En efecto, los pequeños copos silenciosos caían ya más abundantemente.
Hans Castorp avanzó para recoger algunos sobre la manga de la chaqueta, y como naturalista aficionado los contempló con ojos espertos. Parecían minúsculos trocitos informes, pero había tenido otros semejantes bajo su excelente lupa y sabía perfectamente de qué preciosos y precisos joyeles se componían: estrellas y diamantes como el joyero más experto no hubiera podido conseguir. Aquel ligero polvo blanco que pesaba en masas sobre el bosque, cubría su extensión y por encima del cual pasaban sus exquíes, era, a la verdad, muy diferente de la arena en que hacía pensar. Se sabía, en efecto, que no se componía de granitos de piedra, sino de miríadas de partículas de agua, concentradas en una multitud uniforme y cristalina, parcelas de la sustancia inorgánica que hacía surgir el plasma vital, el cuerpo de las plantas y del hombre, y entre esas miríadas de estrellas mágicas, en su impenetrable esplendor sagrado, invisible, y en modo alguno destinado a la mirada humana, ninguna era semejante a la otra. Un ardor infinito de inventor en la transformación y el desarrollo refinado de un solo y mismo tema fundamental, del hexágono de lados y ángulos, reinaba allí, pero, en ellos mismos, cada uno de esos fríos productos era de una uniformidad absoluta y de una regularidad glacial, y precisamente en esto estaba lo inquietante, lo antiorgánico y lo hosti la la vida. Eran demasiado regulares, la sustancia organizada no llegaba jamás a semejante grado, la vida repugnaba una precisión tan exacta que juzgaba mortal, era el misterio mismo de la muerte, y Hans Castorp creía comprender por qué las construcciones de los tiempos de la antigüedad habían expresamente y en secreto, previsto ciertas infracciones a la simetría en la disposición de sus columnas.
Thomas Mann
La montaña mágica
