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26.2.25

César Barrio. Febrero 2025







Morelliana.
   Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice "la cómoda de alcanfor", ya nadie habla de "las trebes" -las trébedes-. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos.
   Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego -encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.


Julio Cortázar

Capítulo 105. Rayuela



Claro que creo en los sueños. Soñar es esencial, puede ser la única cosa real que exista.


Jorge Luis Borges

9.11.23

Clouds made from canvas and wood, scenery for a production of Jean-Philippe Rameau´s opera,
"Dardanus". The Palace of Fontainebleau, 1783





NUBES, ÁNGELES, CIUDADES



1

"En Felanitx asoma a veces por el lado de poniente una gruesa nube que hace figuras de casas y campanarios y que indica mal tiempo. La gente le llama la ciudad de Troya".


A veces trato de imaginar cómo pudieron representarse la ciudad de Troya los campesinos mallorquines del siglo XIX, cuyo dicho recogía En Jordi des Recó -mossén Antoni Maria Alcover- en sus Rondaies mallorquines. Qué imágenes pudiera despertar en ellos el nombre de aquella ciudad, Troya, para llegar a identificar su forma en un ancho nubarrón gris y rojo, a la deriva sobre el llano mallorquín, con su sombra lamiendo lentamente el campo, marchándose hacia levante, o bien quieto sin moverse, a poniente, asomando su incendio de telón y perseguido por el tumulto de la tormenta.
¿Por qué camino llegó Troya hasta aquí? ¿Fue quizás desde algún romance de caballería, donde la toponimia evocada por el caballero daba cuenta de su ansiedad por alcanzar un lugar del que se sentía excluido y al que nunca regresaría? ¿Habrá sido por el camino de los ríos o por el camino del mar, cruzándose con la sal, las especias y las telas, por donde fue marchando lentamente hacia Mallorca, desde el siglo XII, a través de toda Europa, la figura y el nombre de aquella Troya, en ruina pero preñada, que estaba en los versos del Roman de Troie? ¿O vino de las vecinas islas de Oriente?

Debió de ser un trayecto vago, distraído y ciego, como el de una nube perezosa, el que fuera acercando hacia la isla el nombre de aquella ciudad ennubarrada. Por eso no cabe querer fijar demasiado la historia de esta figura, ni deducir la ley seguida en su camino, sino asociarle, a la propia imagen -y a este mismo escrito-, la materia impalpable, la estructura blanda, la condición errante, la inconsistencia aveporada de una nube.

"Quizá la nube sea no menos vana / que el hombre que la mira por la mañana".
Jorge Luis Borges



2

HAMLET: ¿Ves esa nube casi con forma de camello?
POLONIUS: Por el bulto es como un camello, cierto.
HAMLET: Mejor pensado parece una comadreja.
POLONIUS: El lomo es como una comadreja.
HAMLET: ¿o como una ballena?
POLONIUS: Exactamente una ballena

Hamlet, Acto III, escena 2.


¿A qué se parece aquella nube? Esa es una pregunta que todos recordamos de alguna ocasión y que no altera, por tanto, la consistencia de nuestra imaginación. Es mejor invertir la pregunta.
Porque existe un arte -el preferido por el príncipe de la melancolía y por algún personaje de Baudelaire- de reconocer figuras en las nubes: figuras en marcha, consumidas, huidizas: figuras de lo moderno. Es cierto, pero hay otro arte, análogo e inverso, más misterioso, más pervertido, que no deja el consuelo de la memoria, sino que mantiene siempre abierta la punzada de la sorpresa: el arte de reconocer la nubosidad de lo quieto, el arte de saber ver un desvanecimiento, un envejecimiento, una transición, un cambio, capaz de asomar ya emborronando la imagen cuando esta aún cree en su firmeza. (...)
¿Cuánto de nube habrá en este camello, en esa comadreja, en aquella ballena? ¿Qué nube deshaciéndose es ya esa ciudad , esa arquitectura, aquel rostro? ¿Cuánto de ellos ya se está yendo?
Esa es una cuestión más difícil. Hasta aquí, el signo -la palabra, la forma- había sido el rastro débil de un contenido fuerte, reservado y soberbio, inalterable, inalcanzable sino por traducciones. Ahora, un signo definido y fuerte se deshilacha en múltiples referencias hacia contenidos tornasolados, desconfiados de sí mismos, hacia asociaciones que mantienen célibe al signo, mudo.
¿Quizás Bacon no haya dibujado si no rostros y cuerpos que son como nubes?" (...)
Las palabras que usamos tienen la misma movilidad vaporosa que las nubes. Creemos que designan figuras fijas solo porque el sonido o el trazo de sus letras se mantiene igual o similar desde generaciones, pero aluden a figuras movedizas, inestables, indeterminadas.

¿Qué nube es "ciudad"?



3

Aquí hay un lugar para un párrafo donde se explicaría que la ciudades no existen, que la palabra "ciudad" no es sino una convención de lenguaje que designa algo que nadie conoce ni ha visto nunca, y que la disimilitud entre los sitios o las prácticas a los que se aplica esa palabra así lo prueba. (...)



4

El cuarto fragmento empieza con un verso del último libro publicado por Borges. En él hay dos poemas que ha titulado "Nubes". Uno de ellos es:

No habrá una sola cosa que no sea
una nube. Lo son las catedrales
de vasta piedra y bíblicos cristales
que el tiempo allanará. Lo de la Odisea,
que cambia como el mar. Algo hay distinto
cada vez que la abrimos. El reflejo
en tu cara ya es otro en el espejo
y el día es un dudoso laberinto.
Somos los que se van. La numerosa
nube que se deshace en el poniente
en nuestra imagen. Incesantemente
la rosa se convierte en otra rosa.
Eres nube, eres mar, eres olvido.
Eres también aquello que has perdido.

¿Cómo la simple figura de una nube ha sido capaz de anunciar, presidir y acompañar todo el desarrollo de lo que ha sido la arquitectura moderna? ¿Como conciliar la voluntad de forma, que constituye el proyecto moderno, con la desanimada pasividad a la deriva de un rastro de vapor que se disuelve?
(...)


Josep Quetglas
A Casandra. Cuatro charlas sobre mirar y decir

16.4.15

Anish Kapoor. Lisson Gallery, London, 2015.

Admitamos lo que todos los idealistas admiten: el carácter alucinatorio del mundo. Hagamos lo que ningún idealista ha hecho: busquemos irrealidades que confirmen ese carácter. Las hallaremos, creo, en las antinomias de Kant y en la dialéctica de Zenón... "El mayor hechicero (escribe memorablemente Novalis) sería el que hechizara hasta el punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas. ¿No sería ese nuestro caso? Yo conjeturo que así es. Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.

Jorge Luis Borges
Otras inquisiciones.

22.3.14


Escena en perspectiva. Pompeya.


Como Borges anuncia en la revista "Prisma", la desintegración del espacio se asemeja más a un juego de cartas que se baraja que a la desintegración física de los átomos. Su hermana, lo recoge en la xilografía con que ilustra la revista. Más allá, la ciudad inundando sus muros y paredes con las manchas de la revista, desbaraje de las hojas en el espacio.

Pedro G. Romero

4.3.12


Obra sobre papel. Rebecca Horn


Esta concreta conspiración del desacierto
indica que la historia aún no ha empezado
y el hombre sólo registra en sus anales
inciertos simulacros de antihistoria.

Roberto Juarroz


Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento -al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía-, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita "cierta enciclopedia china" donde está escrito que "los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d]lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas". En el asombro de esta taxinomia, lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto.
Así, pues, ¿qué es imposible pensar y de qué imposibilidad se trata? (...)
No se trata de la extravagancia de losa recuerdos insólitos. Sabemos lo que hay de desconcertante en la proximidad de los extremos o, sencillamente, en la cercanía súbita de cosas sin relación; ya la enumeración que las hace entrechocar posee por sí misma un poder de encantamiento.(...)
La monstruosidad que Borges hace circular por su enumeración  consiste, por el contrario, en que el espacio común del encuentro se halla él mismo en ruinas. (...) ¿Dónde podrían yuxtaponerse a no ser en el no-lugar del lenguaje? (...) Borges no añade ninguna figura al atlas de lo imposible; no hace brotar en parte alguna el relámpago del encuentro poético; sólo esquiva la más discreta y la más imperiosa de las necesidades; sustrae el emplazamiento, el suelo mudo donde los seres pueden yuxtaponerse. (...) Lo que se ha quitado es, en una palabra, la célebre "mesa de disección" -allí donde, desde el fondo de los tiempos, el lenguaje se entrecruza con el espacio.
(...) Entre sus surcos nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito; y es necesario entender este término lo más cerca de su etimología: las cosas están ahí "acostadas", "puestas", "dispuestas" en sitios a tal punto diferentes que es imposible encontrarles un lugar de acogimiento, definir más allá de unas y de otras un lugar común. Las utopías consuelan: pues si no tienen un lugar real, se desarrollan en un espacio maravilloso y liso; despliegan ciudades de amplias avenidas, jardines bien dispuestos, comarcas fáciles, aun si su acceso es quimérico. Las heterotopías inquietan, sin duda porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes o los enmarañan, porque arruinan de antemano la "sintaxis" y no sólo la que construye las frases -aquella menos evidente que hace "mantenerse juntas" (unas al otro lado o frente de otras) a las palabras y a las cosas. (...)
Los códigos fundamentales de una cultura -los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, la jerarquía de sus prácticas- fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver y dentro de los que se reconocerá. En el otro extremo del pensamiento, las teorías científicas o las interpretaciones de los filósofos explican que existe un orden en general, a qué ley general obedece, qué principio puede dar cuenta de él, por qué razón se establece este orden y no aquel otro. Pero entre estas dos regiones tan distantes, reina un dominio que, debido a su papel de intermediario, no es menos fundamental: es más confuso, más oscuro y, sin duda, menos fácil de analizar. Es ahí donde una cultura, librándose insensiblemente de los órdenes empíricos que le prescriben sus códigos primarios, instaura una primera distancia con relación a ellos, les hace perder su transparencia inicial, cesa de dejarse atravesar pasivamente por ellos, se desprende de sus poderes inmediatos e invisibles, se libera lo suficiente para darse cuenta de que estos órdenes no son los únicos posibles ni los mejores; de tal suerte que se encuentra ante el hecho en bruto de que hay, por debajo de sus órdenes espontáneos, cosas que en sí mismas son ordenables, que pertenecen a cierto orden mudo, en suma, que hay un orden. (...)
De este modo, el análisis ha podido mostrar la coherencia que ha existido, todo a lo largo de la época clásica, entre la teoría de la representación y las del lenguaje, de los ódenes naturales, de la riqueza y del valor. Es esta configuración la que cambia por completo a partir del siglo XIX; desaparece la teoría de la representación como fundamneto general de todos los órdenes posibles; se desvanece el lenguaje en cuanto tabla espontánea y cadrícula primera de las cosas, como enlace indispensable entre la representación y los seres; una historicidad profunda penetra en el corazón de las cosas, las aísla y las define en su coherencia propia, les impone aquellas formas del orden implícitas en la continuidad del tiempo; el análisis de los cambios y de la moneda cede su lugar al estudio de la producción, el del organismo se adelanta a la investigación de los caracteres taxinómicos; pero, sobre todo, el lenguaje pierde su lugar de privilegio y se convierte, a su vez, en una figura de la historia coherente con la densidad de su pasado. Sine mebargo, a medida que las cosas se enrollan sobre sí mismas, sólo piden a su devenir el principio de su inteligibilidad y abandonando el espacio de la representación, el hombre, a su vez, entra, por vez primera, en el campo del saber occidental. Por extraño que parezca, el hombre -cuyo conocimiento es considerado por los ingenuos como la más vieja búsqueda desde Sócrates- es indudablemente sólo un desgarrón en el orden de las cosas, en todo caso una configuración trazada por la nueva disposición que ha tomado recientemente en el saber. De ahí nacen todas las quimeras de los nuevos humanismos, todas las facilidades de una "antropología", entendida como reflexión general, medio positiva, medio filosófica, sobre el hombre. Sin embargo, reconforta y tranquiliza el pensar que el hombre es sólo una invención reciente, una figura que no tiene ni dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto éste encuentre una forma nueva. (...)
Al tratar de sacar a la luz este profundo desnivel de la cultura occidental, restituimos a nuestro suelo silencioso e ingenuamente inmóvil sus rupturas, su inestabilidad, sus fallas; es él el que se inquieta de nuevo bajo nuestros pies.

(...) El hombre había sido una figura entre dos modos de ser del lenguaje, después de haber estado alejado en el interior de la representación y como disuelto en ella, se liberó fragmentándose: el hombre ha compuesto su propia figura en los intersticios de un lenguaje fragmentado. Con certeza, no son éstas afirmaciones, cuando más son cuestiones a las que no es posible responder; es necesario dajarlas en suspenso allí donde se plantean, sabiendo tan sólo que la posibilidad de plantearlas se abre sin duda a un pensamiento futuro.
En todo caso,una cosa es cierta: que el hombre no es el problema más antiguo ni el más constante que se haya planteado el saber humano. Al tomar una cronología relativamente breve y un corte geográfico restringido -la cultura europea a partir del siglo XVI- puede estarse seguro de que el hombre es una invención reciente. El saber no ha rondado durante largo tiempo y oscuramente en torno a él y a sus secretos. De hecho, entre todas las mutaciones que han agectado al saber de las cosas y de su orden, el saber de las identidades, las diferencias, los caracteres, los equivalentes, las palabras -en breve, en medio de todos los episodios de esta profunda historia de lo Mismo- una sola, la que se inició hace un siglo y medio y que quizá está en vías de cerrarse, dejó aparecer la figura del hombre. Y no se trató de la liberación de una vieja inquietud, del paso a la conciencia luminosa de una preocupación milenaria, del acceso a la objetividad de lo que desde hacía mucho tiempo permanecía preso en las creencias o en las filosofías: fue el efecto de un cambio en las disposiciones fundamentales del saber. El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la aruqeología de nuestro pensamiento. Y quizá también su próximo fin.
Si estas disposiciones desaparecieran tal como aparecieron, si, por cualquier acontecimiento cuya posibilidad podemos cuando mucho presentir, pero cuya forma y promesa no conocemos por ahora, oscilaran, como lo hizo, a fines del siglo XVIII el suelo del pensamiento clásico, entonces podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro en la arena.

Michel Foucalt
Las palabras y las cosas

11.6.11

Recopilación de textos sobre La red



Otros encontrarán la audacia
de hacerlo mejor y pintarán
con los pinceles los movimientos
del cielo, y dirán las estrellas
que nacen...

La Eneida, Libro VI




El aire está lleno de infinitas líneas rectas y resplandecientes, entrecruzadas y entretejidas sin que una obstruya jamás el recorrido de la otra, y representan para cada objeto la verdadera forma de su razón de ser.

L´aria e piena d´infinite linie rette e radiose insieme intersegate e intessute sanza ochupatione luna dellaltra represantano aqualunche obieto laurea forma della lor chagione.

Leonardo da Vinci



Ersilia, Berlin. Unurth Street art


En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros según indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los habitantes se van: se desmontan las casas; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos.
Desde la ladera de un monte, acampados con sus trastos, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.
Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se trasladan aún más lejos con sus casas.
Viajando así por el territorio de Ersilia encuentras las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.

Italo Calvino
Las ciudades invisibles



Composición, 1947. Isamu Noguchi


En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.
Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

Italo Calvino
Las ciudades invisibles



Paisaje III, 1996. Pablo Palazuelo

Antes he citado una frase de Kounellis queme permito hacer mía :"El oficio de pintor es la visión, y la pintura es sólo técnica".
Nosotros soñamos un sueño injertado en otro sueño más grande. Nuestra imaginación -que también piensa- puede descubrir algo de lo desconocido en ese otro sueño. En el taller se producen situaciones en las que la imaginación en plena acción se sumerge. Después uno pensará en el ilimitado océano de energía, como dijo Bohm, y en la energía de las formas.
Efectivamente, lo psíquico en el hombre y lo psíquico en el universo danzan juntos. Las formas geométricas, así como las energías que por ellas o a través de ellas se manifiestan, se hallan tanto fuera del hombre como en él. Éste puede utilizarlas para porvocar las operaciones en ellas latentes y transmitirlas. El artista da cuerpo, da forma gráfica a esas energías con las cuales resuena: puesto que son energías arquetípicas, es decir, que también forman parte de la psique del hombre. Todo esto no se puede considerar como un sentir de la imaginación únicamente, porque se trata de fenómenos ya investigados por la ciencia, que confirma así los presentimientos de la imaginación.
Déjeme volver a esta frase de Paul Klee cuando nos habla de "una línea que sueña". La línea ve y se abre nuestra visión, pero, al mismo tiempo, nuestra capacidad de ver de esa manera aumentada, impulsa la visión de la línea. Cuando nuestro soñar, nuestra visión, desvaría, nuestras líneas vagan desorientadas porque ya no comprendemos, y nuestros sueños se pierden en su deambulación a través de las orientaciones innombrables del espacio. Es el laberinto. La línea puede hacer visible lo invisible. La línea sería vehículo de energías que proceden del trasfondo de la materialidad. La energía toma cuerpo, forma, para conformar el mundo. El artista traza las líneas -vuelve a soñar con aquellas energías-, que son la huella de aquel acorde.
Es posible que la línea en tanto que grafismo humano no sea capaz de comprender totalmente la forma, pero la línea es una imagen arquetípica que describe el movimiento del punto (número-unidad), a través del espacio. Como ya he dicho, en palabras de Jung "el número es gráfico", y tanto el número como las líneas estaban antes que el hombre y estarán después.
El laberinto es por eso el lugar o conformación cuya capacidad para la generación de formas es abismal, no tiene límite.
Aunque todavía no podamos saberlo, yo creo que el universo no tiene límites, las fronteras son interiores: algunas son reales, otras son imaginadas, soñadas por el hombre. Dentro de los límites interiores, la imaginación trata de ver más allá para alcanzar una comprensión más profunda y más completa del universo.
La geometría siempre ha sido un lenguaje para la comprensión del mundo. Y mi forma concreta de operar con la geometría ha significado para mí el descubrimiento de otro lenguaje que aporta otras imágenes y que al mismo tiempo promueve e impulsa la capacidad de ver.

Conversación con Pablo Palazuelo, mantenida y transcrita por Kevin Power



Los 64 hexagramas del IChing o Libro de los cambios


Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

Jorge Luis Borges.
Buenoa Aires, 31 de octubre de 1960. 



 Gráfico de Walk2web



Entramado de calles aleatorio, La geometría fractal. B. Mandelbrot


Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas transversales enla cara interior de las piernas; otras anulares se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra.

Jorge Luis Borges
La escritura de Dios. El aleph



Exposición surrealista, Nueva York, 1942.


Nota de presentación del texto
 
Conozco de sobra las trampas de la memoria, pero creo que la historia de este "capítulo suprimido" (el 126) es aproximadamente la que sigue.
Rayuela partió de estas páginas; partió como novela, como voluntad de novela, puesto que existían ya diversos textos breves (como los que dieron luego los capítulos 8 y 132) que estaban buscando aglutinarse en torno a un relato. Sé que escribí de un tirón este capítulo, al que siguió inmediatamente y con la misma violencia el que luego se daría en llamar "del tablón" (41 en el libro). Hubo así como un primer núcleo en el que se definían las imágenes de Oliveira, de Talita y de Traveler; bruscamente el envión se cortó, hubo una penosa pausa, hasta que con la misma violencia inicial comprendí que debía dejar todo eso en suspenso, volver atrás en una acción de la que poca idea tenía, y escribir, partiendo de los breves textos mencionados, toda la parte de París. 
De ese "lado de allá" salté sin esfuerzo al de "acá", porque Traveler y Talita se habían quedado como esperando y Oliveira se reunió llanamente con ellos, tal como se cuenta en el libro; un día terminé de escribir, releí la montaña de papeles, agregué los múltiples elementos que debían figurar en la segunda manera de lecturas, y empecé a pasar todo en limpio; fue entonces, creo, y no en el momento de la revisión, cuando descubrí que este capítulo inicial, verdadera puesta en marcha de la novela como tal, sobraba.
La razón era simple sin dejar de ser misteriosa: yo no me había dado cuenta, a casi dos años de trabajo, que el final del libro, la noche de Horacio en el manicomio, se cumplía dentro de un simulacro equivalente al de este primer capítulo; también allí alguien tendía hilos de mueble a mueble, de cosa a cosa, en una ceremonia tan inexplicable como obvia para Oliveira y para mí. De golpe ya el viejo primer capítulo se volvía reiterativo, aunque de hecho fuese lo contrario; comprendí que debía eliminarlo, sobreponiéndome al amargo trago de retirar la base de todo el edificio. Había como un sentimiento de culpa en esa necesidad, algo como una ingratitud; por eso empecé buscando una posible solución, y al pasar en limpio el borrador suprimí los nombres de Talita y de Traveler, que eran los protagonistas del episodio, pensando que el relativo enigma que así lo rodearía iba a amortiguar el flagrante paralelismo con el capítulo del loquero. Me bastó una relectura honesta para comprender que los hilos no se habían movido de su sitio, que la ceremonia era análoga y recurrente; sin pensarlo más saqué la piedra fundamental, y por lo que he sabido después la casita no se vino al suelo.
Hoy que Rayuela acaba de cumplir un decenio, y que Alfredo Roggiano y su admirable revista nos hacen a ella y a mí un tan generoso regalo de cumpleaños, me ha parecido justo agradecer con estas páginas, que nada pueden agregar (ni quitar, espero) a un libro que me contiene tal como fui en ese tiempo de ruptura, de búsqueda, de pájaros.

Julio Cortázar
Saignon, 1973.



   Empezó porque después de tomar el último trago de café.              hizo la señal pero lo miró inexpresivamente y fue a buscar el diario para leer las columnas necrológicas como corresponde después del café             esperó un momento y dijo que iba a hacer más café porque se había quedado con ganas de tomar café de verdad y no el jugo blanquecino que preparaba             so pretexto de que ya casi no quedaba café molido en la lata azul. A esto             contestó con una mirada igualmente blanquecina, y cuando              le hizo otra vez la señal, los ojos se dejaron caer hacia abajo y empezaron a buscar (en un diario de la mañana) a Juan Roberto Figueredo, q.e.p.d., fallecido en la paz del Señor el 13 de enero de 195..., con los auxilios de la religión y la bendición papal. Su esposa, etcétera. Isaac Feinsilber, q.e.p.d., etcétera. Rosa Sanchez de Morando, q.e.p.d. Ningún conocido ese día, ni siquiera un nombre que se pareciera a alguien conocido y que permitiera la duda y la genealogía.
               volvió con la cafetera y empezó por echar bastante azúcar en la taza de              que no lo miraba, absorta en la lectura de Remigio Díaz, q.e.p.d. Después le sirvió café hasta el borde de la taza, y llenó la suya, mientras con la mano libre sacaba un paquete de cigarrillos y se lo llevaba a la boca como si fuera a morderlo, pero nada más que para extraer hábilmente un cigarrillo sin tocar los otros con los labios.
   -Tengo muchísimo sueño -dijo             al cabo de diez minutos.
   -Con las noticias que leés -dijo             que había estado esperando la frase y empezaba a inquietarse seriamente.
               bostezó con delicadeza.
   -Aprovechá que la cama no está tendida -dijo             -. Siempre te ahorrás un trabajo.             lo miró como esperando que él renovara la señal, pero             se había puesto a silbar con los ojos clavados en el techo y más precisamente en una telaraña. Entonces             pensó que             estaba ofendido porque no le había contestado la señal con la respuesta convenida (que consistía en pasarse una mano por la oreja izquierda en señal de ternura y aquiescencia), y se fue a dormir la siesta dejando la mesa tendida con los restos de un rotundo puchero.
               esperó tres minutos, se sacó el saco del piyama y entró en el dormitorio.              dormía profundamente, tendida de espaldas. Como hacía calor, había retirado la frazada y la sábana de arriba; era exactamente lo que             deseaba, y también que             no tuviera puesto más que el camisón con que se había levantado. La bata azul estaba tirada a los pies de la cama, cubriéndole los pies, y             la enganchó con la zapatilla y la proyectó hasta un rincón. Calculó mal y la bata estuvo a un tris de irse por la ventana, lo que hubiera sido molesto.
   Del bolsillo izquierdo del pantalón             sacó un tubo de Secotine y un ovillo de hilo negro. El hilo era brillante y bastante grueso, casi como un cordel. Con mucho cuidado             metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y sacó una hojita de afeitar envuelta en un pedazo de papel higiénico. El papel higiénico se había roto y se veía parte del filo de la hojita. Sentándose en la cama,              empezó a trabajar mientras silbaba estruendosamente un trozo de ópera. Estaba seguro de que no se despertaría, porque el café a grandes dosis la hacía dormir profundamente, y además lo hubiera asombrado que se despertara teniendo en cuenta que le había echado tres pastillas de penumbrato de oxtalina junto con el azúcar. Muy al contrario, el sueño de             era extraordinario; respiraba resoplando, es decir que cada cinco segundos su labio superior se inflaba como un volado de cortina, mientras el aire salía por debajo en forma de soplido estertoroso. A             le sirvió esto como compás para seguir silbando la ópera mientras cortaba un pedazo de hilo negro luego de calcular aproximadamente cuánto necesitaba.
   Los tubos de Secotine se abren extrayendo de su interior un alfiler de cabeza redonda, que sirve para mantenerlos destapados y tapados al mismo tiempo, detalle que da idea de la astucia del fabricante. Una vez retirado el alfiler, lo más probable es que aparezca en el pico del tubo una gota de una sustancia bastante repugnante, de olor ya célebre y piedades mucilaginosas certificadas. Con mucho cuidado, y mientas bordaba variaciones sobre Bella fligia dell'amore,             mojó el extremo de la hebra negra en la Secotine e inclinándose sobre             apoyó la parte humedecida en el medio de su frente, dejando el dedo lo suficiente como para que la hebra se pegara en la frente sin que el dedo se pegara en la hebra, es decir unos cuantos segundos término medio. Después se trepó a una silla (poniendo antes el tubo, el alfiler y el ovillo sobre la cómoda) y pegó el otro extremo de la hebra en uno de los caireles de la araña suspendida sobre la cama y que             se había negado a tirar por la ventana a pesar de sus (ya pasadas y no repetidas) súplicas.
   Satisfecho de que la hebra quedara suficientemente tensa, porque detestaba las combas en cualquier obra humana,              se colocó al lado izquierdo de la cama armado de la hojita de afeitar, y cortó de un solo tajo el camisón de             empezando por debajo de la axila. Después cortó la vuelta de la manga, y hizo lo mismo del otro lado. Las mangas salieron como pieles de culebra, pero             procedió con cierta solemnidad en el momento de levantar la delantera del camisón y dejar desnuda a             . Nada podía haber en el cuerpo de             que le fuera extraño, pero su brusca contemplación le producía siempre un deslumbramiento que la Gran Costumbre se aplicaba a enmohecer de golpe. El ombligo de             , sobre todo, lo trastornaba a primera vista; tenía algo de repostería, de injerto fracasado, de pastillero tirado en un tambor. Cada vez que lo veía desde lo alto, a             le venían unas ganas vehementes de juntar saliva, una saliva dulce y muy blanca, y escupir delicadamente en el ombligo, llenándolo hasta el borde de una tibia puntilla de cumpleaños. Lo había hecho muchas veces, pero ahora no era el momento, de manera que volvió a buscar el ovillo y se puso a cortar hebras de diferente longitud, calculando previamente ciertas distancias. La primera hebra (porque la que iba de la frente al cairel de la araña era como un acto previo que no contaba) la pegó en el dedo del pulgar izquierdo de             ; esta hebra iba del pulgar al pestillo de la puerta que daba al cuarto de baño. La segunda hebra la fijó en el segundo dedo y también en el pestillo; la tercera, en el tercer dedo y también en el pestillo; la cuarta hebra, en el cuarto dedo y en un adorno de la cómoda en forma de cornocupia (de roble y rajada en tres partes); la quinta hebra iba del dedo más pequeño a otro cairel de la araña. Todo esto correspondía al lado izquierdo de la cama.
   Satisfecho,              pegó una hebra en la rodilla izquierda de             y la fijó en la parte superior del marco de la ventana que daba al patio del hotel. Precisamente en ese instante una enorme mosca verde entraba por la ventana abierta, y empezaba a zumbar sobre el cuerpo de             . Sin hacerle caso,              fijó otra hebra en la ingle izquierda de             y en la parte superior del marco de la ventana. Pensó un momento antes de decidirse, y después tomó el tubo de Secotine y lo apretó contra el ombligo de             , hasta rellenarlo. Pegó inmediatamente seis hebras, que fijó en cinco caireles de la araña y en el marco de la ventana. No le pareció bastante y pegó otras ocho hebras en el ombligo, que fijó en siete caireles de la araña y en el marco de la ventana. Retrocediendo dos pasos (estaba un poco arrinconado entre la cama, la ventana y las hebras que iban de             al marco) apreció el trabajo realizado y lo encontró bien. Sacó otro cigarrillo y lo encendió con el pucho del que ya le quemaba los labios. Cortó de golpe media docena de hebras, y pegó una en el pezón izquierdo de             , otra en los pelos de la axila izquierda, otra en el lóbulo de la oreja, otra en la comisura izquierda de la boca, otra en la aleta izquierda de la nariz y otra al lado del lagrimal izquierdo. Las tres primeras las fijó en los caireles de la araña, y las otras en el marco de la ventana, con mucho trabajo porque casi no le quedaba lugar para moverse. Tras esto fijó hebras en cada dedo de la mano izquierda, en el codo y en el hombro del mismo lado. Después tapó el tubo de Secotine con el alfiler suministrado a tal efecto, envolvió la hojita de afeitar en el pedazo de papel higiénico atentamente preservado den el bolsillo trasero del pantalón, y guardó las dos cosas y el ovillo en el bolsillo izquierdo de la misma prenda. Agachándose con mucho cuidado para no rozar las hebras, que estaba admirablemente tensas, se arrastró por debajo de la cama hasta salir del otro, completamente cubierto de polvo y pelusas. Se sacudió contra la ventana que daba a la calle, volvió a sacar sus utensilios de trabajo y cortó una cantidad de hebras, que fue pegando sucesivamente en distintas partes de lado derecho de             , manteniendo en general la simetría con el lado izquierdo; por ejemplo, la hebra correspondiente al lóbulo de la oreja derecha quedó tendida entre el lóbulo y el pestillo de la puerta del cuarto de baño; la hebra que salía del lagrimal derecho quedó fijada en el marco de la ventana que daba a la calle. Finalmente (aunque era una tarea que no tenía por qué terminar tan pronto)              cortó una buena cantidad de hebras, les puso abundante Secotine y se largó a una improvisación vehemente, repartiéndolas en el pelo y las cejas de             y fijándolas en su mayoría en los caireles de la araña, aunque no sin reservar algunas para el marco de la ventana que daba a la calle, el pestillo de la puerta del cuarto de baño, y la cornocupia.
   Metiéndose debajo de la cama, después de guardarse el tubo, la hojita de afeitar y el ovillo en el bolsillo del pantalón,              se arrastró hasta salir por los pies de la cama, y siguió reptando de modo de quedar frente a la puerta del cuarto de baño. Muy despacio, para no rozar ninguno de los hilos que iban hasta el pestillo, se enderezó y miró su obra. Por las ventanas entraba una luz amarilla y bastante sucia, que parecía un reflejo de la pared descascarada de la casa de enfrente donde todavía se conservaban los restos de una pintura representando a un niño de pecho que sorbía alguna cosa con aire de gran deleite; pero la pintura se había desprendido a jirones, y en lugar de la boca el niño tenía una especie de llaga amoratada que no parecía ninguna recomendación del producto nutritivo encomiado más abajo con unas letras más bien tartamudas. La calle era enormemente angosta y las ventanas de un lado no estaban a más de cinco metros del otro. A esa hora no había ninguna abierta, salvo la de            , pero             no estaría a esa hora, o dormiría la siesta. La mosca empezaba a molestar seriamente a             , que hubiera querido expulsarla, pero para eso hubiera tenido que adelantarse hasta los pies de la cama y agitar la mano cerca de la araña, cosa imposible dada la cantidad de hebras tendidas en esa dirección.
   "Hace calor", pensó             , secándose la frente con el revés de la mano. "Hace un calor bárbaro, realmente".
   Por un lado le hubiera gustado cerrar las persianas, pero aparte de que era muy difícil abrirse paso entre las hebras, hubiese dejado de ver con la perfecta claridad necesaria el cuerpo de             . La desnudez de             se recortaba no tanto por estar tendida de espaldas en la cama sino porque las hebras negras parecían converger de todas partes y precipitarse sobre ella. Si no hubieran estado tan tensas este efecto se habría malogrado completamente, y             se felicitó por su destreza, aunque llevado por una exigencia natural a su espíritu no dejó de ver que la hebra que iba desde el marco de la ventana hasta el lagrimal derecho estaba ligeramente floja. Por un momento pensó que             se habría movido, alterando el juego general de las tensiones, pero le bastó observar en conjunto las hebras para descartar esta posibilidad. Además la dosis que había echado en el café no hubiera permitido que             moviera ni siquiera los párpados.              pensó en arrastrarse hasta la hebra más floja y tenderla mejor, pero probablemente hubiera estropeado algunas de las hebras que se reunían con la otra en el marco de la ventana. Concluyó que en conjunto el trabajo estaba bien, y que podía permitirse un descanso y otro cigarrillo.
   Ocho minutos después tiró el pucho por la ventana que daba a la calle, y se desnudó sin moverse de donde estaba. Su cuerpo alto y flaco parecía salido de una litografía (era una opinión frecuente de             ). Aunque             no podía verlo,              hizo la señal convenida, y esperó alguna respuesta durante medio minuto. Después empezó a acercarse a los pies de la cama, sorteando poco a poco con cuidado infinito las hebras que iban hasta el pestillo de la puerta del cuarto de baño. Para eso se agachó y levantó cada vez que hacía falta, hasta quedar parado exactamente a los pies de la cama, cerrando un triángulo formado por los pies de             y su propio cuerpo. Esperó un rato, hasta que             abrió los ojos y lo miró. Apenas tuvo la seguridad de que lo estaba viendo (porque a veces la inconsciencia duraba unos minutos después del despertar), levantó un dedo y señaló una de las hebras. Los ojos de             empezaron a pasear por las hebras, partiendo de las que brotaban de sus cejas y lagrimales, y siguiendo luego a lo largo de su cuerpo. Subían hasta los caireles de la araña y volvían al punto de partida; volvían a salir, iban hasta la ventana que daba al patio y regresaban a fijarse en una rodilla o en un pezón; seguían el rumbo negro que las llevaba hasta la ventana que daba a la calle, y regresaban hasta las ingles o los dedos de los pies.              esperaba con los brazos cruzados, idéntico a un             de la época azul.
   Cuando             acabó de reconocer las hebras, algo como un suspiro le levantó el pecho y proyectó sus labios hacia fuera. Cautelosamente movió el brazo derecho, pero lo detuvo al oír un tintineo en los caireles de la araña. La mosca verde voló pesadamente, resbaló por entre las hebras, giró sobre el vientre de             y estuvo a punto de posarse sobre el monte de             , pero después subió hasta el cielorraso y se pegó a una de las molduras.              y             seguían su vuelo con una atención exasperada, no se miraron hasta no tener la seguridad de que la mosca se había posado en el cielorraso con intenciones de quedarse ahí.
   Apoyando una rodilla en el borde de la cama,              agachó la cabeza y empezó a adelantar el cuerpo hacia             , que lo miraba y no se movía. Apareció la otra rodilla en el borde de la cama, mientras el torso avanzaba horizontalmente entre las piernas de             . Las hebras lo envolvían, pero sus movimientos eran tan precisos que no rozó ninguna cuando sacó una rodilla y la puso sobre el colchón, luego la otra junto con la otra mano, y quedó de hinojos y completamente curvado entre las piernas de             , respirando pesadamente porque la maniobra había sido lenta y difícil, y le dolían las tibias que se apoyaban todavía en el borde de la cama.
   Enderezando la cabeza,              miró a             . Los dos estaban sudando, pero mientras el sudor envolvía a             en una fina malla de gotas transparentes,              tenía empapada la cara y los hombros, pero secos el pecho y el vientre.
   -Uno hace la señal pero el otro juega con las nubes -dijo .
   -Las nubes también son una respuesta -dijo .
   -Frase alquilada.
   -A tu justa medida.
               esperó.
   -Por fin lo hiciste -dijo             -. Hace meses que me preparabas para esto. Primero con la manía de enseñarme a declamar porquerías, a bailar como las tibetanas, a comer como los esquimales, a hacer el amor como los perros. Después me obligaste a no cortarme las uñas, me echaste a la calle el día del granizo, me encerraste en una caja de madera con una lámpara de rayos infrarrojos, me regalaste un álbum de estampillas. Todo eso era nada.
   -Vos sabés cuánto te quiero -dijo             en voz tan baja que            abrió los ojos como sorprendida-. Mi amor está apretado en este puño, triturado y apelmazado hasta volverse una bola chirriante, una estrella portátil que puedo sacar del bolsillo y acercar a tu cuerpo para quemarlo, para tatuarlo. Cada vez que te hago la seña no me contestás, y la estrella me fríe las piernas, me corre por las costillas como una tormenta, el mar de los zargazos, esa inexistencia donde flota el kraken, donde las medusas se acoplan de a miles, girando lentamente por la noche, en un baño de fósforo y de plancton.
   -¿Y yo tengo la culpa de todo eso?
   -Vas a desplazar las hebras -dijo             -. Apenas movés la boca hay dos hebras que se desplazan.
   -Bah, las hebras -dijo .
   -¿Cómo bah las hebras? -dijo             -. Me ha llevado media hora de trabajo, estoy lleno de tierra y de pelusas. No barrés nunca debajo de la cama. Acabo de descubrirlo. Mi amor es también así, materias sueltas que se juntan y aglutinan y conglomeran y yuxtaponen. Además yo sudo, cosa que no le ocurre a la basura.
   -Parece como si hubiera dormido cien años -dijo             -. ¿Cuánto dormí,              ?
   -Cien años -dijo .
   -Es mucho, cien años.
   -Para el que se queda despierto.
   -Vos te debés haber aburrido una locura.
   -Exactamente -dijo             -. Al dormirte te llevás el mundo, y yo me quedo despierto en una especie de nada con líneas de fuga. A la larga resulta aburrido.
   -Por eso jugás así -dijo             , mirando las hebras.
   -Esto no es un juego. Estar desnudos frente a frente.
   -Te lo juro -dijo            -. Yo creo que no vi la seña.
   -La viste perfectamente.
   -Si la hubiera visto la habría contestado. Prefiero estar despierta con vos.
   -Frases explicatorias nunca amamantaron a las abejas -dijo .
   -A lo mejor la vi y no la contesté, pero era por el calor y porque en el fondo yo hubiera tenido que lavar los platos antes de venir a acostarme.
   -Primero los platos -dijo             -. Un buen lema. Detrás de cuántas puñaladas hay esa razón que ningún juez aceptaría. Preferís pasar la lengua por los platos sucios antes que lamerme el pecho como un caracolito industrioso. Dejando una huella en forma de cuatro o de ocho. Mejor de siete, número empapado de sacralidad. Pero no, primero lameremos los platos como decía la reina Victoria. Primero lameremos los platos.
   -Pero es que están sucios,              -dijo             -. Hace quince días que no lavamos nada en la cocina. Ya te fijaste que hoy almorzamos con platos sucios, no se puede seguir así.
   -Estás perturbando las hebras -dijo .
   -Y si ahora me hicieras la seña, si ahora mismo vos...
   -Ahora no hace falta -dijo             -. Tengo derecho a lo que me dé la gana. Al fin y al cabo no sos más que una mosca.
   Se oyó un silbido en forma de S. Entró por la ventana que daba a la calle.
   -Es             -dijo             -. Me llama.
   -Vestite un poco antes de asomarte -dijo             -. Siempre te olvidás que estás desnudo.
   -Es que siempre estoy desnudo. Sos vos la que te olvidás de eso.
   -Esta bien -dijo             -. Pero por lo menos ponete el pantalón de piyama. ¿Y yo hasta cuando tengo que quedarme así?
   -No sé -dijo             -. Primero hay que ver lo que quiere .
   -Alguna manga, seguro. Un cigarrillo o los fósforos, esas cosas.
   -Es un vicioso, realmente.
   -Pero vos lo protegés.
   -Si te vas a poner a proteger a la gente normal...
   -Es cierto -dijo             -. En el fondo             es un buen muchacho. Oílo como silba. Es increíble la forma en que puede silbar. A mí se me haría pedazos la boca.
   -             es un alquimista -dijo            -. Transforma el aire en una cinta de mercurio. Qué jodido, carajo.
   -¿Por qué no te asomás a ver lo que quiere? Fijate que yo no estoy muy cómoda con estos hilos.
               se quedó estudiando en silencio las palabras de             .
   -Ya sé -dijo-. Lo que vos querés es que yo te suelte para irte a lavar los platos sucios.
   -Te juro que no. Me quedo aquí con vos. Si me hacés la seña, te juro que...
   -Puta, reputa, recontraputa -dijo             -. Si te hago la seña, eh. Ahora vení a comprarme con la seña. ¿Qué me importa la seña, si te he poseído como me dio la gana mientras dormías? Ahora mismo no tengo más que resbalar veinte centímetros, abriéndome paso como una gaviota en este maravilloso cordaje negro, esta arboladura de galeón empavesado, y penetrarte de un solo golpe para que grites, porque siempre gritas si te tomo de sorpresa. Y lo estás deseando, hace cinco minutos que te huelo y sé que lo estás deseando, podría entrar en vos como una mano en un guante usado, tenés el perfecto grado de humedad que aconsejan los especialistas en cuestiones copulares, especie de holoturia caliente.
   -¿Realmente lo hiciste mientras yo dormía? -dijo .
   -Lo hice de la manera más perfecta, pero eso no lo comprenderás nunca -dijo             mirando las hebras con un orgullo profundo-. Más allá de la seña, más allá de tu sucia cocina, y sobre todo más allá de tu bajo deseo. Quedate quieta, estás alterando las hebras.
   -Por favor -dijo             -. Andá a ver que quiere             , y después cerrás las persianas y venís conmigo. Te juro que no me voy a mover pero apurate.
               volvió a estudiar en silencio las palabras de             .
   -A lo mejor sí -dijo-. Vos no te muevas. ¿Querés que te seque un poco con una toalla? Estás sudando como una marmota.
   -Las marmotas no sudan -dijo             .
   -Sudan muchísimo -dijo             .
   Siempre hablaban de marmotas en el momento en que se reconciliaban.
   -Ahora la cuestión es saber cómo voy a salir de aquí -dijo             -. Hay tantas hebras que puedo tropezar con una, y cuando se retrocede no se tiene la misma clarividencia que cuando se avanza. Es increíble cómo el hombre ha nacido para la frontalidad. De espaldas no somos nada, che. Como la marcha atrás en auto, el más pintado se traga un buzón en la primera de cambio. Vos guiame. Primero saco esta pierna y pongo la rodilla en el borde de la cama.
   -Un poco más a la derecha -dijo             .
   -Me parece que toco la hebra con el pie -dijo             , mirando atrás y corrigiendo su movimiento.
   -Apenas la rozaste. Ahora poné la otra rodilla, pero despacio. Estás hermoso, tan sudado. Y la luz de la ventana te hace como un baño verde. Parecés podrido, te juro. Nunca te vi tan lindo.
   -Dejate de elogios y guiame -dijo             furioso-. ¿Te parece que pongo el pie en el suelo, o mejor voy resbalando? Lo malo es que me voy a despellejar las canillas, esta cama tiene un filo terrible.
   -Poné primero el pie derecho -dijo             -. Lo malo es que no alcanzó a ver el piso, cómo querés que te guíe si tengo que quedarme quieta.
   -Ya está -dijo             -. Ahora me voy agachando despacio y retrocedo centímetro a centímetro, como en las novelas de             .
   -No nombres a ese pájaro maléfico -dijo             .
   Reptando cual caimán de las marismas,             pasó poco a poco bajo las hebras que iban hasta el marco de la ventana. No volvió a mirar a             , absorto en el estudio de la cornocupia de la cómoda y el problema de sortear las hebras que iban de la cornocupia a un dedo del pie y al pelo y las cejas de             . Así pasó la mayoría de las hebras, pero la última la salvó de un salto. Recién entonces, con la mano en el pestillo de la puerta, miró a             que parecía dormida. Se daba cuenta de que en vez de haber ido a la ventana estaba al lado de la puerta, y que desde ahí era fácil llegar a la cabecera de la cama sin perturbar las hebras. Acercándose en puntas de pie, empezó a soplarle el pelo. Las hebras se agitaron, y se oyó el entrechocar de los caireles de la araña.
   -Vení -dijo             en voz muy baja.
   -Oh no -dijo             , alejándose-. Yo te hice la seña y vos no me contestaste.
   -Vení, vení en seguida.
               miró hacia la puerta.              respiraba penosamente, como si las hebras negras le estuvieran succionando la sangre. Se oyó todavía la nota cristalina de un cairel, y después el silencio de la siesta. Desde la casa de enfrente vino un silbido terrible, y desde abajo le contestaron con algo muy parecido a una ventosidad rectal.
   -Le han rajado un pedo espléndido -dijo             -. En realidad se lo merece.
   -Por favor vení -pidió             -. Me hace mal estar así esperándote, siento que me voy a morir, ¿esta noche quién te hace el asado?
               abrió los brazos, tomó impulso y saltó sobre la cama, barriendo las hebras con un aletazo fabuloso. El estrépito de los caireles coincidió con el golpe de sus pies al tocar el suelo del otro lado de la cama y con el alarido de             que se apretaba el vientre con las dos manos.              gritaba todavía de dolor cuando             le cayó encima apretándola, hundiéndola, mordiéndola y éndola. "Me duele muchísimo el ombligo", alcanzó a decir             , pero             no la oía, completamente del otro lado de las palabras. El aire olía cada vez más a Secotine, y la mosca verde planeaba en torno a la sacudida araña. Pedazos de hebras negras se retorcían como patas por todas partes, caían por los bordes de la cama, se entrecruzaban y rompían con menudos chasquidos.
               tenía hebras en la boca, debajo de la nariz, otra se le enroscaba en el cuello, y             movía casi inconscientemente las manos, mezclando caricias con manotazos para desprender las hebras que le salían por todos lados. Y todo eso duraba interminablemente, y la cornocupia estaba en el suelo rota en tres pedazos, uno más grande y dos casi iguales, como manda la divina proporción.

Publicado en Revista Iberoamericana, 84-85 (julio-diciembre de 1973), págs. 388-398

21.5.11




El hombre de Porlock

La historia marginal de la literatura recoge, como curiosidad, la manera en que se compuso y escribió el Kubla Khan de Coleridge. Ese cuasi-poema es uno de los poemas más extraordinarios de la literatura inglesa, la mayor, a excepción de la griega, de todas las literaturas. Y lo extraordinario del contexto se identifica con lo extraordinario del origen.
Este poema se compuso -cuenta Coleridge- en un sueño. El poeta vivió durante un tiempo en una finca solitaria, entre las aldeas de Porlock y Linton. Un día, en virtud de un calmante que había tomado, se adormeció; y durmió tres horas, durante las cuales, afirma, compuso el poema, al tiempo que de su espíritu surgían sin esfuerzo las imágenes y las expresiones verbales correspondientes.
Al despertar, se dispuso a escribir lo que había compuesto; ya había escrito treinta líneas, cunado le anunciaron la visita de "un hombre de Porlock". Coleridge se sintió obligado a atenderlo. Se entretuvo con él cerca de una hora. No obstante al proseguir la transcripción de lo que había compuesto en sueños, se percató de que había olvidado cuanto le quedaba por escribir; sólo recordó el final del poema, veinticuatro líneas más.
Y así ha llegado hasta nosotros ese Kubla Khan, como un fragmento de fragmentos; el principio y el fin de algo espantoso, de otro mundo, creado en unos términos de misterio que la imaginación no puede humanamente explicarse, y del cual ignoramos, con horror, cuál podría haber sido la intriga. Edgar Allan Poe (discípulo, lo supiera él mismo o no, de Coleridge) nunca alcanzó el Otro Mundo, ni en verso ni en prosa, de esa forma tan natural, ni con esa siniestra plenitud. En todo lo que escribió Poe, en toda su frialdad, algo queda de humano, aunque sea negativo; en el Kubla Khan todo es ajeno, todo pertenece al Más Allá; y la extraña historia transcurre en un Oriente imposible, pero que el poeta ciertamente vio.

No se sabe -Coleridge nunca lo dijo- quién fue aquel "Hombre de Porlock" al que tantos, como yo, habrán maldecido. ¿Será por una coincidencia caótica que aquel intruso misterioso apareciera para interrumpir una comunicación entre el abismo y la vida? ¿Nació la aparente coincidencia de alguna oculta presencia real, de las que parecen impedir conscientemente la revelación de los Misterios, aun cuando es intuitiva y lícita, o la transcripción de los sueños, cuando en ellos duerme alguna forma de esa revelación?
Sea como fuere, creo que el caso de Coleridge representa -de forma excesiva, destinada a formar una alegoría vívida- lo que nos ocurre a todos cuando, a través de la sensibilidad con la que se crea arte, intentamos comunicar, falsos pontífices, desde este mundo con el Otro Mundo de nosotros mismos.
Y es que aunque estemos despiertos al componer, componemos en sueños. Y a todos nosotros, aunque nadie nos visite, acude desde dentro el "Hombre de Porlock", el intruso previsto. Todo cuanto verdaderamente pensamos o sentimos, todo cuanto verdaderamente somos, sufre (en el momento de expresarlo, aunque sólo sea para nosotros mismos) la interrupción fatal de aquel visitante que también somos, de aquella persona externa que cada uno de nosotros tiene en sí mismo, más real en la vida que en nosotros mismos: es la acumulación viva de lo que aprendemos, de lo que creemos que somos, y de lo que deseamos ser.
A este visitante, eternamente misteriosos -porque, al ser nosotros, no es "alguien"-, a ese intruso, eternamente anónimo -porque al estar vivo, es impersonal-, cada uno de nosotros ha de recibirlo, por propia honestidad, entre el principio y el final de un poema, perfectamente terminado, que no nos permitimos que quede escrito. Y lo que entre todos nosotros -artistas grandes o pequeños- realmente sobrevive, son fragmentos de lo que no sabemos qué es, pero que sería, si hubiera sido, la propia expresión de nuestra alma.
¡Quién pudiera ser niño para que nadie nos visitara, ni tuviéramos visitantes a los que atender! Pero no queremos hacer esperar a quien no existe, no queremos ofender "al extraño", que somos nosotros. Y así, de lo que podía haber sido, sólo queda lo que es -del poema, o de la opera omnia, sólo el principio y el fin de cualquier cosa perdida- disjecta membra que, como dice Carlyle, es lo que queda de cualquier poeta, o de cualquier hombre.


Fernando Pessoa
Crítica: ensayos, artículos y entrevistas



El sueño de Coleridge

El fragmento lírico Kubla Khan (cincuenta y tantos versos rimados e irregulares, de prosodia exquisita) fue soñado por el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, en uno de los días del verano de 1797. Coleridge escribe que se había retirado a una granja en el confín de Exmoor; una indisposición lo obligó a tomar un hipnótico; el sueño lo venció momentos después de la lectura de un pasaje de Purchas, que refiere laedificación de un palacio por Kublai Khan, el emperador cuya fama occidental labró Marco Polo. En el sueño de Coleridge, el texto casualmente leído procedió a germinar y a multiplicarse; el hombre que dormía intuyó una serie de imágenes visuales y, simplemente, de palabras que las manifestaban; al cabo de algunas horas se despertó, con la certidumbre de haber compuesto, o recibido, un poema de unos trescientos versos. Los recordaba con singular claridad y pudo transcribir el fragmento que perdura en sus obras. Una visita inesperada lo interrumpió y le fue imposible, después, recordar el resto. "Descubrí, con no pequeña sorpresa y mortificación -cuenta Coleridge-, que si bien retenía de un modo vago la forma general de la visión, todo lo demás, salvo unas ocho odiez líneas sueltas, había desaparecido como las imágenes en la superficie de un río en el que se arroja una piedra, pero, ay de mí, sin la ulterior restauración de estas últimas." Swinburne sintió que lo rescatado era el más altoejemplo de la música del inglés y que el hombre capaz de analizarlo podría (la metáfora es de John Keats) destejer un arco iris. Las traducciones o resúmenes de poemas cuya virtud fundamental es la música son vanas y pueden ser perjudiciales; bástenos retener, por ahora, que a Coleridge le fue dada en un sueño una página de no discutido esplendor.
El caso, aunque extraordinario, no es único. En el estudio psicológico The world of Dreams, Havelock Ellis lo ha equiparado con el del violinista y compositor Giuseppe Tartini, que soño que el Diablo (su esclavo) ejecutaba en el violín una prodigiosa sonata; el soñador, al despertar, dedujo de su imperfecto recuerdo el Trillo del Diavolo. Otro clásico ejemplo de celebración inconsciente es el de Robert Louis Stevenson, a quien un sueño (según él mismo ha referido en su Chapters on Dreams) le dio el argumento de Olalla y otro, en 1884, el de Jekyll & Hide. Tartini quiso imitar en la vigilia la música de un sueño; Stevenson recibió del sueño argumentos, es decir, formas generales; más afín a la inspiración verbal de Coleridge es la que Beda el Venerable atribuye a Caedmos (Historia ecclessiastica gentis Anglocum, IV, 24). El caso ocurrió a finales del siglo VII, en la Inglaterra misionera y guerrera de los reinos sajones. Caedmon era un rudo pastor y ya no era joven; una noche, se escurrió en una fiesta porque previó que le pasarían el arpa, y se sabía incapaz de cantar. Se echó a dormir en el establo, entre los caballos, y en el sueño alguien lo llamó por su nombre y le ordenó que cantara. Caedmon contestó que no sabía, pero el otro le dijo: "Canta el principio de las cosas creadas". Caedmon, entonces, dijo versos que jamás había oido. No los olvidó, al despertar, y pudo repetirlos ante los monjes del cercano monasterio de Hild. No aprendió a leer, pero los monjes le explicaban pasajes de la historia sagrada y él "los rumiaba como un limpio animal y los convertía en versos dulcísimos, y de esta manera cantó la creación del mundo y del hombre y toda la historia del Génesis y el éxodo de los hijos de Israel y su entrada en la tierra de promisión, y muchas otras cosas de la Escritura, y la encarnación, pasión, resurección y ascensión del Señor, y la venida del Espíritu Santo y la enseñanza de los apóstoles, y también el terror del Juicio Final, el horror de las penas infernales, las dulzuras del cielo y las mercedes y los juicios de Dios". Años después, profetizó la hora en que iba a dormir y la esperó durmiendo. Esperemos que volvió a encontrarse con su ángel.
A primera vista, el sueño de Coleridge corre el albur de parecer menos asombroso que el de su precursor. Kubla Khan es una composición admirable y las nueve líneas del himno soñado por Caedmon casi no presentan otra virtud que su origen onírico, pero Coleridge ya era un poeta y a Caedmon le fue revelada una vocación. Hay, sin embargo, un hecho ulterior, que magnifica hasta lo insondable la maravilla del sueño en que se engendró Kubla Khan. Si este hecho es verdadero, la historia del sueño de Coleridge es anterior en muchos siglos a Coleridge y no ha tocado aún a su fin.
El poeta soñó en 1797 (otros entienden que en 1798) y publicó su relación del sueño en 1816, a manera de glosa o justificación del poema inconcluso. Veinte años después apareció en París, fragmentariamente, la primera versión occidental de una sw esas historias universales en que la literatura persa es tan rica, el Compendio de Historias de Rashid ed-Din, que data del siglo XIV. En una página se lee: "Al este de Shnag-tu, Kubla Khan erigió un palacio, según un plano que había visto en un sueño y que guardaba en la memoria". Quien esto escribió era el visir de Ghazan Mahmud, que descendía de Kubla.
Un emperador mongol, en el siglo XIII, sueña un palacio y lo edifica conforme a la visión; en el siglo XVIII, un poeta inglés que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el palacio. Confrontadas con esa simetría, que trabaja con almas de hombres que duermen y abarca continentes y siglos, nada o muy poco son, me parece, las levitaciones, resurrecciones y apariciones de los libros piadosos.
¿Qué expicación preferimos? Quienes de antemano rechazan lo sobrenatural (yo trato, siempre, de pertenecer a ese gremio) juzgarán que la historia de los sueños es una coincidencia, un dibujo trazado por el azar, como las formas de leones o de caballos que a veces configuran las nubes. Otros argüirán que el poeta supo de algún modo que el emperador había soñado el palacio y dijo haber soñado el poema para crear una espléndida ficción que asimismo paliara o justificara lo truncado y rapsódico de los versos. Esta conjetura es verosímil, pero nos obliga a postular, arbitrariamente, un texto no identificado por los sinólogos en el que Coleridge pudo leer, antes de 1816, el sueño de Kubla. Más encantadoras son las hipótesis que trascienden lo racional. Por ejemplo, cabe suponer que el alma del emperador, destruido el palacio, penetró en el alma de Coleridge, para que éste lo reconstruyera en palabras, más duraderas que los mármoles y metales.
El primer sueño agregó a la realidad un palacio; el segundo, que se produjo cinco siglos después, un poema (o principio de poema) sugerido por el palacio; la similitud de los sueños deja entrever un plan; el período enorme revela un ejecutor sobrehumano. Indagar el propósito de ese Inmortal o de ese longevo sería, tal vez, no menos atrevido que inútil, pero es lícito sospechar que no lo ha logrado. En 1691, el P. Gerbillon, de la Compañia de Jesús, comprobó que del palacio de Kubla Khan sólo quedaban ruinas; del poema nos consta que apenas se rescataron cincuenta versos. Tales hechos permiten conjeturar que la serie de sueños y de trabajos no ha tocado a su fin. Al primer soñador le fue deparada en la noche la visión de un palacio y lo construyó; al segundo, que no supo del sueño del anterior, el poema sobre el palacio. Si no marra el esquema, alguien, en una noche de la que nos apartan los siglos, soñará el mismo sueño y no sospechará que otros lo soñaron y le dará la forma de un mármol o de una música. Quizá la serie de los sueños no tenga fin, quizá la clave esté en el último.
Ya escrito lo anterior, entreveo o creo entrever otra explicación. Acaso un arquetipo no revelado aún a los hombres, un objeto eterno (para usar la nomenclatura de Whitehead), esté ingresando paulatinamente en el mundo; su primera manifestación fue el palacio; la segunda el poema. quien los hubiera comparado habría visto que eran esencialmente iguales.


Jorge Luis Borges
Otras inquisiciones