La melodía es un clima, un estado, un puente, un ala, una estela de frecuencias, una sucesión de sonidos, una combinación de notas, una frase que, pensaron, ayuda a definir lo que no se alcanzaba a decir con las palabras. Se comporta como la cuerda del arco, cuando, una vez liberada de la flecha, adquiere todo su sentido: es vibración transmutada en significado. Melodía: mélos, "miembro", y aeído, "cantar", es decir, miembro musical; el que canta.
Cantar es unir, desocultar lo que sucede a nuestro alrededor, convertirse en sonido para probar hasta qué punto podemos comprender lo que no nos habla. Lo callado. El canto es acercarse a lo silenciado y dar sentido a aquello que la razón niega.
La melodía, el canto, pero también la disonancia como elemento emotivo de ese cantar. (...) A esta "cosa descuidada" los italianos la llamaron sprezzatura, que es el descuido del que hablaban los pintores y poetas españoles, esa provocada y necesaria imperfección que Baltasar Gracián denominó venial feliz.
La disonancia es un poner en alerta a quien escucha, una tensión que desdibuja los paisajes del Paraíso. Es la refutación de un existir sublimado.
No todos estaban dispuestos a aceptar la pérdida del Paraíso, a ser expulsados de él. Quienes procedían de la polifonía más elevada, quienes tenían en las generaciones de Ockeghem y Desprez un modelo, una forma de verdad–cosa no descabellada a tenor de los prodigios que aquellos compositores eran capaces de crear–, no podían admitir, o quizá mejor habría que decir "entender", un arte como el monódico. Les parecía endeble, no hallaban argumento para justificar unas disonancias hasta entonces–y en sentido literal–in-auditas y unas melodías que, a su entender, respondían a un artificio de la banalidad. No querían ser desposeídos de la resonancia de aquel Clama, ne cesses de Josquin que rebotaba traslúcido en las crucerías del norte de Italia.
La música renacentista no puede concebirse sin la filosofía que generó una idea, hasta entonces un tanto difusa y en cuya cristalización se implicaron pensadores como el mencionado Ficino, Piccolomini, Pico della Mirandola y Pomponazzi, pero también, fuera de Italia, Erasmo y Vives, y años después Montaigne, entre muchos otros: esta idea no es otra que la conformación del individuo moderno concebido ya como finalidad, como un cometido, dueño de su devenir.
Esta forma individualista y radicalmente subjetiva de pensar la existencia se desvinculó, casi de manera tácita, de un mundo entendido como abstracción para convertirse, por decirlo de algún modo, y en términos musicales, en la concreción de una melodía de dibujo muy definido. Una melodía capaz de narrar y describir la nueva visión del compositor, pero también del oyente. La Modernidad no es otra cosa que el nacimiento de este centro llamado individuo, cuya conciencia se siente construida, que es lo mismo que decir culminada. Es alguien facultado para entrar de manera formal en la Historia y saber qué significa adentrarse en este término, del de historein, que no indica otra cosa que "inquirir", y eso es lo que hacían los antiguos viajeros griegos–es el caso de Heredoto–cuando llegaban a una tierra lejana y pedían a los nativos el relato de su pasado y de sus costumbres. Era un medio de conocer. Si trasladamos la cuestión, veremos que la cuestión, veremos que la Historia moderna comienza cuando empezamos a preguntarnos por nosotros mismos, por nuestro sentido en el mundo y el acontecer en él.
No es una coincidencia que en los días iniciales del Renacimiento se elaboraran, como un género común, los primeros retratos y, todavía más reveladora, la frecuencia de los autorretratos. Esto debe servirnos, por más que parezca un detalle menor, para reconocer en la música un proceso, a veces radical, de introspección, de reflexión sobre uno mismo. Al fin y al cabo, retrato procede de retractus, "hacer que algo vuelva atrás", que retroceda; su fundamento es revisar el pasado, el pasado personal, lo que uno ha sido, exponerlo de nuevo, revivirlo, plasmarlo, tenerse por un camino, concebirse como biografía.
La literatura, el arte, la música, pero también las formas de distribución de la casa, con un nuevo sentido de espacio que buscaba pequeñas estancias reservadas a la intimidad de la lectura y la conversación, a escuchar recogidamente un arpa o una espineta, nos hablan de esta necesidad de retirarse y pensar, de reflexionar en el verdadero conflicto de quien despierta a una época y a una nueva conciencia perfilada por un orden subjetivo, autorreferencial. Pero ¿de qué conflicto se trata? No es otro que la colisión entre el mundo exterior y el interior, dos planos, dos dimensiones cada vez más irreconocibles. Ésta es una seña de identidad prolongada en nuestros días, un motivo de nuestro malestar y de nuestras cavilaciones. La música habrá cambiado incluso su direccionalidad: en las partituras pasará de una lectura horizontal, propia de la polifonía (habitaciones abiertas) a una vertical (habitaciones de intimidad), protagonizada por una línea melódica y por el acompañamiento armónico de un bajo coninuo, de ahí que el nuevo estilo se defina como el periodo de la melodía o monodía acompañada (monodia accompagnata). Así da comienzo el Barroco, de este modo principia un arte que musicalmente se ha pensado a sí mismo como ondulación y discurso verbal, puro significado, individualidad, fallida lógica aristotélica porque nada permanece ya en reposo. Lo barroco, por esencia, deviene.
(...)
Aquel que por primera vez oye una voz, aunque le resulte desconocida, la reconoce. Lleva en sí la fuerza del pasado, la familiaridad de cuanto es anterior a uno mismo. La voz se ha oído en mi ausencia, en lo que no he sido y, en cambio, la represento y soy su continuidad. La voz rescata, enlaza, se hace identidad, primer y último lenguaje. Interioridad comunicada a través del sonido. Ella está, siempre, en consonancia con el origen; le es dado hacer inteligibles las cosas, colmarlas. Necesita escucharla, sobre todo, el que se siente solo y espera a las puertas de un incierto tiempo que llamaremos Modernidad.
(...) maestros todos ellos de la devotio moderna de quienes aprendió que la armonía, antes que otra cosa, es lo esencial y simple, lo desnudo, lo apenas tejido, lo insinuado.
Esta diferencia es la que se constata en el tránsito de la polifonía a las partituras donde la melodía queda liberada y se vuelve abarcadora. El llamado madrigale rappresentativo, que adquirió una gran notoriedad a finales del siglo XVI, aun sin estar destinado a la escena deja ver una evidente voluntad dramática, la posibilidad de expresar un constante mudar del ánimo que responde a los afectos enfrentados, como si varios personajes dialogaran y uno de ellos se erigiera en el centro de la acción. Esto exige que sobre el pentagrama tengan lugar frecuentes cambios modales, contrastes dinámicos, ritmos ahora lentos, ahora rápidos, disonancias y un cromatismo pensado para recrear una fuerte tensión emocional. Esta capacidad de la música, su facilidad para encarnar las expresiones de ira y arrebato, sólo podía asumirla el stile concitato, el único que permitía, sin contención ni disimulo, dejar oír el grito y narra, cuando se ama, la inevitable caída del alma, por recurrir a la imagen bruniana.
(...)
La desnudez a costa de la pérdida de una pluralidad de voces, la decisión de la soledad como manera de música. Una estrategia que tiene algo de órfico, un querer buscar la armonía en el descenso, esto es, en los abismos solitarios del último mundo que pensamos.
(...)
Un verso bien pronunciado, una melodía ofrecida en su total nitidez, son el cristal limpio de una ventana que deja ver el campo; ninguna broza en los ojos, ningún impedimento.
(...)
El punto de fuga es la voz. (...) la realidad de un mundo que tiende hacia sus vértices. La armonía lo es precisamente porque, contraviniendo aquello que la tradición defiende, es ruptura, negación de lo estable. Plano secuencia, dinamismo de escena. (...) Abstraída y lejana, sigue preguntándose:
"dove, dov´è la fe´
che ´l traditorgiurò?"
Igual que surgida de la Prospettiva pratica de Ludovico Cigoli, la muchacha es perspectiva. Una geometría que canta; eso es (o podría ser) la música. Antes del alba, ya ha amanecido como miserella.
Ramón Andrés
Claudio Monteverdi
«Lamento della Ninfa»
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