en que vemos la imagen que se nos presenta. Y así, se abre ante nosotros la posibilidad de una interacción con el infinito... hacia el cual nuestra razón y nuestros sentimientos se remontan con una prisa alegre y excitante.
La perfección de la imagen es lo que despierta en nosotros tal sentimiento; por el mismo hecho de que nos es imposible desmembrarla, por ese mismo hecho nos afecta: aislado, cada componente moriría o, quizá, reducido a sus más mínimos elementos, desplegaría las mismas características que la obra completa y terminada, y estas características se producen por la interacción de principios opuestos, cuyo sentido, como en los vasos comunicantes, se vierten uno en el otro: al rostro de la mujer pintada por Leonardo, lo anima una idea exaltada y, al mismo tiempo, ella aparece pérfida y sujeta a las más bajas pasiones. Nos es posible ver un montón de cosas en el retrato, y al intentar captar su esencia vagamos a través de laberintos interminables sin encontrar una salida. Al darnos cuenta de que no podemos ver su fin, obtenemos un profundo placer. Una verdadera imagen artística da al espectador una experiencia simultánea de los más complejos y contradictorios -algunas veces mutuamente excluyentes- sentimientos.
No es posible captar el momento en el que lo positivo se convierte en su opuesto, o cuando lo negativo comienza a acercarse a lo positivo. El infinito está hermanado, es inherente a la estructura misma de la imagen.
Andrey Tarkovski
Esculpir el tiempo
26.9.09
24.5.09
(...)
Normalmente lo poético del recuerdo se destruye al confrontarlo con lo que le dio origen.
Se me ocurrió entonces que a partir de estas propiedades de la memoria, se podía desarrollar un nuevo principio de trabajo, a partir del cual podría hacerse una película extraordinariamente interesante. Externamente el tejido de los incidentes, de la conducta y las acciones del personaje, se vería perturbado. Sería la historia de sus pensamientos, sus recuerdos y sus sueños; y entonces, aun sin que éste apareciera -por lo menos en el sentido aceptado del cine escrito tradicionalmente-, sería posible lograr algo altamente significativo: la expresión, el retrato, de la personalidad individual del personaje y la revelación de su mundo interior. Hay, en algún punto, el eco de la imagen lírica de los personajes tal y como son conformados en la literatura, y desde luego en la poesía; no están fisicamente presentes, pero lo que piensan, cómo lo piensan y aquello sobre lo que piensan, crean una imagen gráfica y claramente definida de los mismos. Con el tiempo esto se convirtió en el punto de partida de El espejo.
Andrey Tarkovski.
Esculpir el tiempo.
Normalmente lo poético del recuerdo se destruye al confrontarlo con lo que le dio origen.
Se me ocurrió entonces que a partir de estas propiedades de la memoria, se podía desarrollar un nuevo principio de trabajo, a partir del cual podría hacerse una película extraordinariamente interesante. Externamente el tejido de los incidentes, de la conducta y las acciones del personaje, se vería perturbado. Sería la historia de sus pensamientos, sus recuerdos y sus sueños; y entonces, aun sin que éste apareciera -por lo menos en el sentido aceptado del cine escrito tradicionalmente-, sería posible lograr algo altamente significativo: la expresión, el retrato, de la personalidad individual del personaje y la revelación de su mundo interior. Hay, en algún punto, el eco de la imagen lírica de los personajes tal y como son conformados en la literatura, y desde luego en la poesía; no están fisicamente presentes, pero lo que piensan, cómo lo piensan y aquello sobre lo que piensan, crean una imagen gráfica y claramente definida de los mismos. Con el tiempo esto se convirtió en el punto de partida de El espejo.
Andrey Tarkovski.
Esculpir el tiempo.
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