El sonido de la lluvia en el limonero era diferente del sonido de la lluvia en el naranjo. Y el sonido de la lluvia en el naranjo era diferente del sonido de la lluvia en el granado. Los nombres surgían cuando la lluvia comenzaba y desaparecían cuando la lluvia terminaba. Entre dos sonidos, simultáneamente, hay algo que se niega, o se esconde. ¿Los restos? Todavía hoy, cuando llueve, el viejo pasea entre los árboles para ver si consigue, para oír si consigue, para sentir en la piel de la cara si consigue. ¿Qué está ahí haciendo? le pregunta una criatura. ¿Quién? He olvidado tu nombre. ¿Un nombre que se ha olvidado es falta de un nombre? Un nombre es la falta de todos los nombres. Pero un nombre que falta, ¿qué es?
El cuerpo de un tumulto. Empujado (arrojado) de un lado para otro. El aprendizaje de lo provisional. Del ruido incesante que lo atraviesa. De la pérdida. Y en él todas las pérdidas son absolutas. La casa fue la primera cosa que aprendió a perder, reconstruyéndola, día a día, hasta que nada quedara, vigilado por una mirada sin retorno. Veía hasta el final, hasta el fondo, que era seguir viendo, ojos desorbitados, labios entreabiertos, húmedos de saliva, el pelo ralo. Todavía no sabía hablar porque ninguna palabra era suya. Las manos apartaban, las manos no querían, en el regazo de quien la obstinada negativa, el miedo de ver, que era alejarse todo cada vez más. Fue el primer aprendizaje: no haber medida: se mira y es interminable.
Rui Nunes
Bajo continuo

