26.11.09


Foto: Wolfgang Wisenburg. Descriptio Palestinae Nova (Frag.) 1538.




Ten paciencia

Estás en Tierra Santa. Has visitado los lugares santos de Jerusalén, pero, para emocionarte un poco (porque te sentías en la obligación de hacerlo), has tenido que representarte lo que allí había ocurrido, y has tenido que ir a los textos y recurrir mucho a la imaginación. Nada que te alcanzara a tu alma directamente. Paseabas por la Via Dolorosa y te sentías ajeno a esos grupos que la ascienden portando cruces y parándose a rezar en cada estación. La Iglesia del Santo Sepulcro te pareció como cualquier otra iglesia medieval de las muchas que habías visto en Europa; si acaso, más sucia y más abandonada y más caótica. Alguna iglesia más pequeña, al menos, sí te llamó la atención, pero sólo eso. Y te gustaron las cuatro sinagogas sefarditas, pero sólo eso. El Muro Occidental y la Cúpula Dorada aparecían ante ti como ante los ojos del más extraviado de los turistas, que ha venido sólo porque la gente viene a estos sitios. ¿Dónde la santidad en todo ello, la santidad de las iglesias, del Muro, de la Mezquita? Si, la ciudad tenía el no sé qué, pero no precisamente en sus monumentos religiosos. Tenía también mucho de soledad y de tristeza, y de vacío. Quizá era tu culpa, porque el alma debe prepararse un poco para estas cosas, y no decir estoy aquí y el aquí me lo va a dar todo. Pero un buen día, una de las personas más amables, sensibles y educadas que has conocido te lleva a una azotea de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la del Truman Institute. Te ha dicho que vale la pena subir hasta allí. Tú piensas que lo que te espera son unas hermosas vistas; y sí, pero no sólo eso. Abajo, la ladera del monte de los olivos. A tus pies, Jerusalén, porque es humilde y la colina que ocupa yace rodeada de colinas más altas. No te des aún la vuelta. Un poco más arriba, a la izquierda, el lugar exacto en el que Abraham despidió a su séquito y el camino que hizo ya a solas con Isaac, hasta lo que luego será la explanada del Templo. No. No te des aún la vuelta. Mira cómo asciende la Vía Dolorosa. Mira, va de esa puerta hasta la Iglesia del Santo Sepulcro, por esas calles de allá. No te vuelvas; espera un poco... ¿Ves ese punto? Toda la lluvia que cae de ese lado va al Mediterráneo. La que cae del otro al Jordán. Y miras otra vez Jerusalén, rodeada de verde, porque queda al lado del Mediterráneo. Ya puedes darte la vuelta. Y te vuelves, y aparece ante ti la deslumbrante nada, el desierto de Judea hasta el Mar Muerto y, más allá, la llanura de Moab; aparece la desolación absoluta, una tierra sin nada que desciende hacia la nada, y, de repente, entiendes el porqué de todo sin que nadie te diga nada y entiendes que de esa nada haya salido todo, y al fin te sientes en Tierra Santa.


Julio Martínez Mesanza