9.6.12


La mujer vestida de sol y el dragón. Apoc. XII. Beato de Fernando I y doña Sancha.


Y se detuvo sobre la arena del mar.

Apocalípsis. 12, 18.


Este trabajo es el fruto de un instante: el alba del viernes 16 de septiembre de 1955. La víspera, un poco después de la medianoche, "me encontraba en la isla llamada Patmos". Cuando comenzó a despuntar el día estaba en lo alto de la isla, en la Jora. El mar, inmóvil, como de metal, ataba las islas vecinas. No respiraba ni siquiera una hoja dentro de la luz cada vez más intensa. La tranquilidad era como una corteza sin hendedura alguna. Me quedé clavado por esa imposición; después sentí cómo murmuraba: "ven y mira..." Y así me dejé llevar de nuevo hacia sensaciones de otras épocas que la luz griega me había procurado; hacia ese negro aterrador que sentí con tanta intensidad detrás del azul, cuando en octubre de 1944 volví a mi patria. O el contagio de la violencia cuando los instrumentos de muerte en el cielo de Creta despedazaron los limoneros primaverales.

¡Y todo se volvió abismo!
Pero las Euménides acechaban de nuevo detrás del sol, tal como las imaginara Heráclito. Una máquina de autodestrucción estaba allí, en marcha, triturando cada buena voluntad y cada dedicación.
Al día siguiente, cuando tomé de nuevo el barco, me había hecho el propósito de intentar una transcripción del Apocalipsis de San Juan el teólogo.

Giórgos Seféris
Todo está lleno de dioses