12.1.13



Me parece muy razonable la creencia celta de que las almas de los que hemos perdido están cautivas en algún ser inferior, en un animal, en un vegetal, en un objeto inanimado, perdidas realmente para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que resulta que pasamos junto al árbol o entramos en posesión del objeto que constituye su cárcel. Entonces se estremecen, nos llaman, y tan pronto como las hemos reconocido, el encantamiento queda roto. Liberadas por nosotros, han vencido a la muerte y vuelven a vivir en nuestra compañía.
Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido que tratemos de evocarlo, inútiles todos los esfuerzos de nuestra inteligencia. Está oculto fuera de su dominio y de su alcance, en algún objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que ni siquiera sospechamos. Y ese objeto, depende del azar que lo encontremos antes de morir, o que no lo encontremos.
Hacía ya muchos años que, de Combray, cuando no fuera el teatro y el drama de acostarme había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Me negué al principio pero, no sé por qué, cambié de idea. Mandó a buscar uno de esos bollos cortos y rollizos llamados pequeñas magdalenas que parecen haber sido moldeados dentro de la valva acanalada de una vieira. Y acto seguido, maquinalmente, abrumado por aquella jornada sombría y la perspectiva de un triste día siguiente, me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improviso se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma forma que opera el amor, colmándome de una esencia preciosa; o mejor dicho, aquella esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde había podido venirme aquel gozo tan potente? Lo sentía unido al sabor del té y del bollo, pero lo superaba infinitamente, no debía de ser de igual naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde cogerlo? Bebo un segundo sorbo donde no encuentro más que el primero, un tercero que me aporta algo menos que el segundo. Es tiempo de parar, la virtud del brebaje parece disminuir. Es evidente que la verdad que busco no está en él, sino en mí. La ha despertado, pero no la conoce, y lo único que puedo hacer es repetir indefinidamente, cada vez con menos fuerza, ese mismo testimonio que no sé interpretar y que quisiera al menos poder pedirle otra vez y encontrar intacto, a mi disposición dentro de poco, para un esclarecimiento decisivo. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi espíritu. Es él quien debe hallar la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre cada vez que el espíritu se siente superado por sí mismo, cuando él, el buscador, es juntamente el país oscuro donde debe buscar y donde todo su bagaje no ha de servirle para nada. ¿Buscar? Más aún: crear. Está frente a algo que todavía no existe y a lo que sólo él puede dar realidad, y luego hacerlo entrar en su luz.
Y vuelvo a preguntarme cuál podía ser ese estado desconocido, que no aportaba ninguna prueba lógica sino la evidencia de su felicidad, de su realidad, ante la que las demás se desvanecen. Trataré de hacerlo reaparecer. Retrocedo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té. Encuentro el mismo estado, pero no una claridad nueva. Pido a mi espíritu un esfuerzo más, que haga volver de nuevo la sensación que huye. Y, para que nada quiebre el impulso con que otra vez ha de intentar captarla, aparto cualquier obstáculo, toda idea extraña, resguardo mis oídos y mi atención de los ruidos de la habitación contigua. Pero cuando siento mi espíritu extenuarse sin éxito, lo induzco por el contrario a distraerse, cosa que le negaba, a pensar en otra cosa, a rehacerse antes de una tentativa suprema. Luego, por segunda vez le hago el vacío delante, lo pongo frente al sabor todavía reciente de ese primer sorbo y siento estremecerse en mí algo que se desplaza, que quería elevarse, algo que se habría quedado sin ancla, a gran profundidad; no sé qué es, pero va subiendo despacio; noto la resistencia y percibo el rumor de las distancias que atraviesa.
Verdad es que, lo que así palpita en el fondo de mí mismo, debe de ser la imagen, el recuerdo visual que, unido a ese sabor, trata de seguirlo hasta mí. Pero lucha demasiado lejos, con demasiada confusión; apenas si logro percibir el reflejo neutro donde se confunde el imperceptible torbellino de los colores agitados; mas no alcanzo a distinguir la forma, a pedirle, único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero, el saboe, a suplicarle que me enseñe de qué circunstancia particular, de qué época del pasado se trata.
¿Llegará hasta la superficie de mi lúcida conciencia aquel recuerdo, aquel instante remoto que la atracción de un instante idéntico ha venido de tan lejos a solicitar, a conmover, a levantar en el fondo más profundo de mí mismo? No sé. Ahora no siento nada, se ha detenido, tal vez ha vuelto a bajar; quién sabe si volverá a ascender alguna vez de su noche… Diez veces tengo que volver a empezar, inclinarme hacia él. Y cada vez la cobardía que nos aparta de cualquier tarea difícil, de cualquier empresa importante, me indujo a dejarlo, a beber mi té pensando simplemente en mis sinsabores de hoy, en mis anhelos de mañana que se dejan rumiar sin esfuerzo.
Y de repente se me apareció el recuerdo. Aquel sabor era el del trocito de magdalena que me ofrecía los domingos por la mañana en Combray (porque los días festivos yo no salía antes de la misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto, mi tía Léonie después de haberlo mojado en su infusión de té o de tila. La vista de la pequeña magdalena no me había recordado nada antes de haberla probado; acaso porque, habiéndolas visto luego a menudo, sin comerlas, en los anaqueles de las pastelerías, su imagen había dejado aquellos días de Combray para unirse a otros más recientes; acaso porque de aquellos recuerdos abandonados tanto tiempo fuera de la memoria no sobrevivía nada, porque todo se había disgregado; las formas –incluida la de la pequeña vieira de pastelería, tan generosamente sensual bajo su plisado severo y devoto- habían sido abolidas, o, adormecidas, habían perdido la fuerza expansiva que les hubiese permitido alcanzar la conciencia. Mas, cuando nada subsiste de un pasado antiguo, tras la muerte de las criaturas, tras la destrucción de las cosas sólo el olor y el sabor, más frágiles pero más vividos que nunca, más inmateriales, más persistentes y más fieles, perduran todavía mucho tiempo, como almas, recordando, aguardando, esperando sobre las ruinas de todo lo demás, soportando sin doblegarse, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo.
Y en cuanto reconocí el sabor del trocito de magdalena mojado en la tila (aunque todavía no supiese y hubiera de dejar para mucho más tarde el descubrimiento de por qué me volvía tan feliz aquel recuerdo), al punto la vieja casa gris que daba a la calle, donde estaba su cuarto, vino como un decorado de teatro a aplicarse al pequeño pabellón, que daba al jardín, y que habían construido mis padres en la parte de atrás (aquel lienzo de pared truncado, lo único que yo había vuelto a ver hasta ese momento); y, junto con la casa, la ciudad, desde la mañana a la noche y en todo tiempo, la Plaza adonde me mandaban antes del almuerzo, las calles por donde iba para hacer algunos recados, los caminos que seguíamos si el tiempo era bueno. Y, del mismo modo que en ese juego con que los japoneses se divierten empapando en un bol de porcelana lleno de agua trocitos de papel hasta entonces indistintos y que, apenas sumergidos, se estiran, asumen contornos y colores, se diferencian volviéndose flores, casas, figuras consistentes y reconocibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann, y las ninfeas del Vivonne, y la buena gente del pueblo y sus pequeñas casitas y la iglesia y todo Combray y los campos de alrededor, todo eso que está tomando forma y solidez, ha salido, ciudad y jardines, de mi taza de té.

Marcel Proust
Por la parte de Swann. En busca del tiempo perdido.