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5.7.25

Gego
 





Los arquitectos del Gran Rey, con el encargo de construirle un palacio cuadrado de mil codos por lado, se dirigen al terreno. Es medida una línea base A–B, pero al medirla varias veces por seguridad, nunca se obtiene la misma longitud. Además, al intentar medir de B a A, se obtiene que A–B ≠ B–A. Todos los valores de AB se encuentran entre p y p′. Todos los de BA entre q y q′. Se decide tomar una media. Pero cada lado da una media diferente. Además, los ángulos que se pretendían rectos también resultan decepcionantes. El mago había dicho: tu palacio no será jamás construido. Se había limitado a hacer perceptibles, con un pase de magia, las variaciones de los sólidos.


Paul Valéry

Fragmentos narrativos



Os arquitectos do Grande Rei, com a encomenda de lhe fazer um palácio quadrado de mil côvados, de lado, dirigem-se ao terreno. É medida uma linha A-B de base, mas ao medi-la várias vezes por segurança, não se encontra nunca o mesmo comprimento. Além disso, tentando medir B-A, obtém-se A-B ≠ B-A. Todos os números AB compreendidos entre p e p'. Todos os BA entre q e q'. Decide-se assentar numa média. Mas cada lado dá uma média diferente. Além disso, os ângulos que se pretendiam rectos são igualmente decepcionantes. O mágico tinha dito: o teu palácio nunca será construído. Tinha-se limitado a tornar sensíveis por um passe de magia as variações dos sólidos.


Paul Valéry

Fragmentos narrativos

14.6.25

Mapas de Navegación, Indonesia

Historisk Museum, Oslo




Escribir no tiene nada que ver con el sentido. Tiene que ver con la topografía y la cartografía, incluida la cartografía de los países que están por venir.


Writing has nothing to do with meaning. It has to do with landsurveying and cartography, including the mapping of countries yet to come.


En una estructura topológica las distancias no cuentan. Ahora bien, ¿qué pasa desde este punto de vista cuando se descubre el cerebro como estructura topológica? Lo que pasa a primer plano es una relación topológica entre el afuera y el adentro. O diría también, un contacto independiente de la distancia. O si prefieren, copresencia, aplicación del adentro y el afuera, pero también del futuro y el pasado, de lo vacío y lo lleno, del derecho y el revés, del negro y el blanco, del cosmos y el cerebro. Es el cerebro-cosmos.


Hay que conversar esta fórmula de lo vacío y lo lleno. ¿Acaso hay algo más lleno que una imagen vacía en cine? Un espacio vacío de Antonioni es una imagen llena. Una imagen de cielo vacío de Godard es una imagen llena. ¿Llena de qué? Lo fundamental ya no es un eje de integración/diferenciación, sino una copresencia de un afuera absoluto y un adentro absoluto, de un vacío y un lleno, de un derecho y un revés, etc.


Gilles Deleuze

16.12.22

 

Procesión, 1400. Taller de Rogier van der Weyden



Me refiero al siglo XV, una época en la que se formaliza, ya sin retorno, la necesidad de escindirse de la realidad para crear una propia, que también defraudará. Lo moderno es, en parte, esta continua forja de universos personales y la inherente desilusión que sigue tras comprobar su precariedad.


Una vez escribí que el canto es la parte alta del mundo, la metáfora de lo que hablamos a pie de calle, una manera de admitir que en nosotros siempre queda un resto del pasado. Cantar, en cierto modo, es conceder que tuvimos un paisaje, una región, que, sin darnos cuenta, hemos perdido. Quien sospecha que el canto consiste en la deuda de haberse alejado entenderá por qué la voz va e pos de lo que reconoce. Una canción está hecha de consentimientos, de cautelas, de aquella sonoridad que un día se apagó en lo que creíamos había transcurrido y que, de pronto, se recobra.

El que decide cantar distingue pronto el dolor ajeno y lo restaña, hace del momento un universo exacto, el instante en que los seres se imaginan a resguardo del tiempo.


Luigi Nono decía en La nostalgia del futuro que el músico se metamorfosea en el ser errante de un espacio que él mismo ha creado. Y llevaba razón.


La resonancia, la vibración que cruza una nave arquitectónica o la bóveda de un paladar son la prueba de que lo interior vive consonante con aquello que, de un modo u otro, y no sabemos en qué momento, se nos ha dicho y hemos olvidado: la superposición de mundos e imágenes, los pliegues que conforman la conciencia, el azar, su repentino desdoblamiento, por el que se percibe la multiplicidad, el acorde que cuestiona el uno que creemos ser.


La tarea de los antiguos compositores y de los cantores fue, en cierta medida y por contradictorio que parezca, convertirse en los custodios de un silencio frente a algo que se desgaja y ensordecía a las puertas de una época cada vez más ruidosa y enfebrecida en sus ganancias y conquistas.


El contrapunto vino expresado por una simultaneidad de melodías definidas e independientes, tan ricas en su conjunción que podríamos hablar de una asombrosa música arquitectónica. La sensación de espacialidad conseguida por el nuevo arte fue tan acentuada y sorprendente que, por primera vez, se hizo posible "entrar" físicamente en ese tejido de sonoridades, como si cruzásemos el umbral para acceder al interior de un edificio.

Existe, también en la música, un interior y un exterior. Recogimiento y cosmos.

Aquella envolvente conjugación de voces y su efecto tridimensional no en vano coincide con la aparición de la perspectiva lineal elaborada por Brunelleschi, que subyugó a los artistas más dotados, como el malogrado Masaccio, el también innovador Domenico Veneziano, y, por supuesto, Piero della Francesca, que murió el mismo día en que Colón puso el pie en tierra americana. Otro pintor al que vuelvo siempre, Paolo Ucello, llegó a obsesionarse hasta tan punto con esta scoperta que decidió dejar a un lado la pintura para entregarse en cuerpo y alma a la especulación de la técnica de ese conjunto de líneas que parten de un punto de fuga desde el que conseguir, así lo entendía Ucello, un presente más real.


Inconformes, deseamos que la realidad ofrezca más. No aprendemos, por eso se lo exigimos. Es una de las causas de la infelicidad. Pese a ello, en el terreno de la creación, el descontento del artista es un incentivo, o por mejor decir: es una semilla. La mentalidad de aquellos compositores centrados en la búsqueda de un efecto volumétrico estaba instigada por un anhelo de veracidad, por el estímulo de una sensación, lo más auténtica posible, de entrada en lo real, tan propia del que piensa que lo ha hecho suyo.

El prestigio que hoy ha alcanzado la virtualidad tiene que ver, en parte, con aquella apropiación espacial que buscaba un mundo en el mundo.

Si la música fue habitable, por continuar con la metáfora, se debió a que los compositores llegaron a elaborar una idea de armonía desconocida hasta entonces. Decir armonía -no en el sentido que adquirió más tarde- equivalía a posibilitar esa tercera dimensión y a proponer un trato distinto a la composición polifónica, que ya no se detenía en el acorde, sino en una minuciosa y artesana relación de acordes que, a la manera de unos prismas giratorios, iban engranándose a lo largo de la partitura, como si se tratara del mazzocchio de Ucello o de las ingeniosas creaciones de Theo Jansen que hoy deambulan, insólitas, por las costas de Holanda.






Un cúmulo tan notable de pasado, por decirlo así, le facilitó el acceso a una polifonía "más geométrica, más perfilada y rítmica", y consiguió de este modo una sensación "multidimensional" del sonido. ¿Multidimensional? No es algo sorprendente. Ligeti ansiaba, como los maestros de antaño, bien lo sabemos, una sensación espacial, "una ilusión acústica que sugiere una profundidad de campo", que, si la música, por naturaleza, no posee, la simula y hace, con ello, que en el oído se produzca un "Trompe l´oeil auditivo". Esta trama de líneas tan bien trazada, tan meditada genera en la mente la percepción de una imagen "estereoscópica", como la llamó el músico húngaro.

Es costumbre señalar que los compositores del siglo XV ya habían empezado a pensar en el futuro. Pero el futuro, para ellos, era, sobre todo, la necesidad de decir.


Ramón Andrés

La bóveda y las voces

4.11.22

Untitled, 2010. Károly Keserü



Hay un vértigo taxonómico.Yo lo siento cada vez que mis ojos ven un índice de la Clasificación Decimal Universal (C. D. U.). No sé por qué sucesión de milagros hemos llegado, en casi todo el mundo a convenir que:


668.184.2.099

designaría el acabado del jabón de tocador y

629.1.018-465

las alarmas para vehículos sanitarios, mientras que:

621.3.027.23

621.436:382

616.24-002.5-084

796.54

913.15


designan respectivamente las tensiones que no sobrepasan los 50 voltios, el comercio exterior de los motores Diesel, la profilaxis de la tuberculosis, el camping y la geografía antigua de la China y del Japón.


Georges Perec

Pensar/Clasificar

29.5.22


 


Lisboa


Digo: 

"Lisboa"

Cuando cruzo -viniendo del sur- el río

Y la ciudad a la que llego se abre como si de mi nombre naciese

Se abre y se yergue en su extensión nocturna

En su largo brillar de azul y río

En su cuerpo apilado de colinas:

La veo mejor porque la digo

Todo se muestra mejor porque digo

Todo muestra mejor su estar y su carencia

Porque digo

Lisboa con su nombre de ser y de no ser

Con sus meandros de asombro insomnio y hojalata

Y su secreto relucir de cosa de teatro

Su cómplice sonrisa de máscara y de intriga

Mientras que el ancho mar hacia occidente se dilata

Lisboa oscilando como una gran barca

Lisboa cruelmente construida a lo largo de su propia ausencia


Dido el nombre de la ciudad:

Lo digo para ver


Sophia de Mello Breyner

Lo digo para ver

7.10.21

Paco Carreño



El diccionario de lo que no existe


Lo que se edita con más agobio y constancia son los diccionarios.

Encontrar materia para un nuevo diccionario es como meter el caño en un yacimiento de petróleo y ver surgir la riqueza. 

Pero el diccionario que se echa de menos, el que podría ser una lección maravillosa, en vez de una redundancia de recopilaciones, es el diccionario de lo que no existe.

Da pena -sin dejar de admirarlo- el abrir un diccionario, para encontrarse lo que está repetido en todos los diccionarios y que fue tan difícil recopilar. Sin embargo, tenemos que discutir en los diccionarios su excesiva conformidad con lo real.

El diccionario de lo que no existe merecería la pena de hojearse, metiéndose en su intrincado bosque y encontrando lo que no está en los otros y lo que no es cosa triste de los escaparates callejeros de la vida.

El diccionario de lo que no existe revocaría la idea de amor y lo pondría en su banco de azar, dueño de sus decisiones y abnegado de efemeridad.

En ese diccionario habría las islas que no se sabe dónde están, pero que producen esponjas con ojos, es decir, esponjas que, en vez de tener vacías sus cien cuencas, tendrían ojos en todas ellas, y al apretarlas, en vez de aguas para baños de niños, chorrearían lágrimas verdaderas.

En tal diccionario estarían las biografías de los que pudieron existir y la sintomatología de las enfermedades que aún no están en la medicina.


Ramón Gómez de la Serna

Los muertos y las muertas

30.10.19

William Kentridge


No podemos detener los dibujos que se forman en el aire.
No podemos detener los dibujos que se descuelgan de la noche.
No podemos detener los dibujos que se nos incendian el pensamiento.

No sabemos quién traza esos dibujos.
No sabemos por qué esos dibujos adornan
estos vagos suburbios de la nada.
Ni siquiera sabemos si nuestros ojos sirven
para ver esos dibujos.

Pero el hecho que más nos sorprende
es que todas las cosas resulten incompletas,
ya que ninguna existe o se sostiene
sin la contemplación de estos dibujos.

No es raro entonces que estos dibujos nos parezcan
más perfectos que el aire,
más habitados que la noche,
más reales que el pensamiento.

Roberto Juarroz

28.5.18

Las pinturas rupestres más antiguas del mundo al norte de Australia. Las de Nawarla Gabarnmang, al oeste de las tierras de Arnhem, tienen una antigüedad 45.000 años.


Fue durante su etapa como maestro de escuela cuando Arkadi descubrió la existencia del laberinto de senderos invisibles que discurren por toda Australia y que los europeos llaman «Huellas de Ensueño» o «Trazos de la Canción»; en tanto que los aborígenes los denominan «Pisadas de los Antepasados» o «Camino de la Ley». Los mitos aborígenes de la Creación hablan de los seres totémicos legendarios que deambularon por el continente en el Tiempo del Ensueño, cantando el nombre de todo lo que se les cruzaba por delante —pájaros, animales, plantas, rocas, charcas— y dando vida al mundo con su canción. (...)
—Herir la tierra —respondió solemnemente— es herirte a ti mismo, y si otros hieren la tierra, te hieren a ti. La tierra debe permanecer intacta: tal como era en el Tiempo del Ensueño cuando los antepasados dieron vida al mundo con su canción. —Rilke —comenté— tuvo una intuición parecida. Él también dijo que la canción era la existencia. —Lo sé —asintió Arkadi, mientras apoyaba el mentón sobre las manos—, Tercer soneto a Orfeo. (...)
Para poder abordar el concepto del Tiempo del Ensueño, dijo, había que entender que éste es un equivalente aborigen de los dos primeros capítulos del Génesis, con una diferencia significativa. En el Génesis, Dios creó las «cosas vivas» y después plasmó al padre Adán con arcilla. Aquí, en Australia, los antepasados se crearon a sí mismos con arcilla, por centenares y millares, uno para cada especie totémica. —De modo que cuando un aborigen te dice: «Mi Ensueño es un Canguro Valaby», esto significa: «Mi tótem es Valaby. Soy miembro del Clan Valaby». —¿Así que un Ensueño es un emblema del clan? ¿Una divisa para distinguirnos a «nosotros» de ellos? ¿«Nuestro» territorio de «su» territorio? —Es mucho más que eso —respondió. Cada hombre Valaby creía descender de un padre Valaby universal, que era el antepasado de todos los otros hombres Valaby y de todos los Valaby vivientes. Los Canguros Valaby, por lo tanto, eran sus hermanos. Matar a uno de ellos para comerlo era al mismo tiempo un fratricidio y un acto de canibalismo. —Sin embargo —insistí—, ¿el hombre no era un canguro Valaby, así como los británicos no son leones, ni los rusos osos, ni los norteamericanos águilas calvas? —Cualquier especie —explicó Arkadi— puede ser un Ensueño. Un virus puede ser un Ensueño. Puedes tener un Ensueño varicela, un Ensueño lluvia, un Ensueño naranja del desierto, un Ensueño rojo. En los Kimberleys ahora tienen un Ensueño dinero. —Y los galeses tienen puerros, los escoceses cardos y Dafne se transformó en laurel. —La misma vieja historia de siempre —manifestó. A continuación explicó cómo se pensaba que, al desplazarse por el país, cada antepasado totémico había esparcido una huella de palabras y notas musicales a lo largo de la sucesión de sus pisadas, y cómo estos rastros de Ensueño estaban impresos sobre la tierra como «medios» de comunicación entre las tribus más distantes. —Una canción —dijo— era al mismo tiempo un mapa y un medio de orientación. Si conocías la canción, siempre podrías encontrar tu itinerario a través del país. —¿Y un hombre que echaba a andar, un «andariego», siempre marcharía a lo largo de uno de los Trazos de la Canción? —En los viejos tiempos, sí —asintió—. Ahora viajan en tren o automóvil.
—¿Y suponiendo que el hombre se apartara de su Trazo de la Canción? —Se convertiría en un intruso. Podrían clavarle una lanza por eso. —Pero mientras se ciñera al rastro, ¿siempre encontraría hombres que compartiesen su Ensueño? ¿Que eran, en verdad, sus hermanos? —Sí. —¿Y de los que podía esperar un trato hospitalario? —Y viceversa. —¿De modo que la canción es una suerte de pasaporte y de fuente de sustento? —Nuevamente, es más complicado que eso. En teoría, por lo menos, toda Australia se podía leer como una partitura musical. En el país casi no había una roca o un arroyo que no hubiera podido ser, o no hubiera sido, cantado. Tal vez se podría representar visualmente los Trazos de la Canción como unos spaghetti de Ilíadas y Odiseas que se enroscaban en todas direcciones y en los cuales cada «episodio» se podía leer en términos geológicos. —Por episodio —pregunté—, ¿entiendes un «lugar sagrado»? —Correcto. —¿Como los lugares que exploras para el ferrocarril? —Planteémoslo de esta manera —dijo—. En cualquier lugar de la sabana puedes señalar un elemento del paisaje y preguntarle al aborigen que te acompaña: «¿Qué historia tiene eso?», o «¿quién es ése?». Es posible que te conteste: «Un canguro», o «un periquito», o «un lagarto de cola de troncho». Depende de la identidad del antepasado que transitó por allí. —¿Y la distancia entre dos lugares de esos se puede medir como un fragmento de canción? —Ésa es la causa de todos mis conflictos con el personal del ferrocarril — respondió Arkadi. Una cosa era persuadir a un agrimensor de que una pila de piedras estaba compuesta por los huevos de una serpiente Abastor erythrogrammus o que una protuberancia de una rojiza piedra arenisca era el hígado de un canguro muerto de una lanzada. Y otra muy distinta era convencerlo de que un tramo monótono de gravilla era el equivalente musical del Opus III de Beethoven. Al dar vida al mundo mediante la canción, añadió, los antepasados habían sido poetas en el sentido original de poesis, que significa «creación». Ningún aborigen podía concebir que el mundo creado era de algún modo imperfecto. Su vida religiosa tenía un solo objetivo: conservar la tierra como era y como debía ser. El hombre que se convertía en «andariego» hacía un viaje ritual. Seguía las huellas de su antepasado. Entonaba las estrofas de su antepasado sin modificar una palabra ni una nota… y así recreaba la Creación. —A veces —prosiguió Arkadi— yo guío a mis «ancianos» por el desierto, y llegamos a una hilera de dunas de arena, y de pronto todos se ponen a cantar. «¿Qué es lo que cantáis a coro?», les pregunto, y me responden: «Levantamos el país con nuestro canto, jefe. Así se levanta más rápidamente». Los aborígenes no podían creer que el país existiera antes de que ellos lo hubieran visto y cantado… así como, en el Tiempo del Ensueño, el país no había existido hasta que los antepasados lo cantaron. —¿De modo que la tierra debe existir primeramente como un concepto mental? —inquirí—. ¿Después hay que cantarla? ¿Y sólo entonces se puede decir que existe? —Exactamente. —En otras palabras, ¿«existir» es «ser percibido»? —Sí. —Suena sospechosamente a la Refutación de la materia del obispo Berkeley. —O al budismo de la mente pura que también ve el mundo como una ilusión — manifestó Arkadi. —Entonces supongo que estos quinientos kilómetros de acero, que atraviesan incontables canciones, deben alterar necesariamente el equilibrio mental de tus «ancianos». —Sí y no —dijo—. Su configuración emocional es muy resistente, y son muy pragmáticos. Además, han visto cosas mucho peores que un ferrocarril. Los aborígenes creen que todas las «cosas vivas» han sido plasmadas en secreto bajo la corteza terrestre, lo mismo que todos los equipos del hombre blanco —sus aviones, sus armas de fuego, sus todoterreno Toyota— y todos los inventos futuros, que están adormecidos debajo de la superficie esperando su turno. —¿Quizá —sugerí— podrían devolver el ferrocarril, con su canción, al mundo creado, al mundo de Dios? —No lo dudes —dijo Arkadi.

Bruce Chatwin
Los trazos de la canción

28.11.17

¿Existe una conexión entre sonido, vibración y realidad física?


Cualquier objeto construido es como la figura de un tapiz hecho con hilos que van de un lado a otro de la urdimbre. Por leyes generativas, de conexión, y por el orden de elaboración, se crean figuras, cuya naturaleza revela un conjunto de variables: los hilos. Tiendo a pensar que un objeto no tiene principio ni fin.

Juan Navarro Baldeweg
Escritos

25.11.15

A Dip in the Lake: Ten Quicksteps, Sixty-two Waltzes, and Fifty-six Marches for Chicago and Vicinity1978. John Cage


Medidas

Supongo que, como todo el mundo, me siento atraído por los puntos cero: esos ejes y esos puntos de referencia a partir de los cuales pueden ser determinadas las posiciones y las distancias de no importa qué objeto del universo:

-el Ecuador
-el Meridiano de Greenwich
-el nivel del mar
o incluso ese círculo, situado en el atrio de Notre-Dame (desapareció, ¡ay!, con la construcción del aparcamiento y nadie ha pensado en colocarlo de nuevo en su sitio), a partir del cual se calculan todas las distancias de las carreteras de Francia.
Cuando iba de Túnez a Sfax me gustaba pasar delante del indicador (también desaparecido) que indicaba a qué distancia se encontraban Trípoli, Ben Ghazi, Alejandría y El Cairo.
Me gusta poder recordar que Pierre-Frangois-André Méchain, nacido en Laon en 1744, y Jean-Baptiste-Joseph Delambre, nacido e Amiens en 1749, fueron de Dunkerque hasta Barcelona únicamente para verificar la longitud del metro (parece que Méchain incluso se equivocó en sus cálculos).
Me gusta poder recordar que a media distancia de los caseríos de Frapon y de La Presle, comarca de Vesdun, provincia de Cher, se encuentra una placa que señala exactamente el centro de la Francia metropolitana.
Incluso aquí mismo, en este momento, no me sería absolutamente imposible determinar mi posición en grados, minutos, segundos, décimas y centésimas de segundo: alrededor de 49º de latitud norte, alrededor de 2º10´14´´4 al este del meridiano de Greenwich (o solamente unas fracciones de segundo al oeste del meridiano de París), y unas decenas de metros sobre el nivel del mar.
Hace poco he leído que en Inglaterra habían franqueado una carta cuya única dirección era una latitud y una longitud. El remitente era por supuesto, si no un geógrafo, al menos un agrimensor o agente del catastro, y el destinatario, es cierto, vivía solo en una casa lo suficientemente aislada como para ser efectivamente identificada. Lo cual no impidió que la carta llegara. El Postmaster general, equivalente británico del ministro de P. y T., hizo público un comunicado en el que expresaba la gran estima en que tenía a sus empleados, pero advertía que en el futuro tales direcciones no se tomarían en consideración; lo mismo ocurriría con las direcciones en verso: los empleados de Correos tienen otras cosas que hacer que resolver adivinanzas; el camino que recorre una carta desde su punto de origen hasta su punto de destino es una estricta cuestión de código: Mallarmé, Latis o la cartografía sólo pueden ser factores de ruido...
El espacio parece estar más domesticado o ser más inofensivo que el tiempo: en todos los sitios encontramos gente que lleva reloj, pero es muy raro encontrar gente que lleve brújula. Necesitamos saber la hora en todo momento (¿hay alguien todavía que sepa deducirla de la posición del sol?) pero nunca nos preguntamos dónde estamos. Creemos saberlo: estoy en mi casa, en la oficina, en el metro, en la calle.
Es evidente, por supuesto -pero, ¿hay algo que no lo sea? Sin embargo, de vez en cuando deberíamos preguntarnos dónde estamos: hacer balance: no sólo de nuestros estados de ánimo, de la salud, de las ambiciones, de las creencias y de las razones de ser, sino de la posición topográfica, y no tanto en relación con los ejes citados más arriba, sino más bien en relación con un lugar o un ser en el que podemos pensar. Por ejemplo, cuando en la parada de Invalides subimos al autobús que nos lleva a Orly, representarse la persona que vamos a esperar justo al pasar por la vertical de Grenoble, y mientras que el autobús va abriéndose un difícil camino en medio de los embotellamientos de la avenida Maine, tratar de figurarse el lento recorrido que podría hacerse por un mapa de Francia, la travesía de Ain, de Saône-et-Loire, de Nièvre y de Loiret... O también, en un momento preciso del día, interrogarse de un modo más sistemático sobre las posiciones que ocupan, los unos respecto a los otros y respecto a nosotros, algunos de nuestros amigos: enumerar las diferencias de nivel (los que como nosotros viven en un primer piso, los que viven en el quinto, en el once, etc.), las orientaciones, imaginar su desplazamiento en el espacio.

Georges Perec
Especies de espacios

25.3.15

Siempre que he ido a Jouy-le-Vicomte, he visto perfectamente un trozo de canal, y luego, al volver una calle, veía otro, pero entonces ya no veía el anterior. Por más que los juntara en mi cabeza, no eran muy grande la impresión que me hacían. Desde el campanario de Saint-Hilaire es otra cosa, es toda una red que envuelve la localidad. Sólo que no se distingue el agua, se diría grandes grietas que cortan tan bien la ciudad en cuartos que parece un brioche cuyos pedazos siguen juntos pese a estar ya cortados. Para hacer bien las cosas habría que estar al mismo tiempo en el campanario de Saint-Hilaire y en Jouy-le-Vicomte.

Marcel Proust
Por la parte de Swann. A la busca del tiempo perdido.

17.7.12



Saber desde donde pienso para aspirar a pensar certeramente.

El paraíso existe realmente en nuestra memoria arcaica y llega a suceder que, en el lapso de un relámpago, lo recordemos. De ahí la obsesión por ampliar ese relámpago a la dimensión de una consciencia habitable donde se vuelva a poner en marcha la dinámica de la autogénesis. La pérdida de ese paraíso de la prenatalidad donde el uno no falta al otro, la sufrimos como un vertiginoso vacío de memoria, un tormento infernal, una debilidad esencial cuyo culpable no dejamos de buscar: Dios, nuestra madre, el diablo, la sociedad o nosotros mismos. La apuesta de la escritura poética es cercar ese vacío de memoria inicial, formar un sólo cuerpo con el abismo a fin de que tenga el medio de encontrar sus lenguas.

Sobre esta falta de memoria del origen se desarrolló una civilización del desierto en que la representación se tomo por el suceso, la palabra por la cosa, después una palabra por otra. Camello de este desierto, el poeta encuentra hoy una legítimidad sin precedentes, con tal de que sea capaz no sólo de mantener sino de ir más allá del paso ganado por la civilización.

En el origen de la inteligencia está la pregunta:"¿Cómo hacer para sobrevivir?" ¿Cómo apropiarse del fuego del cielo, como mantenerlo en la Tierra, cómo ganárselo, domesticarlo? Nació después la imaginación alfarera. Arkhé y tékhne nunca estuvieron tan vitalmente asociadas como en la memoria panzuda del primer cuenco. Del primer cuento.

Después del cuenco para cocer lo crudo, viene el cuenco para conservar lo cocido. Lo improvisado de hoy como previsión del mañana. Todo hace pensar que la primera escritura fue a la vez el lugar en que captar lo vital del instante y en el que retener el conocimiento adquirido con vistas a transmitirlo. Nacimiento de la tradición en nombre del futuro. La historia nació cuando el peso del recuerdo fue mayor que la preocupación por sobrevenir. Cuando los ojos se volvieron más grandes que el vientre.

De la correspondencia entre el rayo del cielo y el fuego de la sangre, se concibió la Incógnita. Para recordarlo, cada uno ha de descifrar su palimpsesto.

Claire Lejeune
El libro de la hermana


11.6.11

Recopilación de textos sobre La red



Otros encontrarán la audacia
de hacerlo mejor y pintarán
con los pinceles los movimientos
del cielo, y dirán las estrellas
que nacen...

La Eneida, Libro VI




El aire está lleno de infinitas líneas rectas y resplandecientes, entrecruzadas y entretejidas sin que una obstruya jamás el recorrido de la otra, y representan para cada objeto la verdadera forma de su razón de ser.

L´aria e piena d´infinite linie rette e radiose insieme intersegate e intessute sanza ochupatione luna dellaltra represantano aqualunche obieto laurea forma della lor chagione.

Leonardo da Vinci



Ersilia, Berlin. Unurth Street art


En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros según indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los habitantes se van: se desmontan las casas; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos.
Desde la ladera de un monte, acampados con sus trastos, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.
Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se trasladan aún más lejos con sus casas.
Viajando así por el territorio de Ersilia encuentras las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.

Italo Calvino
Las ciudades invisibles



Composición, 1947. Isamu Noguchi


En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.
Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

Italo Calvino
Las ciudades invisibles



Paisaje III, 1996. Pablo Palazuelo

Antes he citado una frase de Kounellis queme permito hacer mía :"El oficio de pintor es la visión, y la pintura es sólo técnica".
Nosotros soñamos un sueño injertado en otro sueño más grande. Nuestra imaginación -que también piensa- puede descubrir algo de lo desconocido en ese otro sueño. En el taller se producen situaciones en las que la imaginación en plena acción se sumerge. Después uno pensará en el ilimitado océano de energía, como dijo Bohm, y en la energía de las formas.
Efectivamente, lo psíquico en el hombre y lo psíquico en el universo danzan juntos. Las formas geométricas, así como las energías que por ellas o a través de ellas se manifiestan, se hallan tanto fuera del hombre como en él. Éste puede utilizarlas para porvocar las operaciones en ellas latentes y transmitirlas. El artista da cuerpo, da forma gráfica a esas energías con las cuales resuena: puesto que son energías arquetípicas, es decir, que también forman parte de la psique del hombre. Todo esto no se puede considerar como un sentir de la imaginación únicamente, porque se trata de fenómenos ya investigados por la ciencia, que confirma así los presentimientos de la imaginación.
Déjeme volver a esta frase de Paul Klee cuando nos habla de "una línea que sueña". La línea ve y se abre nuestra visión, pero, al mismo tiempo, nuestra capacidad de ver de esa manera aumentada, impulsa la visión de la línea. Cuando nuestro soñar, nuestra visión, desvaría, nuestras líneas vagan desorientadas porque ya no comprendemos, y nuestros sueños se pierden en su deambulación a través de las orientaciones innombrables del espacio. Es el laberinto. La línea puede hacer visible lo invisible. La línea sería vehículo de energías que proceden del trasfondo de la materialidad. La energía toma cuerpo, forma, para conformar el mundo. El artista traza las líneas -vuelve a soñar con aquellas energías-, que son la huella de aquel acorde.
Es posible que la línea en tanto que grafismo humano no sea capaz de comprender totalmente la forma, pero la línea es una imagen arquetípica que describe el movimiento del punto (número-unidad), a través del espacio. Como ya he dicho, en palabras de Jung "el número es gráfico", y tanto el número como las líneas estaban antes que el hombre y estarán después.
El laberinto es por eso el lugar o conformación cuya capacidad para la generación de formas es abismal, no tiene límite.
Aunque todavía no podamos saberlo, yo creo que el universo no tiene límites, las fronteras son interiores: algunas son reales, otras son imaginadas, soñadas por el hombre. Dentro de los límites interiores, la imaginación trata de ver más allá para alcanzar una comprensión más profunda y más completa del universo.
La geometría siempre ha sido un lenguaje para la comprensión del mundo. Y mi forma concreta de operar con la geometría ha significado para mí el descubrimiento de otro lenguaje que aporta otras imágenes y que al mismo tiempo promueve e impulsa la capacidad de ver.

Conversación con Pablo Palazuelo, mantenida y transcrita por Kevin Power



Los 64 hexagramas del IChing o Libro de los cambios


Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

Jorge Luis Borges.
Buenoa Aires, 31 de octubre de 1960. 



 Gráfico de Walk2web



Entramado de calles aleatorio, La geometría fractal. B. Mandelbrot


Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas transversales enla cara interior de las piernas; otras anulares se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra.

Jorge Luis Borges
La escritura de Dios. El aleph



Exposición surrealista, Nueva York, 1942.


Nota de presentación del texto
 
Conozco de sobra las trampas de la memoria, pero creo que la historia de este "capítulo suprimido" (el 126) es aproximadamente la que sigue.
Rayuela partió de estas páginas; partió como novela, como voluntad de novela, puesto que existían ya diversos textos breves (como los que dieron luego los capítulos 8 y 132) que estaban buscando aglutinarse en torno a un relato. Sé que escribí de un tirón este capítulo, al que siguió inmediatamente y con la misma violencia el que luego se daría en llamar "del tablón" (41 en el libro). Hubo así como un primer núcleo en el que se definían las imágenes de Oliveira, de Talita y de Traveler; bruscamente el envión se cortó, hubo una penosa pausa, hasta que con la misma violencia inicial comprendí que debía dejar todo eso en suspenso, volver atrás en una acción de la que poca idea tenía, y escribir, partiendo de los breves textos mencionados, toda la parte de París. 
De ese "lado de allá" salté sin esfuerzo al de "acá", porque Traveler y Talita se habían quedado como esperando y Oliveira se reunió llanamente con ellos, tal como se cuenta en el libro; un día terminé de escribir, releí la montaña de papeles, agregué los múltiples elementos que debían figurar en la segunda manera de lecturas, y empecé a pasar todo en limpio; fue entonces, creo, y no en el momento de la revisión, cuando descubrí que este capítulo inicial, verdadera puesta en marcha de la novela como tal, sobraba.
La razón era simple sin dejar de ser misteriosa: yo no me había dado cuenta, a casi dos años de trabajo, que el final del libro, la noche de Horacio en el manicomio, se cumplía dentro de un simulacro equivalente al de este primer capítulo; también allí alguien tendía hilos de mueble a mueble, de cosa a cosa, en una ceremonia tan inexplicable como obvia para Oliveira y para mí. De golpe ya el viejo primer capítulo se volvía reiterativo, aunque de hecho fuese lo contrario; comprendí que debía eliminarlo, sobreponiéndome al amargo trago de retirar la base de todo el edificio. Había como un sentimiento de culpa en esa necesidad, algo como una ingratitud; por eso empecé buscando una posible solución, y al pasar en limpio el borrador suprimí los nombres de Talita y de Traveler, que eran los protagonistas del episodio, pensando que el relativo enigma que así lo rodearía iba a amortiguar el flagrante paralelismo con el capítulo del loquero. Me bastó una relectura honesta para comprender que los hilos no se habían movido de su sitio, que la ceremonia era análoga y recurrente; sin pensarlo más saqué la piedra fundamental, y por lo que he sabido después la casita no se vino al suelo.
Hoy que Rayuela acaba de cumplir un decenio, y que Alfredo Roggiano y su admirable revista nos hacen a ella y a mí un tan generoso regalo de cumpleaños, me ha parecido justo agradecer con estas páginas, que nada pueden agregar (ni quitar, espero) a un libro que me contiene tal como fui en ese tiempo de ruptura, de búsqueda, de pájaros.

Julio Cortázar
Saignon, 1973.



   Empezó porque después de tomar el último trago de café.              hizo la señal pero lo miró inexpresivamente y fue a buscar el diario para leer las columnas necrológicas como corresponde después del café             esperó un momento y dijo que iba a hacer más café porque se había quedado con ganas de tomar café de verdad y no el jugo blanquecino que preparaba             so pretexto de que ya casi no quedaba café molido en la lata azul. A esto             contestó con una mirada igualmente blanquecina, y cuando              le hizo otra vez la señal, los ojos se dejaron caer hacia abajo y empezaron a buscar (en un diario de la mañana) a Juan Roberto Figueredo, q.e.p.d., fallecido en la paz del Señor el 13 de enero de 195..., con los auxilios de la religión y la bendición papal. Su esposa, etcétera. Isaac Feinsilber, q.e.p.d., etcétera. Rosa Sanchez de Morando, q.e.p.d. Ningún conocido ese día, ni siquiera un nombre que se pareciera a alguien conocido y que permitiera la duda y la genealogía.
               volvió con la cafetera y empezó por echar bastante azúcar en la taza de              que no lo miraba, absorta en la lectura de Remigio Díaz, q.e.p.d. Después le sirvió café hasta el borde de la taza, y llenó la suya, mientras con la mano libre sacaba un paquete de cigarrillos y se lo llevaba a la boca como si fuera a morderlo, pero nada más que para extraer hábilmente un cigarrillo sin tocar los otros con los labios.
   -Tengo muchísimo sueño -dijo             al cabo de diez minutos.
   -Con las noticias que leés -dijo             que había estado esperando la frase y empezaba a inquietarse seriamente.
               bostezó con delicadeza.
   -Aprovechá que la cama no está tendida -dijo             -. Siempre te ahorrás un trabajo.             lo miró como esperando que él renovara la señal, pero             se había puesto a silbar con los ojos clavados en el techo y más precisamente en una telaraña. Entonces             pensó que             estaba ofendido porque no le había contestado la señal con la respuesta convenida (que consistía en pasarse una mano por la oreja izquierda en señal de ternura y aquiescencia), y se fue a dormir la siesta dejando la mesa tendida con los restos de un rotundo puchero.
               esperó tres minutos, se sacó el saco del piyama y entró en el dormitorio.              dormía profundamente, tendida de espaldas. Como hacía calor, había retirado la frazada y la sábana de arriba; era exactamente lo que             deseaba, y también que             no tuviera puesto más que el camisón con que se había levantado. La bata azul estaba tirada a los pies de la cama, cubriéndole los pies, y             la enganchó con la zapatilla y la proyectó hasta un rincón. Calculó mal y la bata estuvo a un tris de irse por la ventana, lo que hubiera sido molesto.
   Del bolsillo izquierdo del pantalón             sacó un tubo de Secotine y un ovillo de hilo negro. El hilo era brillante y bastante grueso, casi como un cordel. Con mucho cuidado             metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y sacó una hojita de afeitar envuelta en un pedazo de papel higiénico. El papel higiénico se había roto y se veía parte del filo de la hojita. Sentándose en la cama,              empezó a trabajar mientras silbaba estruendosamente un trozo de ópera. Estaba seguro de que no se despertaría, porque el café a grandes dosis la hacía dormir profundamente, y además lo hubiera asombrado que se despertara teniendo en cuenta que le había echado tres pastillas de penumbrato de oxtalina junto con el azúcar. Muy al contrario, el sueño de             era extraordinario; respiraba resoplando, es decir que cada cinco segundos su labio superior se inflaba como un volado de cortina, mientras el aire salía por debajo en forma de soplido estertoroso. A             le sirvió esto como compás para seguir silbando la ópera mientras cortaba un pedazo de hilo negro luego de calcular aproximadamente cuánto necesitaba.
   Los tubos de Secotine se abren extrayendo de su interior un alfiler de cabeza redonda, que sirve para mantenerlos destapados y tapados al mismo tiempo, detalle que da idea de la astucia del fabricante. Una vez retirado el alfiler, lo más probable es que aparezca en el pico del tubo una gota de una sustancia bastante repugnante, de olor ya célebre y piedades mucilaginosas certificadas. Con mucho cuidado, y mientas bordaba variaciones sobre Bella fligia dell'amore,             mojó el extremo de la hebra negra en la Secotine e inclinándose sobre             apoyó la parte humedecida en el medio de su frente, dejando el dedo lo suficiente como para que la hebra se pegara en la frente sin que el dedo se pegara en la hebra, es decir unos cuantos segundos término medio. Después se trepó a una silla (poniendo antes el tubo, el alfiler y el ovillo sobre la cómoda) y pegó el otro extremo de la hebra en uno de los caireles de la araña suspendida sobre la cama y que             se había negado a tirar por la ventana a pesar de sus (ya pasadas y no repetidas) súplicas.
   Satisfecho de que la hebra quedara suficientemente tensa, porque detestaba las combas en cualquier obra humana,              se colocó al lado izquierdo de la cama armado de la hojita de afeitar, y cortó de un solo tajo el camisón de             empezando por debajo de la axila. Después cortó la vuelta de la manga, y hizo lo mismo del otro lado. Las mangas salieron como pieles de culebra, pero             procedió con cierta solemnidad en el momento de levantar la delantera del camisón y dejar desnuda a             . Nada podía haber en el cuerpo de             que le fuera extraño, pero su brusca contemplación le producía siempre un deslumbramiento que la Gran Costumbre se aplicaba a enmohecer de golpe. El ombligo de             , sobre todo, lo trastornaba a primera vista; tenía algo de repostería, de injerto fracasado, de pastillero tirado en un tambor. Cada vez que lo veía desde lo alto, a             le venían unas ganas vehementes de juntar saliva, una saliva dulce y muy blanca, y escupir delicadamente en el ombligo, llenándolo hasta el borde de una tibia puntilla de cumpleaños. Lo había hecho muchas veces, pero ahora no era el momento, de manera que volvió a buscar el ovillo y se puso a cortar hebras de diferente longitud, calculando previamente ciertas distancias. La primera hebra (porque la que iba de la frente al cairel de la araña era como un acto previo que no contaba) la pegó en el dedo del pulgar izquierdo de             ; esta hebra iba del pulgar al pestillo de la puerta que daba al cuarto de baño. La segunda hebra la fijó en el segundo dedo y también en el pestillo; la tercera, en el tercer dedo y también en el pestillo; la cuarta hebra, en el cuarto dedo y en un adorno de la cómoda en forma de cornocupia (de roble y rajada en tres partes); la quinta hebra iba del dedo más pequeño a otro cairel de la araña. Todo esto correspondía al lado izquierdo de la cama.
   Satisfecho,              pegó una hebra en la rodilla izquierda de             y la fijó en la parte superior del marco de la ventana que daba al patio del hotel. Precisamente en ese instante una enorme mosca verde entraba por la ventana abierta, y empezaba a zumbar sobre el cuerpo de             . Sin hacerle caso,              fijó otra hebra en la ingle izquierda de             y en la parte superior del marco de la ventana. Pensó un momento antes de decidirse, y después tomó el tubo de Secotine y lo apretó contra el ombligo de             , hasta rellenarlo. Pegó inmediatamente seis hebras, que fijó en cinco caireles de la araña y en el marco de la ventana. No le pareció bastante y pegó otras ocho hebras en el ombligo, que fijó en siete caireles de la araña y en el marco de la ventana. Retrocediendo dos pasos (estaba un poco arrinconado entre la cama, la ventana y las hebras que iban de             al marco) apreció el trabajo realizado y lo encontró bien. Sacó otro cigarrillo y lo encendió con el pucho del que ya le quemaba los labios. Cortó de golpe media docena de hebras, y pegó una en el pezón izquierdo de             , otra en los pelos de la axila izquierda, otra en el lóbulo de la oreja, otra en la comisura izquierda de la boca, otra en la aleta izquierda de la nariz y otra al lado del lagrimal izquierdo. Las tres primeras las fijó en los caireles de la araña, y las otras en el marco de la ventana, con mucho trabajo porque casi no le quedaba lugar para moverse. Tras esto fijó hebras en cada dedo de la mano izquierda, en el codo y en el hombro del mismo lado. Después tapó el tubo de Secotine con el alfiler suministrado a tal efecto, envolvió la hojita de afeitar en el pedazo de papel higiénico atentamente preservado den el bolsillo trasero del pantalón, y guardó las dos cosas y el ovillo en el bolsillo izquierdo de la misma prenda. Agachándose con mucho cuidado para no rozar las hebras, que estaba admirablemente tensas, se arrastró por debajo de la cama hasta salir del otro, completamente cubierto de polvo y pelusas. Se sacudió contra la ventana que daba a la calle, volvió a sacar sus utensilios de trabajo y cortó una cantidad de hebras, que fue pegando sucesivamente en distintas partes de lado derecho de             , manteniendo en general la simetría con el lado izquierdo; por ejemplo, la hebra correspondiente al lóbulo de la oreja derecha quedó tendida entre el lóbulo y el pestillo de la puerta del cuarto de baño; la hebra que salía del lagrimal derecho quedó fijada en el marco de la ventana que daba a la calle. Finalmente (aunque era una tarea que no tenía por qué terminar tan pronto)              cortó una buena cantidad de hebras, les puso abundante Secotine y se largó a una improvisación vehemente, repartiéndolas en el pelo y las cejas de             y fijándolas en su mayoría en los caireles de la araña, aunque no sin reservar algunas para el marco de la ventana que daba a la calle, el pestillo de la puerta del cuarto de baño, y la cornocupia.
   Metiéndose debajo de la cama, después de guardarse el tubo, la hojita de afeitar y el ovillo en el bolsillo del pantalón,              se arrastró hasta salir por los pies de la cama, y siguió reptando de modo de quedar frente a la puerta del cuarto de baño. Muy despacio, para no rozar ninguno de los hilos que iban hasta el pestillo, se enderezó y miró su obra. Por las ventanas entraba una luz amarilla y bastante sucia, que parecía un reflejo de la pared descascarada de la casa de enfrente donde todavía se conservaban los restos de una pintura representando a un niño de pecho que sorbía alguna cosa con aire de gran deleite; pero la pintura se había desprendido a jirones, y en lugar de la boca el niño tenía una especie de llaga amoratada que no parecía ninguna recomendación del producto nutritivo encomiado más abajo con unas letras más bien tartamudas. La calle era enormemente angosta y las ventanas de un lado no estaban a más de cinco metros del otro. A esa hora no había ninguna abierta, salvo la de            , pero             no estaría a esa hora, o dormiría la siesta. La mosca empezaba a molestar seriamente a             , que hubiera querido expulsarla, pero para eso hubiera tenido que adelantarse hasta los pies de la cama y agitar la mano cerca de la araña, cosa imposible dada la cantidad de hebras tendidas en esa dirección.
   "Hace calor", pensó             , secándose la frente con el revés de la mano. "Hace un calor bárbaro, realmente".
   Por un lado le hubiera gustado cerrar las persianas, pero aparte de que era muy difícil abrirse paso entre las hebras, hubiese dejado de ver con la perfecta claridad necesaria el cuerpo de             . La desnudez de             se recortaba no tanto por estar tendida de espaldas en la cama sino porque las hebras negras parecían converger de todas partes y precipitarse sobre ella. Si no hubieran estado tan tensas este efecto se habría malogrado completamente, y             se felicitó por su destreza, aunque llevado por una exigencia natural a su espíritu no dejó de ver que la hebra que iba desde el marco de la ventana hasta el lagrimal derecho estaba ligeramente floja. Por un momento pensó que             se habría movido, alterando el juego general de las tensiones, pero le bastó observar en conjunto las hebras para descartar esta posibilidad. Además la dosis que había echado en el café no hubiera permitido que             moviera ni siquiera los párpados.              pensó en arrastrarse hasta la hebra más floja y tenderla mejor, pero probablemente hubiera estropeado algunas de las hebras que se reunían con la otra en el marco de la ventana. Concluyó que en conjunto el trabajo estaba bien, y que podía permitirse un descanso y otro cigarrillo.
   Ocho minutos después tiró el pucho por la ventana que daba a la calle, y se desnudó sin moverse de donde estaba. Su cuerpo alto y flaco parecía salido de una litografía (era una opinión frecuente de             ). Aunque             no podía verlo,              hizo la señal convenida, y esperó alguna respuesta durante medio minuto. Después empezó a acercarse a los pies de la cama, sorteando poco a poco con cuidado infinito las hebras que iban hasta el pestillo de la puerta del cuarto de baño. Para eso se agachó y levantó cada vez que hacía falta, hasta quedar parado exactamente a los pies de la cama, cerrando un triángulo formado por los pies de             y su propio cuerpo. Esperó un rato, hasta que             abrió los ojos y lo miró. Apenas tuvo la seguridad de que lo estaba viendo (porque a veces la inconsciencia duraba unos minutos después del despertar), levantó un dedo y señaló una de las hebras. Los ojos de             empezaron a pasear por las hebras, partiendo de las que brotaban de sus cejas y lagrimales, y siguiendo luego a lo largo de su cuerpo. Subían hasta los caireles de la araña y volvían al punto de partida; volvían a salir, iban hasta la ventana que daba al patio y regresaban a fijarse en una rodilla o en un pezón; seguían el rumbo negro que las llevaba hasta la ventana que daba a la calle, y regresaban hasta las ingles o los dedos de los pies.              esperaba con los brazos cruzados, idéntico a un             de la época azul.
   Cuando             acabó de reconocer las hebras, algo como un suspiro le levantó el pecho y proyectó sus labios hacia fuera. Cautelosamente movió el brazo derecho, pero lo detuvo al oír un tintineo en los caireles de la araña. La mosca verde voló pesadamente, resbaló por entre las hebras, giró sobre el vientre de             y estuvo a punto de posarse sobre el monte de             , pero después subió hasta el cielorraso y se pegó a una de las molduras.              y             seguían su vuelo con una atención exasperada, no se miraron hasta no tener la seguridad de que la mosca se había posado en el cielorraso con intenciones de quedarse ahí.
   Apoyando una rodilla en el borde de la cama,              agachó la cabeza y empezó a adelantar el cuerpo hacia             , que lo miraba y no se movía. Apareció la otra rodilla en el borde de la cama, mientras el torso avanzaba horizontalmente entre las piernas de             . Las hebras lo envolvían, pero sus movimientos eran tan precisos que no rozó ninguna cuando sacó una rodilla y la puso sobre el colchón, luego la otra junto con la otra mano, y quedó de hinojos y completamente curvado entre las piernas de             , respirando pesadamente porque la maniobra había sido lenta y difícil, y le dolían las tibias que se apoyaban todavía en el borde de la cama.
   Enderezando la cabeza,              miró a             . Los dos estaban sudando, pero mientras el sudor envolvía a             en una fina malla de gotas transparentes,              tenía empapada la cara y los hombros, pero secos el pecho y el vientre.
   -Uno hace la señal pero el otro juega con las nubes -dijo .
   -Las nubes también son una respuesta -dijo .
   -Frase alquilada.
   -A tu justa medida.
               esperó.
   -Por fin lo hiciste -dijo             -. Hace meses que me preparabas para esto. Primero con la manía de enseñarme a declamar porquerías, a bailar como las tibetanas, a comer como los esquimales, a hacer el amor como los perros. Después me obligaste a no cortarme las uñas, me echaste a la calle el día del granizo, me encerraste en una caja de madera con una lámpara de rayos infrarrojos, me regalaste un álbum de estampillas. Todo eso era nada.
   -Vos sabés cuánto te quiero -dijo             en voz tan baja que            abrió los ojos como sorprendida-. Mi amor está apretado en este puño, triturado y apelmazado hasta volverse una bola chirriante, una estrella portátil que puedo sacar del bolsillo y acercar a tu cuerpo para quemarlo, para tatuarlo. Cada vez que te hago la seña no me contestás, y la estrella me fríe las piernas, me corre por las costillas como una tormenta, el mar de los zargazos, esa inexistencia donde flota el kraken, donde las medusas se acoplan de a miles, girando lentamente por la noche, en un baño de fósforo y de plancton.
   -¿Y yo tengo la culpa de todo eso?
   -Vas a desplazar las hebras -dijo             -. Apenas movés la boca hay dos hebras que se desplazan.
   -Bah, las hebras -dijo .
   -¿Cómo bah las hebras? -dijo             -. Me ha llevado media hora de trabajo, estoy lleno de tierra y de pelusas. No barrés nunca debajo de la cama. Acabo de descubrirlo. Mi amor es también así, materias sueltas que se juntan y aglutinan y conglomeran y yuxtaponen. Además yo sudo, cosa que no le ocurre a la basura.
   -Parece como si hubiera dormido cien años -dijo             -. ¿Cuánto dormí,              ?
   -Cien años -dijo .
   -Es mucho, cien años.
   -Para el que se queda despierto.
   -Vos te debés haber aburrido una locura.
   -Exactamente -dijo             -. Al dormirte te llevás el mundo, y yo me quedo despierto en una especie de nada con líneas de fuga. A la larga resulta aburrido.
   -Por eso jugás así -dijo             , mirando las hebras.
   -Esto no es un juego. Estar desnudos frente a frente.
   -Te lo juro -dijo            -. Yo creo que no vi la seña.
   -La viste perfectamente.
   -Si la hubiera visto la habría contestado. Prefiero estar despierta con vos.
   -Frases explicatorias nunca amamantaron a las abejas -dijo .
   -A lo mejor la vi y no la contesté, pero era por el calor y porque en el fondo yo hubiera tenido que lavar los platos antes de venir a acostarme.
   -Primero los platos -dijo             -. Un buen lema. Detrás de cuántas puñaladas hay esa razón que ningún juez aceptaría. Preferís pasar la lengua por los platos sucios antes que lamerme el pecho como un caracolito industrioso. Dejando una huella en forma de cuatro o de ocho. Mejor de siete, número empapado de sacralidad. Pero no, primero lameremos los platos como decía la reina Victoria. Primero lameremos los platos.
   -Pero es que están sucios,              -dijo             -. Hace quince días que no lavamos nada en la cocina. Ya te fijaste que hoy almorzamos con platos sucios, no se puede seguir así.
   -Estás perturbando las hebras -dijo .
   -Y si ahora me hicieras la seña, si ahora mismo vos...
   -Ahora no hace falta -dijo             -. Tengo derecho a lo que me dé la gana. Al fin y al cabo no sos más que una mosca.
   Se oyó un silbido en forma de S. Entró por la ventana que daba a la calle.
   -Es             -dijo             -. Me llama.
   -Vestite un poco antes de asomarte -dijo             -. Siempre te olvidás que estás desnudo.
   -Es que siempre estoy desnudo. Sos vos la que te olvidás de eso.
   -Esta bien -dijo             -. Pero por lo menos ponete el pantalón de piyama. ¿Y yo hasta cuando tengo que quedarme así?
   -No sé -dijo             -. Primero hay que ver lo que quiere .
   -Alguna manga, seguro. Un cigarrillo o los fósforos, esas cosas.
   -Es un vicioso, realmente.
   -Pero vos lo protegés.
   -Si te vas a poner a proteger a la gente normal...
   -Es cierto -dijo             -. En el fondo             es un buen muchacho. Oílo como silba. Es increíble la forma en que puede silbar. A mí se me haría pedazos la boca.
   -             es un alquimista -dijo            -. Transforma el aire en una cinta de mercurio. Qué jodido, carajo.
   -¿Por qué no te asomás a ver lo que quiere? Fijate que yo no estoy muy cómoda con estos hilos.
               se quedó estudiando en silencio las palabras de             .
   -Ya sé -dijo-. Lo que vos querés es que yo te suelte para irte a lavar los platos sucios.
   -Te juro que no. Me quedo aquí con vos. Si me hacés la seña, te juro que...
   -Puta, reputa, recontraputa -dijo             -. Si te hago la seña, eh. Ahora vení a comprarme con la seña. ¿Qué me importa la seña, si te he poseído como me dio la gana mientras dormías? Ahora mismo no tengo más que resbalar veinte centímetros, abriéndome paso como una gaviota en este maravilloso cordaje negro, esta arboladura de galeón empavesado, y penetrarte de un solo golpe para que grites, porque siempre gritas si te tomo de sorpresa. Y lo estás deseando, hace cinco minutos que te huelo y sé que lo estás deseando, podría entrar en vos como una mano en un guante usado, tenés el perfecto grado de humedad que aconsejan los especialistas en cuestiones copulares, especie de holoturia caliente.
   -¿Realmente lo hiciste mientras yo dormía? -dijo .
   -Lo hice de la manera más perfecta, pero eso no lo comprenderás nunca -dijo             mirando las hebras con un orgullo profundo-. Más allá de la seña, más allá de tu sucia cocina, y sobre todo más allá de tu bajo deseo. Quedate quieta, estás alterando las hebras.
   -Por favor -dijo             -. Andá a ver que quiere             , y después cerrás las persianas y venís conmigo. Te juro que no me voy a mover pero apurate.
               volvió a estudiar en silencio las palabras de             .
   -A lo mejor sí -dijo-. Vos no te muevas. ¿Querés que te seque un poco con una toalla? Estás sudando como una marmota.
   -Las marmotas no sudan -dijo             .
   -Sudan muchísimo -dijo             .
   Siempre hablaban de marmotas en el momento en que se reconciliaban.
   -Ahora la cuestión es saber cómo voy a salir de aquí -dijo             -. Hay tantas hebras que puedo tropezar con una, y cuando se retrocede no se tiene la misma clarividencia que cuando se avanza. Es increíble cómo el hombre ha nacido para la frontalidad. De espaldas no somos nada, che. Como la marcha atrás en auto, el más pintado se traga un buzón en la primera de cambio. Vos guiame. Primero saco esta pierna y pongo la rodilla en el borde de la cama.
   -Un poco más a la derecha -dijo             .
   -Me parece que toco la hebra con el pie -dijo             , mirando atrás y corrigiendo su movimiento.
   -Apenas la rozaste. Ahora poné la otra rodilla, pero despacio. Estás hermoso, tan sudado. Y la luz de la ventana te hace como un baño verde. Parecés podrido, te juro. Nunca te vi tan lindo.
   -Dejate de elogios y guiame -dijo             furioso-. ¿Te parece que pongo el pie en el suelo, o mejor voy resbalando? Lo malo es que me voy a despellejar las canillas, esta cama tiene un filo terrible.
   -Poné primero el pie derecho -dijo             -. Lo malo es que no alcanzó a ver el piso, cómo querés que te guíe si tengo que quedarme quieta.
   -Ya está -dijo             -. Ahora me voy agachando despacio y retrocedo centímetro a centímetro, como en las novelas de             .
   -No nombres a ese pájaro maléfico -dijo             .
   Reptando cual caimán de las marismas,             pasó poco a poco bajo las hebras que iban hasta el marco de la ventana. No volvió a mirar a             , absorto en el estudio de la cornocupia de la cómoda y el problema de sortear las hebras que iban de la cornocupia a un dedo del pie y al pelo y las cejas de             . Así pasó la mayoría de las hebras, pero la última la salvó de un salto. Recién entonces, con la mano en el pestillo de la puerta, miró a             que parecía dormida. Se daba cuenta de que en vez de haber ido a la ventana estaba al lado de la puerta, y que desde ahí era fácil llegar a la cabecera de la cama sin perturbar las hebras. Acercándose en puntas de pie, empezó a soplarle el pelo. Las hebras se agitaron, y se oyó el entrechocar de los caireles de la araña.
   -Vení -dijo             en voz muy baja.
   -Oh no -dijo             , alejándose-. Yo te hice la seña y vos no me contestaste.
   -Vení, vení en seguida.
               miró hacia la puerta.              respiraba penosamente, como si las hebras negras le estuvieran succionando la sangre. Se oyó todavía la nota cristalina de un cairel, y después el silencio de la siesta. Desde la casa de enfrente vino un silbido terrible, y desde abajo le contestaron con algo muy parecido a una ventosidad rectal.
   -Le han rajado un pedo espléndido -dijo             -. En realidad se lo merece.
   -Por favor vení -pidió             -. Me hace mal estar así esperándote, siento que me voy a morir, ¿esta noche quién te hace el asado?
               abrió los brazos, tomó impulso y saltó sobre la cama, barriendo las hebras con un aletazo fabuloso. El estrépito de los caireles coincidió con el golpe de sus pies al tocar el suelo del otro lado de la cama y con el alarido de             que se apretaba el vientre con las dos manos.              gritaba todavía de dolor cuando             le cayó encima apretándola, hundiéndola, mordiéndola y éndola. "Me duele muchísimo el ombligo", alcanzó a decir             , pero             no la oía, completamente del otro lado de las palabras. El aire olía cada vez más a Secotine, y la mosca verde planeaba en torno a la sacudida araña. Pedazos de hebras negras se retorcían como patas por todas partes, caían por los bordes de la cama, se entrecruzaban y rompían con menudos chasquidos.
               tenía hebras en la boca, debajo de la nariz, otra se le enroscaba en el cuello, y             movía casi inconscientemente las manos, mezclando caricias con manotazos para desprender las hebras que le salían por todos lados. Y todo eso duraba interminablemente, y la cornocupia estaba en el suelo rota en tres pedazos, uno más grande y dos casi iguales, como manda la divina proporción.

Publicado en Revista Iberoamericana, 84-85 (julio-diciembre de 1973), págs. 388-398