5.1.10

387.

Supongo que es por ser lo que se llama un decadente por lo que hay en mí, como definición externa de mi espíritu, esos débiles destellos tristes de una extrañeza postiza que incorporan en palabras inesperadas un alma ansiosa y malabar. Siento que soy así y que soy absurdo. Por eso busco, por una imitación de una hipótesis de los clásicos, representar al menos en una matemática expresiva las sensaciones decorativas de mi alma sustituida. A cierta altura de mi meditación escrita, ya no sé donde tengo el centro de atención -si en las sensaciones dispersas que procuro describir, como tapicerías desconocidas, si en las palabras con las que, queriendo describir la propia descripción, me embreño, me desencamino y veo otras cosas. Se me forman dentro de mí asociaciones de ideas, de imágenes, de palabras -todo lúcido y difuso-, y estoy diciendo tanto lo que siento como lo que supongo que siento, sin distinguir ni lo que el alma me sugiere de lo que las imágenes, que el alma fue dejando caer, van floreciéndome en el suelo, ni siquiera un sonido de palabra bárbara o un ritmo de frase intercalada no me apartan del asunto ya incierto, de la sensación ya aparcada, y me absuelven de tener que pensar y decir, como grandes viajes hechos para distraerse. Y todo esto, que, si lo repitiera, debería darme una sensación de futilidad, de fracaso, de sufrimiento, no consigue sino darme alas de oro. Siempre que hablo de imágenes, tal vez porque fuera a condenar su abuso, me nacen imágenes; siempre que me alzo desde mí mismo para rechazar lo que no siento, lo estoy sintiendo ya y el propio rechazo es una sensación con bordados; siempre que, perdida ya la fe en el esfuerzo, me quiero abandonar al extravío, un término clásico, un adjetivo espacial y sobrio, me hacen de repente, como una luz solar, ver clara frente a mí la página escrita durmiendo, y las letras de la tinta de mi pluma son un mapa absurdo de señales mágicas. Y me deposito como deposito la pluma, y trazo la capa de mi reclinarme sin nexo, lejano, intermedio y súcubo, final como un naúfrago ahogándose a la vida de islas maravillosas, que aquellos mismos mares dorados de violeta que en remotos lechos había soñado de verdad.


Fernando Pessoa
Libro del desasosiego