


El 15 de enero de 1968 un terremoto sacudió el valle del río Belice en el oeste de Sicilia, murieron más de mil personas y cerca de cien mil perdieron su hogar. Gibellina, con más de seis mil habitantes, fue una de las doce poblaciones totalmente destruidas. La nueva Gibellina no se reconstruyó sobre las ruinas de aquella ciudad abatida, fue levantada según un modelo de ciudad-jardín en un nuevo emplazamiento junto a una vía de tren y una autopista, en una llanura alejada veinte kilómetros de los restos del centro destruido por el sismo. En 1981, el artista Alberto Burri propuso una intervención en la ciudad devastada.
(...) Para Gibellina, Burri propuso un gran cretto blanco adaptado a la topografía del terreno, sobre parte de las ruinas de la vieja ciudad, otra solidificación de una masa en estado fluido. El Grande Cretto di Gibellina aparece así como una inmensa capa de cemento blanco que se despliega sobre el lado escarpado de la montaña, visible desde muy lejos, con sus ondulaciones y sus hendiduras.
El gran cretto reproduce en parte el trazado de las calles destruidas, a través de los recorridos la gente podía volver a la iglesia, a la plaza, a su propia casa. La obra constituye para sus habitantes un instrumento de mediación con el lugar, los acontecimientos y la memoria, al tiempo que congela en el tiempo una situación de inestabilidad. Algunas tardes, los viejos habitantes de la antigua Gibellina, superan su desarraigo visitando la ciudad perdida, representada en la solidificación cuarteada, como si fuera posible escapar a la historia. Los restos de la demolición no fueron eliminados, se preservaron en el interior de los bloques -cajas construidas con muros laterales de hormigón blanco encofrado con plástico y selladas con una capa de hormigón-, es un singular paisaje arqueológico discontinuo, compuesto por superficies blancas y alabeadas con los restos de los muros y cubiertas y los objetos personales: las posesiones materiales de una población trasladada como una ciuda invisible de Italo Calvino.
Ángel Martínez García-Posada
Sueños y polvo
