17.11.25 Lisboa. Fotografía: César Barrio
Lisboa, el aire alto, muy alto, en todas sus colinas. delgado el aire, un poco frío, en este mes de mayo que súbitamente marcea. El agua lame lentamente el muelle del Terreiro do Paço. Al igual que otras veces, camino por las calles de esta ciudad como si hubiera estado siempre en ella.
Me sucedió la primera vez; me dije: "Has estado siempre". Nada parece haber cambiado aún de modo irreparable. Se siente en cada esquina la memoria difusa de ya haberla doblado. ¿Cuándo? No sabemos. Pero ya habíamos estado aquí antes de haber venido nunca. Igual que ya estuviéramos, antes de estar jamás, en la Praga de Kafka o en el Trieste de Svevo, capitales de la modernidad de Europa, como Lisboa, la Lisboa de Fernando Pessoa, la Lisboa de la Rua da Prata, de la Rua dos Douradores, de la Rua dos Fanqueiros, la Rua Augusta, la Baixa Pombalina, el Chiado, la Rua Garret, La Brazileira. "Otra vez vuelvo a verte, Lisboa y Tajo y todo", había escrito memorablemente Álvaro de Campos, quizá el personaje más fuerte de la infinita multiplicación que de sí mismo hizo fernando Pessoa.
Y así el paseo por Lisboa es una lenta inmersión en el recuerdo de lo que nunca, en realidad, vivimos, el más tenaz de los recuerdos, inmersión radical de la melancolía.
Divago, me sumerjo, vuelvo a salir a la superficie. ¿Soy –y tal vez fuera congruo en este caso– un ente de ficción –por quién creado– o un sencillo fantasma? "Fantasma errante en salas de recuerdos", dice otra vez la voz de Álvaro de Campos. ¿Una ciudad, una tradición, una literartura?
José Ángel Valente
Tabucchi, Lisboa, la memoria

