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Deixarei os jardins a brilhar com seus olhos
detidos: hei-de partir quando as flores chegarem
à sua imagem. Este verão concentrado
em cada espelho. O próprio
movimento o entenebrece. Chamejam os lábios
dos animais. Deixarei as constelações panorâmicas destes dias
internos.
Vou morrer assim, arfando
entre o mar fotográfico
e côncavo
e as paredes com as pérolas afundadas. E a lua desencadeia nas grutas
o sangue que se agrava.
Está cheio de candeias, o verão de onde se parte,
ígneo nessa criança
contemplada. Eu abandono estes jardins
ferozes, o génio
que soprou nos estúdios cavados. É a dor que me leva
aos precipícios de agosto, a mansidão
traz-me às janelas. São únicas as colinas de ar
palpitando fechado no espelho. É a estação dos planetas.
Cada noite é um abismo atómico.
E o leite faz-se tenro durante
os eclipses. Batem em mim as pancadas do pedreiro
que talha no cálcio a rosa congenital.
A carne, sufocam-na os astros profundos nos casulos.
O verão é de azulejo.
É em nós que se encurva o nervo do arco
contra a flecha. Deus ataca-me
na candura. Fica, fria,
esta rede de jardins diante dos incêndios. E uma criança
dá a volta à noite, acesa completamente
pelas mãos.
Herberto Helder
Ou o poema contínuo
Dejaré los jardines brillando con sus ojos
detenidos: he de partir cuando las flores lleguen
a su imagen. Este verano concentrado
en cada espejo. El propio
movimiento lo entenebrece. Arden los labios
de los animales. Dejaré las constelaciones panorámicas de estos días
internos.
Voy a morir así, jadeando
entre el mar fotográfico
y cóncavo
y las paredes con las perlas hundidas. Y la luna desencadena en las grutas
la sangre que se agrava.
Está lleno de candiles, el verano de donde se parte,
ígneo en ese niño
contemplado. Abandono estos jardines
feroces, el genio
que sopló en los estudios excavados. Es el dolor el que me lleva
a los precipicios de agosto, la mansedumbre
me trae a las ventanas. Son únicas las colinas de aire
palpitando cerradas en el espejo. Es la estación de los planetas.
Cada noche es un abismo atómico.
Y la leche se vuelve tierna durante
los eclipses. Golpean en mí los golpes del cantero
que talla en el calcio la rosa congénita.
La carne, la sofocan los astros profundos en los capullos.
El verano es de azulejo.
Es en nosotros donde se encorva el nervio del arco
contra la flecha. Dios me ataca
en la candidez. Queda, fría,
esta red de jardines ante los incendios. Y un niño
da la vuelta a la noche, completamente encendido
por las manos.
Herberto Helder
O el poema continuo

