3.9.09


Debemos mirar toda la vida con ojos de niño.

Lo propio del artista es crear; donde no hay creación no existe arte. Pero nos equivocaríamos si atribuyéramos este poder creador a un don innato. En materia de arte, el auténtico creador no es únicamente un ser dotado sino un hombre que ha sabido ordenar todo un conjunto de actividades cuyo resultado es la obra de arte. Es así como para el artista la creación comienza en la visión. Ver es ya una operación creadora y que exige un esfuerzo. Todo lo que vemos en la vida diaria sufre en mayor o menor grado la deformación que engendran las costumbres adquiridas. Este hecho es quizá más evidente en una época como la nuestra en la que el cine, la publicidad y los grandes almacenes nos imponen cotidianamente un caudal de imágenes hechas que equivalen en el terreno de la visión a lo que es el prejuicio en el orden de la inteligencia. El esfuerzo necesario para desembarazarse de ellas exige mucho valor; y este valor es indispensable al artista que debe ver todas las cosas como si las viera por primera vez: es necesario ver siempre como cuando éramos niños; la pérdida de esta posibilidad coarta la de expresarse de manera original, es decir, personal.
Para tomar un ejemplo, creo que nada resulta tan difícil a un verdadero pintor como pintar una rosa, ya que para hacerlo debe olvidar todas las rosas pintadas. A los visitantes que acudían a verme a Vence les hacía a menudo la siguiente pregunta: "¿Han visto ustedes los acantos sobre el talud que bordea la carretera?" Nadie los había visto; todos hubieran reconocido la hoja en un capitel corintio; sin embargo, al natural, el recuerdo del capitel les impedía ver el acanto. El primer paso hacia la creaciónconsiste en ver cada cosa en su entorno real y esto supone un esfuerzo continuo.
Crear es expresar lo que uno lleva dentro de sí mismo. Todo esfuerzo de creación auténtico tiene lugar en nuestro interior. Pero también es necesario alimentar ese sentimiento con la ayuda de los elementos extraídos del mundo exterior. Aquí es donde interviene el trabajo por el cual el artista incorpora, asimila a él poco a poco el mundo exterior, hasta el momento en que el objeto que está dibujando se convierte en parte de sí mismo, hasta el momento en que lo posee totalmente y lo puede proyectar sobre la tela como su propia creación.
Siempre que pinto un retrato realizo antes muchos ensayos y cada vez es un retrato diferente el que va apareciendo ante mí. No es simplemente una correción del primero sino otro retrato completamente nuevo; y cada vez es un ser diferente el que extraigo de una misma personalidad. A menudo, con el fin de agotar todas las posibilidades de mis ensayos, me inspiro en fotografías de una misma persona en edades diferentes: el retrato definitivo puede muy bien representarla más joven o bajo un aspecto distinto al que ofrece en el momento en que posa, quizá porque ese aspecto me ha parecido más verdadero, más revelador de su personalidad real.
La obra de arte es, pues, el resultado de un largo trabajo de elaboración. El artista extrae de su alrededor todo aquello capaz de alimentar su visión interior, ya sea directamente, cuando el objeto que dibuja debe figurar en su composición, o bien por analogía. Esta disposicón de ánimo le permite entrar en un estado creativo. Se enriquece interiormente con todas las formas de las que se declara dueño, y que ordenará algún día al compás de un ritmo nuevo.
Es en la expresión de este ritmo donde la actividad del artista será realmente creativa; pero para llegar a ella, deberá tender a la renuncia más que a la acumulación de detalles; en el dibujo, por ejemplo, deberá elegir, entre todas las combinaciones posibles, la línea que se revelará plenamente expresiva y portadora de vida; deberá también descubrir las equivalencias por las cuales los elementos de la naturaleza se encuentran traspuestos en el ámbito propio del arte. En Naturaleza muerta con magnolia represente por medio del rojo una mesa de mármol verde; además, tuve que introducir una mancha negra para evocar la reverberación del sol sobre el mar; todas estas trasposiciones no eran en absoluto efecto del azar o de cualquier otra fantasía, sino por el contrario el resultado de una serie de investigaciones por las cuales descubrí que estos tonos eran imprescindibles, dada su relación con el resto de la composición, para conseguir la impresión deseada. Los colores y las líneas constituyen fuerzas, y en el juego de estas fuerzas, en su equilibrio, reside el secreto de la creación.
En la capilla de Vence, que representa la culminación de mis búsquedas anteriores, intenté lograr ese equilibrio de fuerzas; los azules, los verdes y los amarillos de las vidrieras forman en el interior una luz que no es, propiamente hablando, la de ninguno de los colores empleados, sino el vivo producto de su armonía, de sus relaciones recíprocas; esta luz-color estaba destinada a actuar sobre el panel blanco, decorado en negro, del muro situado enfrente de las vidrieras y sobre el cual las líneas han sido voluntariamente muy espaciadas. El contraste me permite dar a la luz todo su calor vital, convertirla en el elemento esencial, aquel que caldea, da calor y anima el conjunto en el cual es importante ofrecer la impresión de espacio ilimitado a pesar de sus dimensiones reducidas. En toda la capilla no hay ni una sola línea, un solo detalle que no concurra a dar esta impresión.
Este es el sentido, creo, en que se puede decir que el arte imita a la naturaleza: por el carácter vital que un trabajo creativo confiere a la obra de arte. De esta manera la obra nos parece igualmente fecunda y dotada de la misma palpitación interior, de la misma belleza resplandeciente que poseen las obras de la naturaleza. Para ello es necesario un amor muy grande, capaz de inspirar y mantener este esfuerzo continuado hacia la verdad, esta generosidad y esta renuncia profunda que implican la génesis de cualquier obra de arte. Porque ¿no es el amor el origen de toda creación?


Henri Matisse.
Declaraciones recogidas por Régine Pernoud, Le Courrier de l`UNESCO, octubre de 1953.