Seguíamos adelante buscando, y en el espacio se apretaban los signos; en todos los mundos, cualquiera que tuviese la posibilidad ya no dejaba de marcar su trazo en el espacio de alguna manera, y nuestro mundo también, cada vez que me daba la vuelta lo encontraba más abarrotado, hasta el punto de que mundo y espacio parecía el uno espejo del otro, uno y otro minuciosamente historiados de jeroglíficos e ideogramas, cada uno de los cuales podía ser un signo o podía no serlo: una concreción calcárea en el basalto, una cresta levantada por el viento en la arena cuajada del desierto, la disposición de los ojos en las plumas del pavo real (poco a poco vivir entre los signos me había llevado a ver como signos las innumerables cosas que antes estaban allí sin indicar más que su propia presencia, las había transformado en el signo de sí mismas y las había sumado a la serie de signos hechos adrede por quien quería hacer un signo), las marcas del fuego contra una pared de roca esquistosa, la cuatrocentésima vigésimo séptima acanaladura -algo torcida- de la cornisa del frontón de un mausoleo, una secuencia de rayas en un vídeo durante una tormenta magnética (la serie de signos se multiplicaban en la serie de los signos de signos, de signos repetidos innumerables veces siempre iguales y siempre de alguna forma diferentes porque al signo hecho adrede se añadía el signo caído allí por casualidad), la pata mal pintada de la letra R, que en un ejemplar de un periódico de la tarde chocaba con una rebaba del papel, uno entre los ochocientos mil desconchones de un muro alquitranado en una crujía de los muelles de Melbourne, la curva de una estadística, un frenazo en el asfalto, un cromosoma... De vez en cuando, un sobresalto: ¡Es ése! Y durante un segundo estaba seguro de haber vuelto a encontrar mi signo, en la Tierra o en el espacio no había diferencia, porque a través de los signos se había establecido una continuidad sin un claro límite.
En el universo ya no había un continente ni un contenido, sino sólo un espesor general de signos superpuestos y aglomerados que ocupaba todo el volumen del espacio, era una salpicadura continua, menudísima, un retículo de líneas y arañazos y relieves e incisiones, el universo estaba garabateado por todos lados, a lo largo de todas sus dimensiones. Ya no había manera de fijar un punto de referencia: la Galaxia seguía dando vueltas pero yo ya no podía contarlas; cualquier punto podía ser el de partida, cualquier signo montado en los demás podía ser el mío, pero descubrirlo no habría servido de nada, hasta tal punto estaba claro que independientemente de los signos el espacio no existía y quizá nunca había existido.
Italo Calvino
Un signo en el espacio. Todas las cosmicómicas
