13.1.12


La familia de saltimbanquis, 1905. Pablo Picasso


Quinta elegía
(dedicada a la Sra. Hertha König)

Pero, ¿quiénes son ellos, dime, esos errantes, algo más
fugaces que nosotros mismos, a los que desde temprano
oprime y apremia una voluntad jamás satisfecha?;
¿por quién, por amor a quién? Ella los retuerce, los dobla,
los entrelaza y los sacude, los arroja y los recoge;
como desde un aire aceitoso y más resbaladizo
descienden ellos
a la alfombra carcomida y desgastada
por su eterno rebotar,
a esa alfombra perdida en el universo.
Extendida como un parche, como si el cielo del suburbio
le hubiera hecho daño ahí a la tierra.
                                                       Y apenas allí,
erguida y señalada: la gran letra inicial del estar ahí delante...
Pero también a los más fuertes de los hombres
los doblega otra vez y como en broma el zarpazo que siempre
  está llegando,
así como Augusto el Fuerte lo hacía sobre la mesa
sobre un plato de estaño.

  Ay, y en torno a ese centro,
la rosa del mirar florece y se deshoja.
Alrededor de este lugar, el pistilo,
tocado por el propio polen floreciente,
es otra vez fecundado hacia el fruto aparente del desgano,
de su desgano nunca consciente,
que brillando con la más tenue superficie,
aparenta un leve sonreír.
Y ahí, el viejo levantador de pesas marchito y arrugado,
que ya sólo toca el tambor,
encogido en su poderosa piel, como si ella hubiera
contenido antes a dos hombres y uno yaciera ya
en el cementerio y el otro lo sobreviviera,
sordo y a veces un poco confuso,
en su piel viuda.

Pero el joven, el hombre, como si fuera el hijo de una cerviz
y de una monja: macizo y vigoroso,
lleno de músculos y de simpleza.

Oh, vosotros,
a quienes una vez recibió como juguete
un sufrimiento que todavía era pequeño,
en una de sus largas convalecencias...

Tú, que con la caída,
como sólo la conocen las frutas, cien veces al día
te desprendes, inmaduro, desde el árbol del movimiento
construido en común (el que, más rápido que el agua
tiene en pocos minutos ya la primavera, el verano y el otoño)
y caes y rebotas en la tumba:
a veces, en mitad de la pausa, quiere surgir en ti
un semblante cariñoso hacia tu madre, raras veces tierna;
pero ese rostro tímido y apenas intentado
se pierde en tu cuerpo que lo desgasta y aplana...
Y de nuevo bate el hombre las manos para el salto y antes de
que alguna vez se te haga más patente un dolor
en las proximidades de ese corazón

que siempre está tronando, se le anticipa a su origen
el ardor de las plantas de los pies
con un par de lágrimas del cuerpo que veloces afluyen a
  tus ojos.
Y sin embargo, y a ciegas,
la sonrisa...

Ángel, oh tómala, recoge esa hierba medicinal de flor
  diminuta.
Construye un jarrón y ¡guárdala! Ponla entre aquellas alegrías
aún no abiertas a nosotros; en una hermosa urna alábala
con una inscripción florida y elocuente:
                                                           "Subrisio saltat" ( "La sonrisa danza")
  Entonces tú, graciosa,
tú, que has sido calladamente postergada
por las más gratas alegrías.
Tal ves en tu lugar
son felices los flecos de tu ropa,
o la seda verde metálica se siente infinitamente mimada
y plena sobre tus pechos jóvenes y henchidos.
Tú,
impasible fruta de mercado, colocada siempre de distinta
  manera
sobre las oscilantes balanzas del equilibrio,
entre los hombros, ante el público.

Dónde, oh dónde está el lugar -lo llevo en el corazón-
en el cual ellos estaban lejos de poder,
donde aún se desprendían unos de otros,
como animales
que se cubren sin estar bien apareados;
donde los pesos todavía son pesados
y los discos tambalean en sus varas
que se agitan en vano...

Y, de pronto, en ese fatigoso no estar en parte alguna,
el sitio inefable, donde la pura carencia
se transforma de modo incomprensible,
saltando de súbito hacia aquella abundancia vacía,
donde el cálculo de muchas cifras
se resuelve en cero.

Plazas, oh plazas de París, escenario infinito,
donde la modista, Madame Lamort,
anuda y retuerce los inquietos caminos de la tierra
y las cintas sin fin, inventando con ellas nuevos lazos,
volantes, flores, escarapelas, frutas artificiales
-todos teñidos falsamente- para los baratos
sombreros invernales del destino.

  ¡Ángel!: Habría una plaza que no conocemos y allí,
sobre una alfombra inefable, los amantes, que aquí
nunca llegan a lograrlo, mostrarían las altas
y atrevidas figuras de su impetuoso corazón,
sus torres hechas de placer y sus escaleras vibrantes,
hace tiempo ya apoyadas, donde jamás hubo suelo alguno,
la una en la otra solamente -y lo lograrían sin embargo-
ante los espectadores en torno, incontables muertos
  silenciosos:
¿arrojarían éstos, entonces, sus últimas monedas de la
  felicidad,
siempre ocultas, siempre ahorradas,
desconocidas para nosotros, pero eternamente válidas,
ante la pareja que, por fin, sonríe de verdad
sobre la alfombra tranquila?.

Riner Maria Rilke
Las Elegías de Duino