En Los secretos de la madurez I, Hans Carossa escribe: "El hombre es la única criatura de la tierra que tiene la voluntad de mirar a otra en su interior". La voluntad de mirar el interior de las cosas hace que la vista se vuelva aguda, la vista se hace penetrante. Hace de la visión una violencia; halla la fractura, la grieta, el intersticio mediante el cual se puede violar el secreto de las cosas ocultas. A partir de esa voluntad de mirar dentro de las cosas, de mirar lo que no se ve, lo que no se debe ver, se forman extrañas ensoñaciones tensas, ensoñaciones que hacen fruncir el ceño. No se trata ya entonces de una curiosidad pasiva que espera los espectáculos sorprendentes, sino en verdad de una curiosidad agresiva, etimológicamente inspectora. Y he aquí la curiosidad del niño que destruye su juguete para ver lo que hay dentro de él. Si bien esa curiosidad de fractura es verdaderamente natural para el hombre, ¿no debemos sorprendernos, por decirlo sólo de paso, de que no sepamos darle al niño un juguete de profundidad, un juguete que retribuya realmente la curiosidad profunda? Hemos puesto salvado dentro del muñeco, y nos extraña que el niño, con su voluntad de anatomía, se limite a rasgar ropas. Sólo nos queda presente la necesidad de destruir y de romper, olvidando que las fuerzas psíquicas en acción pretenden abandonar los aspectos exteriores, para ver otra cosa, ver más allá, ver por dentro, en fin, librarnos de la pasividad de la visión. Tal como me hacía observar Françoise Dolto, el juguete de celuloide, juguete superficial, juguete de la falsa consistencia, priva seguramente al niño de muchos sueños psíquicamente útiles. Para ciertos niños ávidos de intereses, ávidos de realidad, esta psicoanalista, que conoce a los niños, recomendó precisamente juguetes sólidos y con peso. El juguete que cuenta con una estructura interna daría una salida normal al ojo inquisidor , a esa voluntad de la mirada que necesita las profundidades del objeto. Pero lo que la educación no sabe hacer, la imaginación lo lleva a cabo cueste lo que cueste. Más allá del panorama que se ofrece a la visión tranquila, la voluntad de mirar forma alianza con una imaginación inventiva que prevé una perspectiva de lo oculto, una perspectiva de las tinieblas interiores de la materia. Es esa voluntad de ver en el interior de todas las cosas la que da tantos valores a las imágenes materiales de la sustancia.
Gaston Bachelard
La tierra y las ensoñaciones del reposo
