11.1.26

The Turin Horse (2011) - Opening Scene. Béla Tarr






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Lo destruido, la espera. 

Notas sobre el cine de Béla Tarr



Ritornello. Hay algo percutiente, repetitivo, giróvago en el cine de Béla Tarr. Es un efecto que a menudo abraza sus tramas, con una circularidad asfixiante y neurótica, y que se enfatiza, por ejemplo, en el tratamiento de audio, con esos ruidos que se reiteran –agua de grifo goteando, silbidos de las máquinas, golpeteos en la oscuridad, susurros de los elementos-; pero también con la música, como de alucinada verbena o pasacalles de ultramundo, ya sean notas mínimas, repetitivas, en un acordeón sonambúlico que siempre retorna, o ya en las creaciones del músico Mihály Vig. Esos ruidos percutientes baten en la conciencia desdichada de los protagonistas como un martillo abriendo grietas en un muro ya de por sí resquebrajado. 

Ritual. La cámara, efectivamente, se mueve. Y los actores, en el interior de ese curso obsesivo que el objetivo traza, se petrifican o congelan casi como estatuas de sal, como en un continuo, contenido acto ritual. El cine de Béla Tarr tiene algo del Mizoguchi de los 47 samuráis, de ese formalismo exacerbado, donde el tiempo languidece y los cuerpos se vuelven pesadas piedras silenciosas, como enormes planetas negros y cansados, melancólicos: constelación como de Saturno. Cargados con una densidad que les supera, criaturas parásitas en un elemento o medio que (ya) no es el suyo, los personajes, cuando hablan, lo poco que hablan, lo hacen como sibilas, en medio de su desvarío y oscuridad. En la escritura del cineasta húngaro es muy importante también el uso y sentido de la elipsis, para unificar uno tras otro los diversos bloques de duración en que todo filme de Tarr consiste; igual que el artificio sumo donde un blanco y negro muy contrastado contiende con las nieblas y los resoplidos del polvo y los rincones. Realismo trascendido, pues, en su raíz más terrena, en su entraña: hasta el onirismo o la visión. Metafísica entonces de –y desde- la materia extenuada, cuando lo agotado es, como en El caballo de Turín, el mundo todo.

Béla Tarr o la materialidad de las cosas, incluso de la luz. Y especialmente de los pequeños objetos, los más humildes enseres domésticos: cajas, puertas o arcones de madera, mesas y sillas, jarras de vidrio, pieles de patata, manteles y cuchillos, objetos de cocina… De las tareas más humildes y cotidianas: el roce de los zapatos sobre el suelo, las costumbres de aseo, todo tipo de protocolos sociales habituales elaborados con la mayor austeridad y simpleza. Las secuencias tienden a culminar, por ello, a menudo, en la figura del bodegón. Pues nada es más importante al cabo que las actividades meramente corporales, fisiológicas, del gesto atado a la tierra, la gravedad y la carne. La metafísica se hermana entonces con la infra-física, y la repetición o el formalismo extremo devienen, en definitiva, el entrenamiento consuetudinario de lo espiritual.

Apogeo del plano secuencia. En su seguimiento del andar, o simplemente del estar, la cámara que acompaña la caminata o la presencia del actor se vuelve pasoliniana. Elogio y práctica intensificada, morosa de la cámara-entre, la cámara como intervalo que circula con y entre los seres y las cosas: culminación del cine de poesía, del estilo indirecto libre según PPP [Pier Paolo Pasolini]. Cada plano secuencia supone la construcción y el seguimiento de un bloque de vida puro, un continuum que respeta la naturaleza de la duración en tanto que flujo donde las cosas, los hombres y los afectos se mezclan y gravitan al modo de un campo magnético problemático y fatal. Cada plano secuencia dibuja un microcosmos, formaliza o condensa un trozo de espacio-tiempo donde se concentra toda la presión cósmica. Donde se sostiene o circula la vida en medio y antes de su –segura- desintegración. Es este apogeo del plano secuencia y sus virtuales variaciones y matices, o saltos de detalle y visión dentro del plano, lo que hace que el cine de Tarr evite el montaje explícito, como actividad separada y posterior al acto de la filmación, a favor de una suerte de montaje interno realizado en el momento mismo del registro.

Tableau vivant. Hay también algo de tableau vivant en la forma de concebir las escenas. Una minuciosa coreografía estática: tiempo y personajes (o espacio) se mueven como un lento e impasible, imponderable ballet. Una danza verdaderamente demoníaca, ronda o rondó como del diablo. Pero lo importante es el lugar. Mucho más que un espacio cualquiera. El lugar preciso en que moverse, desde el que moverse y existir. Por donde circulan los afectos y los engaños, las rencillas o las cóleras, los falsos profetas y los (des)amores. Es el propio director quien ha destacado la importancia –y la dificultad- de encontrar ese lugar, sin el cual la película no puede siquiera pensarse.

Animal. El animal, como en cierto modo el idiota, vive totalmente en su mismidad. En su radical absorción, no precisa alteridad alguna; vive seguro en su propio encantamiento hecho sólo de luz y materialidad. Presencia que ocupa en totalidad un cuerpo y lo vuelve soberano, libre, sin dependencia, como un orgulloso perro sin dueño en medio de la lluvia. Por eso, propicia un ideal que es, en cierto modo, también, el de la muerte: comprensión o encarnación viva de la muerte: la experiencia de una personalidad ausente pero en el extraño modo de una presencia ineluctable, bestial, precisamente.

El animal en Béla Tarr, el caballo de Turín ejemplarmente, tiene la mirada que notara Baudelaire: “la mirada fija y extática de un animal delante de lo nuevo”. Sólo que ahora lo nuevo es el vacío, la nada: el fin. Es entonces cuando los animales, capaces de notar signos que nosotros no sentimos, vagan y habitan solos en el fango y bajo la lluvia. Porque el animal está por encima del hombre, o más allá del universo degradado de lo humano, al margen de sus flujos de ignominia y condenación, de su esclavitud y desgracia. Porque los hombres (se) traicionan.

Por todo ello, lo que El caballo de Turín nos narra es, simplemente, un proceso o una desgracia insuperable, impeorable o, en palabras del director: que “la vida termina si ya no quedan caballos”.

Caballos. Alguna vez Clarice Lispector habló (Descubrimientos) de “la integridad espiritual” de los caballos. Porque un caballo no “reparte lo que ve”. No tiene una “visión verbal o mental” de las cosas. No siente la necesidad de completar la impresión con la expresión. Dice Lispector: “caballo en el que existe el milagro de que la impresión sea total, tan real, que en la impresión ya es la expresión”. A esa inmanencia absoluta y plena parece que aspiran los personajes de Tarr, su gesto mínimo y reiterado, su significativa mudez. Nunca la alcanzarán, sin embargo, esa gracia del animal, semejante en su falta de conciencia a la de la marioneta de Kleist.

Y patatas: “Canta el gallo / la tierra sus negras plumas abiertas / araña la piedra / y pone sus huevos / no las levantéis demasiado pronto / alumbran / a través de su piel luna/ a los muertos / durante las nieves / amontonadas en las bodegas / gravemente prestan / cuerpo a la sopa/ cuando faltan / no tiene carne el arado / y los hombres mueren de hambre / como el gran oso en la noche invernal “ (John Berger, ‘Patatas’, en Páginas de la herida).

Los filmes de Béla Tarr son como nanas fúnebres, funestas. La música y la cámara llevan acunando al espectador, fascinado como bajo la mirada medusea o el canto de las sirenas, hacia el interior de la desesperación. El final de todo, sin embargo, es suave y lánguido como un velo de sombra. Como el inmenso y definitivo fundido en negro que clausura el mundo, y con él la imagen de El caballo de Turín. Remate postrero del rumor apocalíptico que se despliega con y como la lluvia, el viento, la bruma o la niebla. Pues, como se dice en La condena: hay un orden del mundo y nadie puede hacer nada para alterarlo. Y es que, en las tramas de Tarr, el universo no tiene objetivo: le basta con ser. Está infinitamente por encima de los hombres.

Por tanto, no hay verdad. Siquiera sea ésta inalcanzable. O bien: no hay trascendencia en el universo de Béla Tarr. Todo es allí materia, cuerpo, en el que representamos la presencia de un espíritu caído, enjaulado, tal vez corrupto. Pero no hay salvación porque no hay modelo. Tan sólo podemos expresar su ausencia, precisamente, a través de esa materia visible y sensible en su mostrenca y molesta actualidad agotada, destruida.

Lo destruido. A veces, tan pocas, no obstante, parece que Tarr dejase abierta la posibilidad –frágil- de la salvación, precisamente desde la perspectiva del hombre destruido. Una lectura ciertamente paradójica y cercana a la que hace, por ejemplo, Maurice Blanchot, cuando comenta la indestructibilidad del hombre mismo, justamente por su capacidad infinita de ser destruido: “el hombre es lo indestructible, y esto significa que la destrucción del hombre no tiene límites”. Que el hombre es lo indestructible que puede ser infinitamente destruido debe ser leído al modo de San Pablo, el modo apocalíptico que glosó Walter Benjamin y que aprovechó Kafka: hay salvación, pero no es para nosotros. La salvación sólo es posible porque, como pensaban los gnósticos, el hombre es superior a su destino en tanto que es capaz de percibirse a sí mismo como caído. He aquí también la razón de la apatía común a los personajes de Tarr, su pasividad y su cumplimiento existencial en la forma de un destino totalmente cerrado, implacable, que es observado por una visión atenta y paralizada, del todo improductiva, absorbida como está por una atención que dota al desastre de una extrema sabiduría, agudeza y sensibilidad. Como dice Korin, en Ha llegado Isaías, el relato de Laszlo Krasznahorkai que sirve de base a El caballo de Turín: “no cabe la esperanza (…), porque hasta la desesperanza era ya parte del mal”.

La espera. El protagonista y su caballo en el último filme de Tarr recuerdan, en medio de las tormentas y los golpes impíos, terriblemente indiferentes del viento, a la figura del angelus novus de Benjamin. Tienen un aire, efectivamente, apocalíptico. Criaturas fronterizas y víctimas de la profecía mesiánica de un fin o de un juicio final que acumula, incontinente, todos los fragmentos del mundo en rotación, convertidos ahora en polvo, viento y hojas secas. El tiempo del film, como el de todos los relatos de Tarr, es el de la espera. Tiempo en que todas las cosas del mundo son desveladas y, al tiempo, devueltas a su estado latente, esencial. Casi todas las acciones de Tarr –tanto las concretas: beber, bailar o comer o caminar, como las más abstractas: ensoñar, observar, mentir- formalizan este tiempo o modalidad de la espera. Algo, no se sabe sin embargo qué, va, quizás, a suceder. Está por llegar, como lo demuestra el aire cristalizado de la escena, la transparencia milagrosa y fatídica de la calma seca antes del huracán. O, como se dice en Satántangó: “La noticia es que están llegando”. Las mujeres, de espaldas a la cámara y en la cocina, la muchacha por ejemplo en la cabaña del fin del mundo, contemplan, solas, anhelantes, el vacío antes de todo suceder, en el círculo movedizo de su espera, encerradas en ella. Cuando la atención es la ausencia de todo centro. La atención como vacío. Ella es la claridad del vacío mismo. En espera y girada, extrema atención impersonal, hacia lo inesperado, lo que no podría dejarse esperar: el blanco del mundo que se sucede absurdamente sin posibilidad de redención, hasta el negro de la oscuridad (del) final.

Así pues, el personaje arquetípico de Tarr es aquél que mira y espera. Mirada fijada, ante la ventana, sobre el afuera, tal como Kafka lo dibujara, justamente. Como el hombre solitario de la torre de vigilancia del puerto (en El hombre de Londres) o como Karr, en La condena, señala de sí mismo: “Yo no me acerco a nada, son las cosas las que se acercan a mí”. Es lo exterior del mundo (o como mundo), pues, lo que rodea a los hombres y los acucia, los coloniza o los penetra, los rodea y persigue, amenaza o ausculta como la propia cámara de Tarr. En este sentido, El caballo de Turín es, justamente, el último round de este combate, y por lógica, también, la última filmación: aquélla en la que finalmente lo que adviene es la nada, la oscuridad y la sequedad definitiva. Y luego: la expulsión final, el retorno al negro del principio.

Contramundo. El caballo de Turín es un contra-Génesis, una retroversión del principio de la vida. Asistimos a la culminación –literal, para nada metafórica- del nihilismo anunciado por Nietzsche. Antes precisamente de su locura, evidenciada ya dramáticamente cuando, en los primeros días del año 1889, el pensador se arroja en una plaza de Turín a los pies de un caballo, para proteger al animal del maltrato a que lo somete su dueño. Asistimos, por tanto, a los últimos seis días de la humanidad, condensados en la existencia triste y agónica de ese preciso animal y su amo. Como inocentes o ingenuas señales, nuncios y testigos: mártires primeros, quizás, de la definitiva instalación de la desgracia o el mal sobre el mundo. Familia en cierto modo adánica y, a la vez, póstuma (trinidad de padre e hija y animal santo resistiendo en el final de todo edén, de hecho en su punto más alejado y hosco). Reducidos a una vida de extrema supervivencia, como paupérrimos comedores de patatas de Van Gogh que van a ver limitado todo su campo de acción hasta la esterilidad y la impotencia extrema y oscura que traga e impide toda posibilidad de vida. La vida toda, al fin. Hasta el fin.


Alberto Ruiz de Samaniego

Las horas bellas. Escritos sobre cine

Riappropriazione, 2017. Converso, Milan. Franco Mazzucchelli






El conocimiento del límite

no está hecho de memoria.


Y lo que ahora está

¿es lo que siempre estuvo? Así tal vez

no hay nunca nada que no sea previo

y en lo anterior se encuentra

el ser. Resulta entonces tan veraz

que no existe el pasado

como que todo arraiga

en la distancia. Así, la identidad

reside en lo carente de existencia;

lo que es, en lo que no es.


Tal vez

lo que se observa cada día tenga

con la realidad

extraños vínculos, del mismo modo

que la apariencia de las cosas corre

diferente del tiempo.


ENCERRADO, anota sin pausa,

se pregunta obsesivamente

por cómo se percibe, cómo se nombra

lo que se percibe, sobre todo

los colores –"en la paleta, el blanco

es el color más claro", o por qué

"algo transparente

puede ser verde, pero nunca blanco".

Escribe a mano, luego dicta

a máquina; recorta trozos

de papel y los separa, pega unos 

en otros, no recuerda lo escrito

antes y, en el desorden de la memoria,

encuentra palabras libres

que pesan, destellos, líneas

que el pensamiento

aún recorre.


EL error y el acierto

no tienen naturaleza distinta;

el error es solo un acierto

al que se deja crecer.

Esta es la esterilidad

de la balanza.


SOBRE la mesa, un montón

de polvo de ladrillo, casi

anaranjado. En el papel

el trazo de un dedo.


LO que está por venir

–vario, misceláneo, ajeno

a jerarquía– mantiene la vida

tensa: en movimiento y casi

a punto de romperse. La llena

vaciándola. No viene.


AUTORRETRATO ante el espejo

del hombre flaco

y ya mayor, impreciso

de formas, completamente

cano. Pudo pintar

la miopía mirándose con esos ojos

hundidos y velados, con esos

ojos de no ver, toda la vida

mirando y sintiendo

el sentimiento de la vida.



Miguel Casado

Deseo de realidad. Poesía Reunida

3.1.26

Gruta de Trois-Frères, Francia
Hipogeo de Hal Saflieni. Paola, Malta

Antro de la Sibila. Cumas, Nápoles





De los lazos entre el sonido y la noche

Ocurre que se dude de la audición sombría. Ocurre que las quimeras de un mundo amniótico, acuático, ensordecido, alejado, nos parezcan antecedentes litigiosos. Ocurre también que tengamos la viva sensación de recordarlos. Pero la remembranza es una narración, como el relato que trae el sueño: aquella narración o este relato aportan de tal modo consigo que con fundamento recelamos de nosotros mismos. Solo somos un conflicto de relatos, respaldado por un nombre.

¿Puédese hallar en la historia una prueba que confirme este tormento de la audiencia oscura y que al mismo tiempo esté libre de toda presuposición?

Esa prueba existe.

Carece de sentido. Es la más insólita de las pruebas, la de extensión más inaprehensible, y se sitúa precisamente en la fuente temporal de la especificación de la especie: en la lenta desincronización que ocurrió en la prehistoria.


*

Hace veinte mil años ocurrió el milenio en que los hombres, provistos de antorchas poco humosas (elaboradas a partir de la grasa de las presas muertas, y desolladas antes de curtir sus pieles), penetraron espacios completamente entenebrecidos dispersos en los flancos de acantilados y en cavernas de las montañas. Valiéndose de esas antorchas decoraron, con grandes figuras animales monocromas o bicolores, vastas salas condenadas hasta entonces a la noche perpetua.


*

¿Por qué el nacimiento del arte está enlazado a una expedición subterránea?

¿Por qué el arte fue y es una aventura sombría?

¿Por qué el arte visual (al menos el arte visible en la oscuridad a la luz temblorosa de una antorcha de grasa) presenta un vínculo con los sueños, que también son visiones nocturnae?

Transcurrieron veintiún mil años: a fines del siglo diecinueve la humanidad acudió en masa a sepultarse y apretujarse en las oscuras salas de cinematografía.


*

¿Por qué numerosos muertos, hasta del Mesolítico, fueron hallados con los miembros recogidos sobre sí mismos, ligados con nervios de renos muertos, en posición fetal, con la cabeza entre las rodillas, en forma de huevos cubiertos de ocre rojo envueltos en los cueros de animales decapitados y cosidos? ¿Por qué las primeras representaciones humanas son quiméricas, y mezclan animalidad y humanidad, hombres-bisontes, chamanes cantores con cabezas de animal?

¿Por qué esos ciervos con sus cornamentas, representados mientras braman? ¿Por qué esos machos cabríos representados al momento del celo y del temblor vocal? (Tragódia, en griego, y de manera todavía explícita para un griego moderno, dice el canto del macho cabrío). ¿Por qué esos leones con las fauces abiertas y rugientes?

¿Acaso aquellas primeras imágenes figuran la música?

(...) ¿Cantaban aquellos hombres al pintar, como hacen los Bushmen de Australia? (Del mismo modo, en las leyendas acerca del gran pintor griego Parrhasios éste aparece cantando.)

¿Por qué todos los santuarios inventariados empiezan donde la luz del día y la claridad astral cesan de ser perceptibles, donde las tinieblas y la profundidad recóndita de la tierra reinan sin reservas?

¿Por qué había que ocultar las imágenes (que no son imágenes, que cada vez fueron visiones, phantasmata que sólo se entreveían gracias a la luz temblorosa que reposaba en la grasa del animal abatido) en lo oculto de la tierra? ¿Por qué escariar luego lo mostrado? ¿Por qué horadar con flechas lo representado, igual que en los juegos de pelota o de dardos de las fiestas tradicionales y feriantes? ¿Como otros tantos San Sebastián?


*

André Leroi-Gourhan, en Prehistoria del arte, reunió la interrogante en una sola fórmula: ¿por qué el pensamiento de los cazadores de bisontes y caballos se "enterró" cuando se retiraron los glaciares?


*

Presento la conjetura propia de este breve tratado en la forma siguiente: esas cavernas no son santuarios de imágenes.

Sostengo que las grutas paleolíticas son instrumentos de música cuyas paredes fueron decoradas.

Son resonadores nocturnos que fueron pintados de un modo nada panorámico: se los pintó en lo invisible. Son cámaras de eco, y el eco determinó la elección de las paredes decoradas. El eco es el lugar del doble sonoro (del mismo modo que la máscara es el lugar del doble visible: máscaras de bisonte, máscaras de ciervo, máscaras de ave de presa de pico curvo, maniquí del hombre-bisonte). El hombre-ciervo representado al fondo del agujero sin salida de la gruta de Trois-Fréres sostiene un arco. No distinguiré el arma de caza de la primera lira, así como tampoco distinguí a Apolo arquero de Apolo citarista.


*

Las pinturas rupestres empiezan donde se deja de ver la mano desplegada delante del rostro.

Donde se ve el color negro.

El eco es el guía y el referente en la oscuridad silenciosa donde penetran y donde buscan imágenes.


*

El eco es la voz de lo invisible. Durante el día los vivos no ven a los muertos. Pero los ven en la noche, en los sueños. En el eco el emisor es inhallable. Lo visible y lo audible juegan a las escondidas.


*

Los primeros hombres pintaron sus visiones nocturnae siguiendo las propiedades acústicas de algunas paredes. En las grutas de Ariége los pintores chamanes paleolíticos representan los rugidos justo delante de las fauces o el morro de las fieras, en forma de trazos agrupados. Aquellas marcas, incluso incisiones, son su rugido. Pintaron también a los chamanes enmascarados, con sus señuelos o sus arcos. La resonancia, en el gran santuario resonador, se vinculó con las apariciones tras los cortinajes de estalagmitas.

A la luz de la antorcha de grasa, que descubría una por una las epifanías bestiales rodeadas de penumbra, respondían las músicas de los litófonos de calcita.


*

En Malta, en la gruta de Hipogeo, hay una cavidad resonante tallada por mano de hombre. Tiene una frecuencia de noventa hertz, cuya amplificación resulta aterradora si las voces emitidas son graves.

R. Murray Shafer recensó en sus libros todos los zigurats, templos, criptas y catedrales con eco, con reverberación, con laberinto polifónico.

El eco engendra el misterio del mundo altar ego.

Lucrecio decía sencillamente que todo espacio de ecos es un templo.


*

En mil setecientos setenta y seis, Vivant Denon visita el antro de ecos de la Sibila y anota en su diario de viaje: "No hay resonancia más delicada. Quizás es el objeto sonoro más bello que existe".


*

En la gruta de Trois-Fréres, el chamán con cuernos de reno, con orejas de reno, con cola de caballo y patas de león, tiene ojos de búho: son los ojos de los predadores de oído. De los cavernícolas.


*
Los Aranda dicen alkneraka para el verbo nacer: hacerse-ojos.

Hipogeo es una bóveda subterránea donde los antiguos depositaban los cadáveres. (N. del T.)


*

País-sin-retorno era el nombre que daban los antiguos habitantes de Sumeria al lugar donde van los muertos.

Los textos sumerios describen así el País-sin-retorno: los alientos de los muertos sobreviven difícilmente, dormidos, terrosos, cubiertos de plumas, tan desdichados como los "pájaros nocturnos que habitan las cavernas".


*

La primera narración figurativa fue pintada al fondo de un pozo situado al fondo de una caverna completamente oscura. Es un hombre itifálico muriendo de espaldas, un bisonte que lo ataca, destripado por un venablo, un cayado coronado por una cabeza de pájaro de pico curvo.

La última religión que persiste en el espacio donde vivo representa a un hombre que muere.

Está dicho en el Nuevo Testamento que Cristo recibió la palmada con los ojos vendados.

Todo Dios sangra en la sombra. 


(...)

*

La muerte tiene hambre. Pero la muerte es ciega. Caneca nox. Noche negra quiere decir noche ciega, que no ve.

Cuando es de noche los muertos solo pueden reconocer por la voz.

En la noche la detección es acústica. Al fondo de las grutas, en el silencio absoluto y nocturno del fondo de las grutas, los cortinajes de calcita blanca y dorada están quebrados a la altura de un hombre.


(...)

*

En el decimoctavo siglo de nuestra era, Jan de l'Ors (Juan del Oso) ata sólidamente la soga bajo sus brazos. Baja al fondo del pozo. El agujero se hunde verticalmente en la tierra; él no percibe el fondo. Las paredes son viscosas y algunos murciélagos huyen sigilosamente en la oscuridad. El descenso dura tres días plenos.

Al cabo del tercer día, su báculo de cuarenta quintales topa el fondo de la tierra. Jan de l'Ors se libera de la soga. Da algunos pasos en la inmensa caverna donde acaba de llegar.

Una gran pila de huesos cubre el suelo.
Camina en medio de los cráneos.
Entra en un castillo en medio de la gruta. Camina, pero sus pasos 
ya no resuenan.

Jan arroja su cayado de cuarenta quintales en el suelo de mármol: el ruido es de pluma de pájaro que cae en la nieve.

Jan de l’Ors comprende enseguida que este castillo es la morada donde los sonidos no pueden nacer.

Alza la mirada hacia un gato gigantesco tallado en calcita, en vidrio luminoso, en cristal. En la frente del gato inmenso un carbunclo resplandece en la oscuridad. Por doquier hay árboles cargados de manzanas de oro que rodean una fontana muda: el agua brota y cae sin que nadie lo escuche.

Sentada en el borde de la fontana, una joven, bella como la aurora, peina su cabellera con un creciente de luna.

Jan de l’Ors se aproxima pero ella no lo ve. Los ojos de la joven maravillosa siguen irresistiblemente clavados en los fuegos del carbunclo que hechiza el lugar.

Jan quiere hablarle: plantea su pregunta. Pero su pregunta no resuena.

“La mujer está embrujada –piensa Jan de l’Ors– y voy a enloquecer es este silencio de muerte.”

Entonces Jan alza su cayado de cuarenta quintales, lo blande y asesta un fuerte golpe en la cabeza del gran gato de cristal. Todas las estalactitas se quiebran y emiten el canto más bello del mundo. La fontana murmura. Las losas resuenan. Las hojas susurran en los ramajes de los árboles. Las voces hablan. 


Pascal Quignard

El odio a la música

Diez pequeños tratados

27.12.25

Propagazione, 1995 - 2019. Giuseppe Penone





Intenta Pascal Quignard pensar cómo se dieron las pinturas rupestres; por qué, valiéndose de antorchas, se pintaron con figuras de animales las salas más hondas de las cavernas, aquellas en que nada se podía ver, noche permanente. Por qué nace la pintura en esa negación radical de lo visible. La explicación vendría del sonido: las cuevas no son santuarios de imágenes sino instrumentos musicales, cámaras de ecos, fue el eco lo que determinó la elección de las paredes. En la Grecia arcaica se construían cámaras de ecos, sedes de un aterrador sonido grave. Los textos sumerios describen así el lugar adonde van los muertos: "los alientos de los muertos sobreviven difícilmente, dormidos, terrosos, cubiertos de plumas, tan desdichados como los pájaros nocturnos que habitan las cavernas".

La poesía sería la voz de lo invisible, de lo que el día no muestra. Quignard propone un verbo francés desusado, tarabust, para nombrar los sonidos que en cada cerebro remiten, de forma obsesiva, a una memoria no lingüística, al pavor de una anterioridad: "Un ruido incomprensible y que machaca. Un ruido que no sabíamos si era querella o tamborileo, jadeo o golpes. Era muy rítmico. Venimos de aquel ruido. Es nuestra semilla".


Miguel Casado

La ciudad de los nómadas

21.12.25

Fotografías: Ernesto García




A LA MEMORIA DE DYLAN THOMAS

Hizo falta un arroyo y un ave reflejada,
la arena y el más largo capítulo del Éxodo,
milnavegados mares, las ramas del manzano
arrojadas al río, coronándose en rumbo.
Y el vientre de la madre con una especie extinta.
Y el sol debió ganar la espalda a la tormenta,
partirse en dos la fe, calzar el verde esparto.
Y hubo que hablar al padre de elegías sin tumba,
y aprender el oficio del que alentó los fuegos,
ver al delfín buscar las sombras de los buques,
latir su corazón de proa ennegrecida.
Hizo falta la ortiga, los huesos de un caballo,
el tuétano que guarda la gloria del galope,
cavar, romper el himno, ser múltiplo del cielo,
retornar a tu octubre, cruzar el bosque lácteo,
subirse a las colinas, a dormir en graneros
donde los gallos parten el oro de un maíz
que salta como el dado con que apostar la vida.
Y el verso alejandrino, la copia de los árboles
combados en los ojos del triste y del jilguero,
la campana que ahonda la habitación vecina
hasta llegar al salmo del que dudó los valles.
Todo fue necesario, el grito de los gamos,
las zarpas del gorrión nerviosas e mis dedos,
el átomo, el silencio sin luz de los amantes,
para que al fin la muerte perdiera sus dominios.



ELEGÍA A JOSEPH BRODSKY, MUERTO
UN MES DE ENERO.
A LA MANERA DE SU POEMA A JOHN DONNE

Brodsky duerme. Y el mar. El plenilunio duerme.
Todo cesa, descansa; la cuenta de la luz,
los códigos, los sótanos, la mesa, el guardagujas,
la nieve con su resto de lenguas que cantaron.
Y las vetas del mármol tendidas como cirros
en brazos de una estatua duermen su fora extrema.
El honor, la escalera, las bolas de mercurio
que en la mano de un niño son hombres sin encuentro,
la sílaba y su oficio, tendrán la misma noche.
Un enero fue Judas. El tiempo es su discípulo.
Brodsky duerme. Y el sol. Y los que sigen en pie
miran por la ventana que encuadra lo que fueron.
El número del preso, el fiel de la balanza,
las mujeres, las llaves, los pasadizos, duermen. 
Los errores de Newton en cada telescopio,
la tormenta batiendo su cola de ballena,
el abrigo olvidado en un patio escolar.
Enero sueña ráfagas.
Brodsky duerme a sabiendas de que ocurrimos lejos,
con la voz enfriándose como piedras de iglesia.



CUADRANTE NORTE

Primero el viento y su mitología,
las páginas leídas a naciente,
el ancla y su eslabón
hundiéndose en la espuma.
Y en el mistral las manchas de los vuelos,
la gaviota que esparce los destellos del faro
como harina que lleva el marino en su ruta.
Y el agua en dos, y luego en ocho nudos
tensados en las costas,
donde brilla el centeno al calor de los hornos,
allá donde el ladrillo y el fuego son la casa,
aquella incandescencia en la que ser posibles.

Al descender las nieblas,
los rebaños destilan como pechos.
No hay oteros, no hay causa, no hay olvido,
sólo el iris del zorro
y su espinazo de pajar ardiendo.
Las aves alargaron su sombra dos jornadas,
se hicieron tallo, fueron la cadena
en la polea de la lluvia
que nos engrana a nuestra predicción.
El árbol no cimbrea,
pero sigue en la fronda la invención de su ciclo.
Y así, cercado en sus florecimientos,
el mundo va borrando meridianos.



Fragmento de 
EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ
DE ROGIER VAN DER WEIDEN

No es carne. Es un lugar,
                                           un deshielo,
un arroyo que será país.



Fragmento de
POEMA DE AMOR SIN OBJETO (APARENTE)

Una línea es un llegar a pensar,
pero no es el pensamiento.



RECTAS DISJUNTAS

Quien empieza a escribir este poema
y el que va a terminarlo
no son el mismo hombre.
No lo serán, ni en el tiempo,
ni en el espacio.
Jamás coincidirán.
Nada sabrán el uno del otro.
un comienzo exige unidad,
un cúmulo de esencia.
un final pide significado,
sentarse, callar, transcribir.
El uno será proceso, subida;
el otro será casa, resonancia,
                lo concebido.
Los dos, el que empieza,
el que termina,
han pensado el mismo mundo
que los separa; los dista.
El uno es un tiempo de inicio,
el otro su final originario,
salvación, necesidad de acabar,
     quietus no mensurable.



Fragmento de
HOMENAJE-ELEGÍA
A T. S. ELIOT

(...)
que, sin embargo, no es inicio,
pero es sonido, sonido previo
a la imagen que uno tiene de sí,
porque siempre algo (nos) antecede:

la huella, a la cima,
la pluma, al cuelo,
lo que fluye, a la helada

No importa el dónde:
nunca vas, nunca vamos;
las confluencias
                    están llenas de no lugar,
y no puedes decir: "al fin",
y no puedes decir: "ahora",
nada que sea llegada, afirmarlo.
Las confluencias son proyección,
lo contado con la mente

(...)
      parece que se ve mejor la luz,
pero sólo es impresión, descuido
de la mente
                        –que obra opuestos–;
            y el jaloque,
            el levante,
            el gregal
            y el mediodía

no tienen hacia dónde,
                                        ni dónde;
si lo tuvieran serían narración,
probable ecuación, velocidad,
elipse, partícula acelerada,
página posible en el tiempo posible,
espacio pensado para caber,
como caben las bandadas
en las migraciones,
                           en el ir y venir
                           al clima de tu mente.



Fragmento de
UN BUSTO DE NICOLÁS DE LEIDEN

(...)
En este bloque hay un hombre,
y detrás un doble, un sí mismo,
un útero, una helada, un ignorar,
un lóbulo frontal, una danza,
un ojo de puente, una teja,
un repecho, un rebasar, un volver.
       Una cavidad.


Ramón Andrés
Oír las grietas
Antología poética, 1988-2023
Selección: Francisco Javier Irazoki
Museo Arqueológico Nacional de Atenas, Grecia




Este diálogo, me parece, no acepta límites entre los géneros ni entre las artes. A la poesía le aportó tanto la narrativa del siglo (Juan Rulfo, Franz Kafka, Clarice Lispector, Robert Walser...) como la propia poesía. O la pintura: no solo las imágenes que acompañan, evidente o subterráneamente familiares o afines, sino lo que algunos nombres de la pintura suponen de problematización y apertura de los modos del oficio: la abstracción, la supresión de marcos compositivos esperables, la fragmentación o amputación frente a la contextualización convenida, la extrema intensificación y las formas en que se consigue (Gorky, Luis Fernández), la presencia de lo morboso junto a lo conceptual o nihilista (Malevich), la dosificación de lo secamente conceptual y de lo húmeda o humoralmente corporal: los humores del cuerpo, y el recorte, el tacto de la vista o pensamiento (Klee)...

Un poema no viene de la mano de la voluntad o la consciencia, se toma su tiempo, espera, aparece o no aparece, fluye a través de lo periférico, lo periférico conforma lo central. en esa fase, el trabajo es subterráneo, algo de lo inconsciente o lo preconsciente cuaja y ello ocurre no cuando uno quiere sino cuando ello quiere. Por ejemplo, durante mucho tiempo supe que para caza nocturna me faltaba un poema que respondiese a lo que yo llamaba pastoral (Pastoral era también el título de un cuadro de Arshile Gorky); ese poema tenía que ver con cierta memoria mía de la infancia, pero no supe escribirlo hasta que no cuajó en la forma de un sueño.
En una entrevista, Gary Snyder se refería a la meditación con estas palabras: "de hecho, como sabe cualquiera que haya practicado suficientemente la meditación, aquello a lo que se apunta no es nunca lo que se alcanza. Aquello a lo que se apunta no es, curiosamente, lo que se obtiene; la voluntad consciente no puede alcanzarlo. Hay que practicar una especie de distracción cuidadosa, pero en verdad relajada, que permita al inconsciente hacer su propio trabajo de ascenso y manifestación. Sin embargo, en el momento en que uno, alerta, se dispone a apresarlo, se escapa, se desliza hacia el fondo. es algo muy semejante a lo que ocurre en la caza estática: te detienes en algún lugar en el bosque y permaneces inmóvil hasta que las cosas comienzan a vivir, empiezan a aparecer ardillas, gorriones y conejos que estaban ahí desde el principio, pero que se zambullen en algún rincón cuando se nos mira de cerca. También la meditación es así". Como la poesía.

Los poemas, aun si brotan de la imagen más aérea, más luminosa y diurna, más visible, bucean y avanzan como un pez hacia un espacio propio y silencioso –lo visible y su luz están también allí.

A veces me acometen crisis de irrealidad; no de identidad, sino de irrealidad; no quién soy, sino si estoy. ¿Dónde vivimos? (El plural acoge a muchos, pero solos.) No dónde se nos ve, se nos encuentra, sino dónde nos sentimos vivir. ¿Qué lugar es ese, semejante a los del sueño en que no es el de la vida real? Hay estratos ahí, no de profundidad, sino de coloración, de presencia de ciertas afecciones.

Comienzo y final abierto, con frecuencia suspendido, versatilidad en el uso de las personas gramaticales, deslizamiento de una a otra, deslizamiento también de los tiempos –los del pasado y los del presente–, indistinción (en cuanto a grado de realidad) entre imágenes de la memoria, del sueño o de la percepción actual, un ritmo que viene impuesto desde dentro del poema.
Interior y exterior son categorías, metáforas espaciales no estancas. El interior conforma lo exterior (al límite, solo sabemos de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas); y el exterior es, por su parte, lo que acaba constituyéndonos de la manera más íntima (el consuelo del campo): solo podemos percibirnos percibiendo.

Pensar es pensar el cuerpo, pensarnos en el mundo –lo que significa: estamos, y no estamos. En el mundo. El mundo de un poeta, de una poeta es reducido; su mirada focaliza aspectos limitados, obsesivos, enfermos; manifestaciones o síntomas de una disposición del ánimo. Ese mundo además es lento; las transformaciones (condensaciones, acotaciones novedosas, hallazgos de lo mismo –aquí, aquello–) son lentas; años para un giro, para otro matiz, para un caer en la cuenta. Quien trabaja el poema es pájaro y caracol a un tiempo, leve, y audaz y concentrado, reconcentrado en sí, quieto, ensimismado. La obra responde a las calidades muy precisas de su percepción y su memoria; a una sensibilidad formada en carnosas dependencias familiares y en mecanismos asociativos irreductibles. El modo en que construye su mundo es su aportación a la lengua. Pienso en Vallejo, en Rosalía, en Lezama, en Jaime Saenz... La forma para cada uno de ellos es la única posible; y esa forma es pensamiento, un modo de mirar el mundo, una manera de relacionarse con los muertos, de ir a la muerte.

La poesía, como la filosofía, trabaja a la contra; por ejemplo, contra la cultura, contra la lengua de la cultura, contra el método, contra lo que se sabe hacer; y contra la idea de musicalidad que parece perseguirla, idea que actúa con frecuencia diluyendo la precisión, esa cualidad irrenunciable de lo poético –y el llamado rigor formal es solo el modo de alcanzar la precisión–.


LA POESÍA, ESE CUERPO EXTRAÑO

El título que he dado a esta lectura (y que será el del libro en que se recoja), La poesía, ese cuerpo extraño, alude, por una parte, a la escritura entendida como segregación que ciertos organismos producen, segregación de algo que forma y no forma parte de ellos: un cuerpo extraño; y quizá nombra también, por otra parte, la extrañeza que a veces causa lo más propio, lo más vivo e innnegociable de uno mismo.
En efecto, hay un modo de estar en el mundo que conlleva necesidad de expresión. Un habla, un hacer que surgen al pensarnos y sentirnos en el mundo; conscientes de la inmediatez y la hermosura, y, al mismo tiempo, del fluir, de la adversidad y la desdicha, de la fragmentación, de lo evanescente de este estar. Tal conciencia genera una inquietud que es modo de conocer, de conocernos.
Memoria, cuerpo, muerte, enfermedad son lugares de esa extrañeza. Lo son también el paisaje y los hechos de la niñez, tan obvios, tan incuestionables –y cuánto esfuerzo para llegar a verlos–. Lo propio ha de ser aprendido ("lo propio debe aprenderse tan a fondo como lo ajeno", decía Hölderlin a Böhlendorf en carta del 4 de diciembre de 1801); el lugar de origen, aquel en el que nos hemos hecho, es lo que mejor conocemos, y, sin embargo, bien mirado, es algo que tardamos mucho en llegar a conocer, que adquiere su forma solo en la distancia.
Tal vez, pienso ahora, solo desde lejos se llega a estar dentro; solo por la distancia volvemos a habitar los parajes, las casas y los seres que nos han conformado como somos. Lo hemos vivido entonces, pero llegamos a conocerlo en la memoria y en la distancia –la distancia… lo que conserva sustancia y consistencia de las cosas; lo que propicia también cierto trabajo obsesivo, fundante estéticamente, de la memoria–.
Lo que llamo niñez no aparece como tiempo y espacio de felicidad, sino, en todo caso, de intensidad, de la intensidad con que percibe una –quizá inherente– condición desdichada de habitar el mundo.
El mundo. Y el cuerpo –deterioro, muerte, paso y peso del tiempo–, el nombre de lo enfermo o de lo solo. Lo que nos hace conocernos. Esos son los lugares a los que vuelve una y otra vez mi escritura.


Olvido García Valdés
De la escritura
La caída de Ícaro

 

Cuadríptico. Residencia artística en Can Lis, Mallorca. Mayo 2025. César Barrio





Pero en el agua está la luz. Sin luz o con luz, con más o menos luz, el agua es otra. Con su ruido, de noche, incluso en la ciudad, donde de noche no es del todo la noche, el agua es otra. "Extraño, que la tierra se divida en agua y pensamiento", rumiaba el fumigador de guardia.



Otro país, otro paisaje,

otra ciudad.

Un lugar desconocido

y un cuerpo desconocido,

tu propio cuerpo, extraño

camino que conduce

directamente al miedo.

El cuerpo como otro,

y otro paisaje, otra ciudad;

atardecer entre las piedras

más dulcemente hermosas

que has visto,

piedras de miel como luz.



LA CAÍDA DE ÍCARO


1

Los atardeceres se suceden,

hace frío

y las casas de adobe en las afueras

se reflejan sobre charcos quietos.

Tierra removida.


Cézanne elevó la nature morte

a una altura

en que las cosas exteriormente muertas

cobran vida, dice Kandinsky.

Vida es emoción.

Pero quedará de vosotros

lo que ha quedado de los hombres

que vivieron antes, previene Lucrecio.

Es poco: polvo, alguna imagen tópica

y restos de edificios.

El alma muere con el cuerpo.

El alma es el cuerpo. O tres fotografías

quedan, si alguien muere.


También un gesto inexplicable,

díscolo para los ojos, desafío,

erizado. Cuerpo es lo otro.

Irreconocible. Dolor.

Solo cuerpo. Cuerpo es no yo.

No yo.

(...)



Hablo contigo,

te hablo de una casa que he visto por la calle,

descascarrillada bajo la lluvia,

o de cómo a veces

me quedo sentada mirando sin ver

o de qué extraños los pájaros.

Te hablo, anciana, o hablo para mí,

imagino tu cuerpo

que seva aquietando poco a poco

mientras coloco en una jarra

unas ramas de almendro;

las cogí hace tres años, pero no se han podrido

ni han caído las flores.

No significa nada,

tampoco la casa bajo la lluvia

significa nada, ni el lento

deterioro, pero todo es extraño

como pájaros. Recuerdos personajes

de Ozu: el padre, la madre,

son ancianos también, es su vacío

antes de morir;

mi vacío es este tiempo que se extiende

reflejada en los otros,

su envejecer, su fealdad es la mía.

Te hablo,

pero solo puedo hablarme,

he sentido por ti el rencor que sentimos

hacia los que hemos amado;

ahora estoy tranquila,

miro al vacío,

te oigo dentro de mí.

O de pronto paseo 

cerca de un puente, es finales

de octubre, siento

una alegría difícil de explicar.


La alegría es misteriosa,

externa como un chaparrón, 

la tristeza, en cambio, forma parte del ser,

casi constante, solapada en todo caso,

razonable siempre.



cuando ya no hay sol

pero las paredes de adobe

son aún rosadas,

cuando todavía los pájaros

revolotean

y después van quedándose

quietos, desaparecen,

cuando el verde de la cebada

se recobra, los cardos

se elevan,

el almendro en el palomar derruido,

poco a poco se va yendo la luz,

el adobe es ahora

muy pálido, muy pálido,

el espacio del valle

se ahonda.



Con el lápiz recorre

los huecos de la casa, señala

al levantarlo ventana y puerta, distribuye

en proporción espacios, con el lápiz

conoce: así era, por eso

no había puerta en aquel cuarto y la luz

deslizaba penumbra. Raras

distancias y presencias. De aquella

cocina la dulzura es, pero sabe

salina si aparece dentro. Porque

no tenía ventana, lienzo

de algodón y cocina

al oeste. Advierte: son

las casas de la misma

sustancia de los sueños.



Bajo el signo de lo que huye todo vibra,

indistintas la casa que se renueva

o la que se repliega y amortigua. Vivir 

de prestado, mariposa

al calor del pavimento. La desdicha

ampara curvas de caracol, abre

un ojo grande: huertas

con flores, pulpa roja,

interiores de un sueño, tablas

desportilladas te han de astillar.



Levanta los ojos y pájaros, por azar,

cruzan el cielo y es de aire

su ausencia. La luz que los alivia,

era de azar y noche

aquella claridad, un cantar que venía

sin música, porque era dentro

la música. Y breve. Se va viviendo

dentro de los ojos. Alarga

la polilla como un pavo

ceniza su abanico. Anima 11. Lo que fue

del amor, ojo y patitas. Vio tesoros

de luz, donde están la nieve

y el granizo y el rocío y la lluvia. Un vaso

de cristal, la penumbra en suspenso.

                                                          Dime,

ven esta noche a mi sueño un instante,

ven que te oiga, con levísimas flores

madruga hasta mí por el silbido

del mirlo, ya que toda tu vida fue de estricta

(penosa, enferma) actividad, salvo estos años

(alma del corazón, cantares) últimos.



A veces falta cierta ordenada

manera. Si se ignora en qué sentido

giran las agujas, se abre abrupto el hueco,

sume los ojos el caracol.

Si, en cambio, se lee que la artista –Agnes Martin–

en sus cincuenta últimos años no miraba la prensa, o

que el artista –Anselm Kiefer– construyó siete torres,

siete altos palacios celestiales y grises moldeados en 

cemento, erizados de hierro y lastrados con plomo 

–para que puedan al inclinarse temblar– en una in-

mensa factoría abandonada,

uno respira esa

burbuja calma o aire

o luz del cielo.



voy por el mundo como en un sueño, los valles

frutales encajados en el relieve áspero, las personas

en un cerro junto a una de esas esculturas

simbólicas contempla la ciudad, barrios de bloques

repetidos, viaje en tren, velocidad alta y destino

seguro, sin metáfora, voy y miro y todo es

como si no fuera yo quien lo mirara.



Olvido García Valdés

La caída de Ícaro

15.12.25

László Kraznahorkai







¡Damas y caballeros! Al recibir el Premio Nobel de Literatura 2025, originalmente deseaba compartir con ustedes mis pensamientos sobre la esperanza, pero como mis reservas de esperanza se han agotado definitivamente, ahora hablaré sobre los ángeles.

 

 

1.

Camino de un lado a otro y pienso en ángeles, incluso ahora camino de un lado a otro, no crean a sus ojos—puede parecerles que estoy aquí de pie hablando ante un micrófono, pero no es así, en realidad camino de un lado a otro, de una esquina a otra, y regreso de donde empecé, y así sucesivamente, de un lado a otro, y sí, pienso en ángeles; ángeles, y de inmediato puedo revelar que estos son una nueva clase de ángeles, estos son ángeles que no tienen alas, y así, por ejemplo, no hay necesidad de reflexionar sobre cómo, si las dos alas sobresalen de la espalda de estos ángeles, de hecho, si estas dos enormes alas se extienden tan pesadamente incluso más allá de las capas de estos ángeles, entonces, ¿qué clase de trabajo hace su sastre celestial?, ¿qué tipo de conocimiento desconocido llega a su taller allá arriba cuando los viste?; las dos alas están afuera, por supuesto, están fuera del cuerpo sin cuerpo, pero entonces, ¿dónde colocan esas alas fuera de ese físico sin cuerpo, esa túnica que se enrolla dulcemente alrededor de ellos y que también cubre sus alas, o, por el contrario, si sus alas no sobresalen, entonces cómo cubre esta túnica celestial sus cuerpos junto con sus alas, oh, ¡pobre Botticelli, pobre Leonardo, pobre Miguel Ángel, de hecho pobre Giotto y Fra Angélico! pero no importa ahora, esta cuestión se ha evaporado junto con los ángeles de antaño, los ángeles de los que hablo son los nuevos, eso está claro mientras empiezo a pasear por mi habitación, de la que ahora solo pueden ver que estoy de pie frente a un micrófono al anunciar, como receptor del Premio Nobel de Literatura de este año, que quería hablar sobre la esperanzapero no hablaré de eso ahora, así que en cambio hablaré sobre ángeles, empezaré desde ese punto, y ya había contornos difusos formándose en mi cerebro cuando me dispuse a mi tarea, asumiendo una postura meditativa en mi espacio de trabajo que no es muy grande, en total cuatro por cuatro metros en una habitación en torre a la que hay que restar, por supuesto, el área de la escalera que sube y baja a la planta baja, por supuesto no deben imaginarse una especie de torre de marfil romántica, esta habitación en torre, construida con las tablas más baratas de abeto noruego y ubicada en la esquina derecha de un edificio de madera de una sola planta, se eleva por encima de todo lo demás porque mi terreno está en una pendiente, porque todo está en la cima de la colina, es decir, toda la parcela está en una pendiente y se inclina, además, se inclina profundamente hacia un valle, lo que significa que cuando quise construir una ampliación muy necesaria para las habitaciones de la planta baja, es decir, quería esto porque los libros estaban maniobrando para reclamar cada espacio, entonces, después de cierto tiempo, esta tarea se volvió imposible de posponer, y debido a esta pendiente, la habitación que se construyó como ampliación ya se elevaba como una torre sobre la planta baja, pesando sobre ella, bueno, aquí solo quisiera hablar de ángeles, y no de esperanza, y no de los antiguos, es decir, los ángeles antiguos, porque los antiguos, los alados—piensen en los más famosos de ellos en las pinturas de la Anunciación, producidas en cantidades inconmensurables durante la Edad Media y el Renacimiento—traían un mensaje, un mensaje de que El Que Ha de Nacer nacería; estos eran los ángeles de antaño, estos mensajeros celestiales llegaban continuamente con este u otro mensaje, y según los hallazgos de la angelología, en su mayoría transmiten este mensaje al destinatario verbalmente, o, como se ve en representaciones originadas en los siglos IX y X, leen directamente de una tira ondulante de papel, una cinta de frases, en representaciones en las que la palabra recibe una importancia extraordinaria; sin embargo, estos ángeles, incluso al cumplir otras misiones, aún transmiten—más precisamente, transmitían—el mensaje de El de Arriba a sus elegidos, la palabra velada en luz o susurrada al oído, lo que significa que, independientemente de estas representaciones, estos ángeles no pueden distinguirse realmente de su mensaje—más precisamente, no podían distinguirse de su mensaje—tanto es así que en realidad deberíamos decir que estos ángeles de antaño eran ellos mismos mensajes, ellos mismos eran el mensaje que siempre llegaba de El Que No Puede Ser Suplicado, él los enviaba, él enviaba a los ángeles a nosotros, nosotros que luchamos en el polvo, nosotros que vagamos, condenados a Consecuencias Imprevisibles /¡oh, aquellos hermosos tiempos!/ en una palabra, cada ángel de antaño era un mensaje de alguien para alguien, un mensaje de noticias con carácter de mandato o informe, pero no pretendo abordar este asunto aquí de pie ante ustedes mientras paseo de un lado a otro en mi habitación en torre que, como ya saben, está construida con tablas baratas de abeto noruego y es casi imposible de calentar, y que es una torre solo por la pronunciada pendiente del terreno, bueno, no voy a hablar de los antiguos, aunque las imágenes que viven en nosotros—gracias a los genios de la Edad Media y el periodo moderno temprano, de Giotto a Giotto—aunque estos ángeles de antaño, con sus epítetos apropiados de arrebatadores, sublimes e íntimos, aunque aún puedan tocar nuestras almas en cualquier momento, incluso ahora, aunque puedan tocar nuestras almas incapaces de creer, porque seguramente fueron los únicos que, a lo largo de los siglos, debido a sus apariciones poco frecuentes, nos permitieron deducir la existencia del Cielo, y con eso también pudimos deducir la dirección que creó en nosotros la estructura del universo como dirección, porque donde hay dirección hay distancia, es decir, hay espacio, y donde hay dirección también existirá una distancia entre dos puntos, es decir, hay tiempo, y hay, en consecuencia, desde hace siglos—¡oh! ¡y desde hace milenios!—el mundo que se cree creado, donde estos encuentros con ellos, con estos ángeles de antaño, nos dieron una forma de sentir decisivamente el arriba y el abajo como algo genuino y real, y así, si quisiera hablarles de los ángeles de antaño, estaría caminando en círculos de una esquina, luego regresando a la misma esquina, pero no, los ángeles de antaño ya no existen, solo están los nuevos, y en cuanto a mí, no camino en círculos de una esquina a la misma esquina pensando en ellos mientras estoy aquí ante su atención, porque, como quizás ya he mencionado, nuestros ángeles son estos nuevos, y, habiendo perdido sus alas, ya no disponen de esas túnicas que se enrollan dulcemente alrededor de ellos, caminan entre nosotros con ropa de calle sencilla, no sabemos cuántos hay, pero según alguna sugerencia oscura su número permanece inalterado, y, al igual que los ángeles de antaño en los viejos tiempos, estos nuevos también aparecen de manera inquietante aquí y allá, aparecen ante nosotros en los mismos tipos de situaciones en nuestras vidas como lo hacían los antiguos, y de hecho es fácil reconocerlos si ellos quieren que lo hagamos, si no ocultan lo que llevan dentro de sí, es fácil porque es como si entraran en nuestra existencia con un tempo diferente, un ritmo diferente, una melodía diferente a la que nosotros caminamos, nosotros que nos esforzamos y vagamos en el polvo aquí abajo, además, ni siquiera podemos estar tan seguros de que estos nuevos ángeles lleguen de algún lugar allá arriba, porque ni siquiera parece que haya un ‘allá arriba’ ya, como si eso también—junto con los ángeles de antaño—hubiera cedido su lugar al eterno ALGÚN LUGAR donde ahora solo las estructuras insanas de los Elon Musk de este mundo organizan el espacio y el tiempo, y de esto puede surgir que mientras ustedes ven y oyen invariablemente solo a un anciano ante ustedes, hablando en su propio idioma desconocido con motivo de recibir el Premio Nobel de Literatura, un anciano que por supuesto pasea invariable y precisamente en esa misma habitación en torre imposible de calentar, entre las tablas de abeto noruego, paseando de un lado a otro, es decir, soy yo mismo, el que ahora acelera el paso como si quisiera expresar que sus pensamientos sobre estos nuevos ángeles requieren un tipo diferente de pisada y una velocidad diferente de quien piensa en ellos, y de verdad, ahora que acelero mis pasos, de repente me doy cuenta de que estos nuevos ángeles no solo no tienen alas, sino que tampoco tienen mensaje, ninguno en absoluto, están simplemente aquí entre nosotros con su ropa de calle sencilla, irreconocibles si así lo desean, pero si desean ser reconocidos, entonces eligen a uno de nosotros, se acercan, y de repente, en un solo instante, las cataratas caen de nuestros ojos, la placa se desprende de nuestros corazones, es decir, se produce un encuentro, nos quedamos allí en shock, oh Dios mío, es un ángel, están aquí ante nosotros, solo que... no nos dan nada, no hay ningún tipo de frase ondulando a su alrededor, no hay luz con la que puedan susurrarnos al oído, es decir, no pronuncian ni una sola palabra, como si se hubieran vuelto mudos, solo se quedan allí y nos miran, buscan nuestra mirada, y en esta búsqueda hay una súplica para que miremos a sus ojos, para que nosotros mismos podamos transmitirles un mensaje, solo que, lamentablemente, no tenemos mensaje que dar, porque solo podríamos decir en respuesta a esa mirada suplicante lo que se dijo en respuesta hace mucho tiempo, cuando aún había una pregunta, pero ahora no hay ni pregunta ni respuesta, así que bueno, ¿qué clase de encuentro es este, qué clase de escena celestial y terrenal es esta?, ellos solo se quedan allí ante nosotros, mirándonos, y nosotros también solo nos quedamos allí mirándolos, y si ellos entienden algo de todo esto, ciertamente nosotros no entendemos lo que está pasando, el mudo al sordo, el sordo al mudo, ¿cómo podría haber alguna conversación de esto, cómo podría haber algún entendimiento, ni hablar de la presencia divina, cuando de repente le ocurrirá a toda persona solitaria, cansada, afligida y sensible, como está ocurriendo ahora mismo—si puedo contarme entre ustedes—me ocurrirá a mí, yo que aparentemente estoy aquí ante ustedes hablando al micrófono, pero que en realidad estoy allá arriba en la habitación en torre, como saben, entre las tablas de abeto noruego y el aislamiento vergonzoso, se da la realización de que estos nuevos ángeles en su infinita mudez quizás ya ni siquiera sean ángeles, sino sacrificios, sacrificios en el sentido original y sagrado de la palabra, rápidamente saco mi estetoscopio, porque siempre lo llevo conmigo, y lo tengo ahora también, mientras hablo desde esa habitación en torre, paseando de un lado a otro, y muy suavemente coloco el diafragma y la campana en todos sus pechos, e inmediatamente oigo el sonido del destino, oigo sus destinos, y con esto cruzo hacia tal destino, siento tal destino latiendo que inmediatamente transforma este momento, pero sobre todo el siguiente momento que habría estado ante mí, porque no, el momento que parecía seguir no es el momento que sigue, sigue un momento completamente diferente, el momento de shock y colapso cae sobre mí, porque mi estetoscopio detecta la historia horrenda de estos nuevos ángeles que están ante mí, la historia de que son sacrificios, sacrificios: y no por nosotros, sino por culpa nuestra, por cada uno de nosotros, por culpa de cada uno de nosotros, ángeles sin alas y ángeles sin mensaje, y todo el tiempo sabiendo que hay guerra, guerra y solo guerra, guerra en la naturaleza, guerra en la sociedad, y esta guerra se libra no solo con armas, no solo con tortura, no solo con destrucción: por supuesto, este es un extremo de la escala, pero esta guerra avanza también en el extremo opuesto de la escala, porque basta una sola palabra mala, una sola palabra mala lanzada hacia uno de estos nuevos ángeles, basta un solo acto injusto, irreflexivo, indigno, basta una sola herida de cuerpo y alma, porque cuando nacieron no estaban destinados a esto, son indefensos ante esto, indefensos ante el aplastamiento, indefensos ante la vileza, ante la despiadada crueldad cínica contra su inocencia y castidad, basta un solo acto, pero incluso una sola palabra mala basta para que sean heridos por toda la eternidad—lo que no puedo remediar ni con diez mil palabras, porque está más allá de todo remedio.

II.

 

¡Ah, basta de ángeles!

 

Hablemos en cambio de la dignidad humana.

Ser humano—criatura asombrosa—¿quién eres?

Inventaste la rueda, inventaste el fuego, comprendiste que la cooperación era tu único medio de supervivencia, inventaste la necrofagia para poder ser señor del mundo bajo tu mando, adquiriste un intelecto sorprendentemente grande, y tu cerebro es tan grande, tan surcado y tan complejo que realmente, por medio de este cerebro, adquiriste poder, aunque algo limitado, sobre este mundo que también fue nombrado por ti, llevándote a tales reconocimientos de los que más tarde resultó que no eran ciertos, pero te ayudaron a progresar en el curso de tu evolución; tu desarrollo, avanzando a saltos y brincos aparentes, reforzó tu especie sobre la Tierra y la hizo crecer, te reuniste en hordas, construiste sociedades, creaste civilizaciones, también fuiste capaz del milagro de no extinguirte, aunque esa posibilidad también existía, pero una vez más te pusiste de pie sobre tus dos piernas, luego, como homo habilis, fabricaste herramientas de piedra, y también supiste cómo usarlas, luego como homo erectus, descubriste el fuego, y luego, por un pequeño detalle—en contraste con el chimpancé, tu laringe y paladar blando no se tocan—te fue posible dar origen al lenguaje, en paralelo al desarrollo del centro del habla del cerebro; te sentaste con el Señor de los Cielos, si podemos creer los pasajes silenciados del Antiguo Testamento, te sentaste con Él, y diste nombre a todas las cosas creadas que Él te mostró, luego inventaste la escritura, pero para entonces ya eras capaz de razonamientos filosóficos, primero conectaste los acontecimientos, luego los separaste de tus creencias religiosas; refiriéndote a tu propia experiencia, inventaste el tiempo, construiste vehículos y barcos, vagaste por lo Desconocido en la Tierra, saqueando todo lo que podía ser saqueado, comprendiste lo que significaba concentrar tu fuerza y tu poder, cartografiaste planetas considerados inalcanzables, y para entonces ya no considerabas al Sol como un Dios ni a las estrellas como determinantes del destino, inventaste, o más bien modificaste la sexualidad, los roles de hombres y mujeres, y muy tarde, aunque nunca es demasiado tarde, descubriste el amor para ellos, inventaste los sentimientos, la empatía, las diferentes jerarquías de la adquisición del conocimiento, y finalmente volaste al espacio, dejando atrás a los pájaros, luego volaste a la Luna, y diste tus primeros pasos allí, inventaste armas capaces de volar la Tierra entera muchas veces, y luego inventaste ciencias de manera tan flexible que el mañana tiene prioridad y mortifica lo que solo puede imaginarse hoy, y creaste arte desde los dibujos en las cavernas hasta La última cena de Leonardo, desde el mágico y oscuro hechizo del ritmo hasta Johann Sebastian Bach, finalmente, de acuerdo con el progreso histórico, tú, con total y absoluta repentina, comenzaste a no creer ya en nada, y, gracias a los dispositivos que tú mismo inventaste, destruyendo la imaginación, solo te queda ahora la memoria a corto plazo, y así has abandonado la noble y común posesión del conocimiento y la belleza y el bien moral, y ahora estás listo para salir a las llanuras, donde tus piernas se hundirán, no te muevas, ¿vas a ir a Marte? en cambio: no te muevas, porque este barro te tragará, te arrastrará al pantano, pero fue hermoso, tu camino a través de la evolución fue impresionante, solo que, lamentablemente: no puede repetirse.

 

III.

Ah, basta de dignidad humana.

Hablemos mejor de la rebelión.

Intenté abordar esto en mi libro El mundo continúa, pero como no estoy satisfecho con lo que escribí, lo intentaré de nuevo. A principios de la década de 1990, en una tarde húmeda y bochornosa, estaba en Berlín, esperando en una de las paradas del U-Bahn en el nivel inferior. Los andenes, como en todo el sistema U-Bahn, estaban dispuestos de modo que en el punto de partida de la dirección correcta de viaje, a solo unos metros de donde el tren continuaba su trayecto por el túnel, había instalado un gran espejo equipado con luces de señalización, en parte para ayudar al conductor a ver toda la longitud del tren y en parte para indicar con precisión dónde, exactamente hasta el centímetro, debía detenerse la parte delantera del tren, temporalmente, mientras los pasajeros bajaban y subían, después de haber llegado. El espejo era, por supuesto, para el conductor, mientras que la luz roja indicaba ese punto perpendicular a las vías donde el conductor debía detenerse para que los pasajeros pudieran subir y bajar con seguridad, momento en el que estas, es decir, las luces, una vez completado el embarque y desembarque, se ponían en verde y el U-Bahn podía continuar su trayecto por el túnel—en mi caso, hacia Ruhleben. Además de un cartel advirtiendo de la necesidad de evitar accidentes y respetar las normas, se había pintado en el suelo una línea amarilla gruesa y muy visible entre la columna que sostenía las luces de señalización y la entrada al túnel, esta línea amarilla servía para indicar que, aunque el andén continuara unos metros más, como lo hacía, el viajero no debía cruzar esta línea amarilla bajo ninguna circunstancia, de modo que aquí—como en cada estación—había una zona estrictamente prohibida entre esta línea amarilla y la entrada al túnel donde una persona, es decir, un viajero, no debía, bajo ninguna circunstancia, poner un pie. Esperaba que el tren llegara desde la dirección de Kreuzberg, y de repente noté que había alguien en esta zona prohibida. Era un mendigo, que—con la espalda encorvada por el dolor, el rostro, en ese dolor, ligeramente vuelto hacia nosotros, como alguien que cuenta con la compasión—intentaba orinar en la pasarela sobre las vías. Se podía ver que orinar le causaba un gran sufrimiento, ya que solo podía liberarse gota a gota. Para cuando comprendí plenamente lo que estaba ocurriendo, las personas a mi alrededor también se dieron cuenta de qué tipo de incidente inusual estaba perturbando la tarde en nuestro nombre. De repente y generalmente, casi de manera palpable, se formó la opinión unánime de que esto era un escándalo, y este escándalo debía terminar de inmediato, este mendigo debía irse, y debía restablecerse la validez de la línea amarilla pintada. No habría habido problema si el mendigo hubiera podido terminar, volver entre nosotros, luego subir las escaleras al nivel superior, pero este mendigo no terminó, presumiblemente porque no pudo terminar, y lo que acercó aún más este evento al problema fue que en el andén opuesto apareció de repente un policía que, llamando desde allí, casi cara a cara con el mendigo, se dirigió decididamente al infractor, diciéndole de inmediato que cesara lo que estaba haciendo. Estas estaciones del U-Bahn—una vez más, por motivos de seguridad—están construidas de modo que los trenes que se mueven en direcciones opuestas, llegando a una determinada parada y luego continuando, están separados entre sí, es decir, los dos juegos de vías están situados en una zanja de aproximadamente diez metros de ancho y casi un metro de profundidad, de modo que si un pasajero quisiera reconsiderar su viaje, deseando pasar de un andén que sirve a trenes que llegan en una dirección a otro andén donde los trenes van en otra dirección, entonces este pasajero solo podría hacerlo caminando hasta la escalera al final del andén, subiendo las escaleras al nivel superior, cruzando el pasillo sobre las vías hasta el otro lado, luego bajando las escaleras, y solo así podría llegar al andén del tren que de repente desea tomar, mientras que, por supuesto, nunca podría simplemente saltar a la zanja con sus dos juegos de vías y atravesar esos diez metros caminando sobre las vías, no, esto, si es posible distinguir grados de prohibición, estaba aún más prohibido, además de ser, por supuesto, potencialmente mortal, y expreso este hecho obvio con tanto detalle porque el mencionado y visiblemente enfurecido policía—preservando algo de su dignidad, pero haciendo uso de su mandato y benevolencia—ciertamente tendría que usar la misma ruta, es decir, tendría que dirigirse hacia las escaleras que llevan al pasillo superior en el otro andén, luego, subiendo estas escaleras, tendría que correr hacia este lado y bajar las escaleras, llegando finalmente a donde estábamos.

Este era el precedente, que obligaba también al policía a seguirlo, porque desde el momento en que notó al mendigo, gritó varias veces con su propia voz hueca y aguda, pero en vano, ya que el mendigo no le prestó atención, su cabeza aún vuelta hacia nosotros, mirándonos con una mirada invariablemente reflejo de su tortura, mientras las gotas de orina seguían cayendo sobre las vías; realmente, un insulto sin igual a las normas, al orden, a las leyes y al sentido común, es decir, que este mendigo no prestó atención al policía, y, para emplear una expresión que probablemente el propio policía habría usado: actuó como si fuera sordo, lo que causó un dolor particular a este policía.

Por supuesto, el mendigo había incluido al policía en sus cálculos, que debido a su dolorosa ventaja, el policía sería más rápido que él, y que de ninguna manera—ni por su propia voluntad ni por la voluntad de la naturaleza—podría poner fin a esta actividad prohibida a tiempo, por lo tanto, cuando notó que el policía se apresuraba, de hecho, corría en el otro andén para llegar al aún distante nivel superior en la cima de las escaleras, cruzar sobre las vías, luego bajar aquí a nuestro lado y agarrar a este mendigo por la oreja, el mendigo, gimiendo, con enorme dificultad, dejó lo que estaba haciendo y comenzó a huir en nuestra dirección para llegar lo antes posible a la escalera más cercana que subía y luego desaparecer de alguna manera.

Fue una competencia horrenda. Todos los que estábamos en nuestro andén guardamos completo silencio cuando el mendigo partió, porque era inmediatamente evidente que esta huida no conduciría a nada, porque el viejo mendigo comenzó a temblar por todo el cuerpo; sus piernas y su cerebro, que dirigía sus piernas, parecían ya no funcionar correctamente, de modo que mientras observaba al policía en el otro lado tratando de llegar al pasillo superior—¡metro a metro!—el mendigo, en nuestro andén, solo podía avanzar centímetro a centímetro y solo con un esfuerzo horroroso, agitando los brazos, mientras el policía también, él también miraba esos diez metros que los separaban. Estos diez metros significaban una tortura pesada para el policía, un obstáculo inmerecido y punitivo, mientras que de nuestro lado, esos mismos diez metros significaban demora, una demora que en sí misma llevaba el aliento sin sentido, pero manifiesto, de que el mendigo aún podría escapar de la acusación obvia que seguiría. Viendo el asunto desde el punto de vista del policía, él mismo representaba la ley, el Bien sancionado por todos y por tanto obligatorio ante el infractor, este repudiador de lo racional juzgado por todos—en otras palabras, el Malvado. Sí, el policía representaba el Bien obligatorio, pero en ese momento dado era impotente, y dentro de mí, mientras, humillado, observaba esta competencia inhumana entre metros y centímetros, sucedió que mi atención de repente se volvió agudísima, y esta atención agudísima hizo que el momento se detuviera. El momento se detuvo exactamente cuando se notaron mutuamente: el buen policía percibió que el malvado mendigo estaba orinando en la zona prohibida, y el malvado mendigo vio que, para su propia desgracia, el buen policía había visto lo que estaba haciendo. Había en total diez metros entre ellos, el policía había agarrado su porra, y antes de poder empezar a correr, se detuvo en seco, oh, había una fuerza infinita, pero interrumpida, en este movimiento, sus músculos estaban tensos, listos para saltar, porque por un momento, le cruzó por la mente: ¿y si simplemente saltaba esos diez metros?, mientras que del otro lado, aún bajo la protección de esos diez metros, el mendigo agitaba los brazos y temblaba en su doble indefensión. Aquí mi atención se detuvo, y aquí ha permanecido hasta hoy mientras pienso en esa imagen, ese momento en que el policía enfurecido, blandiendo su porra, comienza a correr tras el mendigo, es decir, ese momento en que el Bien obligatorio comienza a correr hacia el Mal que emerge una vez más disfrazado de mendigo, además, no simplemente hacia el Malvado, sino, por la conciencia e intención de este acto, hacia el Mal mismo, y de este modo, en este cuadro congelado que veo continuamente, y veo incluso hoy, al que se apresura en el andén lejano, sus pasos rápidos llevándolo metro a metro, y, de nuestro lado, veo al culpable, gimiendo, temblando, impotente, casi paralizado por el dolor, pues quién sabe cuántas gotas de orina quedaban en ese cuerpo, avanzando centímetro a centímetro—sí, veo que en esta competencia el Bien todo por diez metros nunca atrapará al Mal, porque esos diez metros nunca podrán ser superados, y aunque este policía pueda atrapar a este clochard cuando el tren retumbe en la estación, a mis ojos esos diez metros son eternos e inconquistables, porque mi propia atención solo percibe que el Bien nunca atrapará al Mal que agita los brazos, porque entre el Bien y el Mal no hay esperanza, ninguna en absoluto.

Mi tren me llevó hacia Ruhleben, y no pude sacarme de la cabeza ese temblor y ese agitar de brazos, y de repente, como un relámpago, la pregunta cruzó mi mente: este mendigo y todos los demás parias, ¿cuándo se rebelarán finalmente—y cómo será esa revuelta?

Quizás será sangrienta, quizás será despiadada, quizás terrible, como cuando un ser humano masacra a otro—entonces aparto el pensamiento, porque digo que no, la rebelión en la que pienso será diferente, porque esa rebelión será en relación con el todo.

Damas y caballeros, toda rebelión es en relación con el todo, y ahora que estoy ante ustedes, y mis pasos en esa habitación en torre en casa empiezan a ralentizarse, una vez más ese viaje a Berlín en el U-Bahn hacia Ruhleben resplandece dentro de mí. Una estación iluminada tras otra pasa deslizándose, no bajo en ninguna parte, desde entonces he estado viajando en ese U-Bahn por el túnel, porque no hay parada donde pueda bajar, simplemente veo las estaciones pasar deslizándose, y siento que he pensado en todo, y he dicho todo sobre lo que pienso de la rebelión, sobre la dignidad humana, sobre los ángeles, y sí, tal vez sobre todo—incluso la esperanza.


László Kraznahorkai

Discurso completo. Entrega Premio Nobel de Literatura 2025