26.8.09

Los mismos principios newtonianos que finiquitaron la evolución astronómica al proporcionar una explicación económica y plausible de las leyes de Kepler, también proporcionaron a la propia astronomía un gran número de técnicas de investigación nuevas y potentes. Por ejemplo, cuando las cuantitativamente perfeccionadas técnicas de observación telescópica mostraron que los planetas no obedecen con exactitud a las leyes enunciadas por Kepler, la física newtoniana permitió, en un primer momento, explicar las desviaciones menores de los planetas con respecto a sus órbitas elípticas fundamentales, posibilitando posteriormente la previsión de las mismas. Tal como ya había indicado newton en su elaboración de las leyes keplerianas, éstas sólo podían ser rigurosamente aplicadas bajo el supuesto de que la única fuerza atractiva sobre los planetas proviene del sol. Sin embargo, los planetas también se atraen unos a otros, en especial cuando se aproximan y cruzan, y esta atracción suplementaria es la que los desvía de su órbita fundamental y modifica sus velocidades. Las ampliaciones matemáticas a la obra de Newton durante el siglo XVIII permitieron a los astrónomos prever dichas desviaciones con una gran precisión, mientras que, durante el siglo XIX, la inversión de esta técnica predictiva fue la responsable de uno de los más grandes triunfos astronómicos. En 1846, Le Verrier en Francia y Adams en Inglaterra predijeron la existencia y la Orbita de un planeta hasta entonces desconocido, responsabilizándole de las irregularidades no explicadas que se observaban en la órbita de Urano. Dirigidos los telescopios hacia el cielo, no tardó en descubrirse el nuevo planeta -apenas visible- a menos de un grado de distancia de la posición prevista por la teoría newtoniana; se le asignó el nombre de Neptuno.
Podrían multiplicarse casi indefinidamente los ejemplos sobre la fecundidad de la teoría newtoniana en los dominios astronómicos. Pero no fue este el único campo científico afectado por la nueva teoría. Sólo a título de ejemplo y entre otros muchos, podemos considerar el efecto de la obra de Newton sobre la experimentación química durante el siglo XVIII. Aun en contra de su intención explícita, Newton llevó a la mayor parte de sus sucesores a creer que la gravedad y, por consiguiente, el peso eran propiedades intrínsecas a la materia. Se le asignaba así al peso un nuevo significado en el ámbito científico, convirtiéndose por primera vez en la historia en una inequívoca forma de medir la cantidad de materia, con lo que la balanza pasó a ser un instrumento fundamental en el estudio de la química. Sólo la balanza podía indicar a los químicos las cantidades de materia que intervenían en una reacción química. Los químicos habían creído desde la antigüedad que la cantidad de materia se conservaba durante una reacción química, aunque jamás existió una medición generalmente admitida de tales "cantidades de materia". En el contexto del pensamiento aristotélico, e incluso en el del cartesiano, el peso se consideraba, lo mismo que el color, la consistencia o la dureza, una característica secundaria de la materia, una característica que podía cambiar por un proceso de reacción química. Así pues, el concepto de peso como instrumento universalmente admitido para "equilibrar" reacciones químicas y determinar si se había ganado o perdido materia por una causa desconocida durante tales reacciones fue parcialmente derivado de la teoría newtoniana. Este nuevo instrumento fue una de las numerosas bases importantes en la revolución surgida en el pensamiento químico durante las últimas décadas del siglo XVIII en torno a los trabajos del francés Lavoisier.

(...)La idea de una tierra planetaria fue la primera ruptura con éxito frente a uno de los elementos constitutivos esenciales de la antigua visión del mundo. Aunque sus objetivos se limitaran a poner en marcha una reforma astronómica, tuvo destructoras consecuencias que sólo podían ser resueltas en un nuevo marco de pensamiento. Los elementos de este nuevo pensamiento no los proporconó Copérnico, su propia concepción del universo estaba mucho más cerca de la aristotélica que de la newtoniana. No obstante, los nuevos problemas y sugerencias derivados de su innovación constituyen los principales hitos en el desarrollo del nuevo universo suscitado por aquélla. La creación de una necesidad y la colaboración prestada para satisfacerla son las contribuciones de la revolución copernicana a la historia.
Con todo, sus contribuciones históricas no agotan el significado de esta revolución. La revolución copernicana también posee una enorme importancia como factor ilustrativo del continuado proceso cíclico que presenta la adquisición del conocimiento. Los últimos doscientos cincuenta años han probadp que la concepción del universo que emergió de la revolución copernicana era un instrumento intelectual mucho más potente que sus equivalentes aristotélico y ptolemaico. La cosmología científica desrrollada durante el siglo XVII y los conceptos de espacio, fuerza y materia inherentes a la misma explicaron con una precisión no soñada en la antigüedad tanto los movimientos celestes como los terrestres. Además, guiaron numerosos proyectos de investigación en extremo fecundos, descubriendo un cúmulo de fenómenos naturales previamente insospechados y revelando el orden existente en campos de la experiencia totalmente inabordables para espíritus formados en la antigua concepción del universo. Estos resultados son definitivos. Mientras sobreviva la tradición cultural de Occidente, los científicos podrán explicar los fenómenos elucidados por primera vez a través de los conceptos newtonianos, exactamente del mismo modo en que Newton consiguió explicar la más reducida lista de fenómenos previamente elucidados por Aristóteles y Ptolomeo. Así es como progresa la ciencia; cada nuevo esquema conceptual engloba los fenómenos explicados por sus predecesores y se añade a los mismos.
No obstante, aunque la obra de Copérnico y la de Newton tengan un valor permanente, no puede decirse lo mismo con respecto a las ideas que las hicieron posibles. Lo único que crece es la lista de fenómenos que necesitan ser explicados; las explicaciones en sí no conocen un proceso acumulativo análogo. A medida que progresa la ciencia, sus conceptos se ven repetidamente destruidos y reemplazados y en la actualidad los conceptos newtonianos no parece que vayan a constituir una excepción a la regla. Lo mismo que anteriormente había hecho el aristotelismo, la teoría newtoniana ha desarrollado -pero esta vez en el seno de la física- una serie de problemas y técnicas de investigación irreconciliables con la visión global del mundo que los ha engendrado. Desde hace medio siglo nos encontramos en el seno de la revolución conceptual resultante de cuanto acabamos de apuntar, y una vez más se ven modificadas las ideas que tenía el científico (aunque todavía no las delegó) sobre el espacio, la materia, la fuerza y la estructura del universo. Los conceptos newtonianos siguen usándose porque proporcionan un compendio económico de una ingente cantidad de información. Sin embargo, y cada vez de forma más acusada, la única razón que aboga en favor de su utilicación es la economía, del mismo modo en que el antiguo universo de las dos esferas sigue siendo empleado por el navegante o por el observador de estrellas. Son una inapreciable ayuda para la memoria, pero han dejado de ser una guía fiable en la búsqueda de lo desconocido.
Así pues, aunque más potente que sus predecesores, el universo newtoniano tampoco se revela como definitivo. Su historia, considerada como uno de los numerosos capítulos de la evolución del pensamiento humano, no difiere demasiado en cuanto a su estructura de la historia del universo geocéntrico destruído por Copérnico y Newton. Este libro es un capítulo dentro de una historia sin solución de continuidad.


Thomas Kuhn.
La revolución copernicana.