LA BESTIA DE LASCAUX
La bestia innominable
La Bestia innominable cierra la marcha del gracioso rebaño, como un cíclope bufo.
Ocho escarnios forman su atavío y reparten su locura.
La bestia regüelda devotamente en el aire rústico.
Sus costillares atiborrados y cadentes están doloridos y van a vaciarse se su embarazo.
Desde su pezuña a sus vanas defensas está envuelta en su fetidez.
Tal me parece el friso de Lascaux, madre fantásticamente disfrazada.
La Sabiduría con ojos llenos de lágrimas.
En el Fedro, Platón evoca, para condenarlo, un extraño lenguaje: hete aquí que alguien habla y, sin embargo, nadie habla; es de hecho un habla, pero ella no piensa en lo que dice, y dice siempre lo mismo, incapaz de escoger a sus interlocutores, incapaz de responder si le interrogan y de prestarse auxilio si la atacan: destino que la expone a rodar por todos los lados, al azar, y que expone a la verdad a que se convierta en simiente de azar; confiarle lo verdadero es realmente confiarlo a la muerte. Así, pues, Sócrates propone que, de esta habla, nos apartemos lo más posible, como de una enfermedad peligrosa, y que nos mantengamos en el verdadero lenguaje, que es el lenguaje hablado, donde el habla está segura de encontrar en la presencia de quien la expresa una garantía viviente.
Habla escrita: habla muerta, habla del olvido. Esta extrema desconfianza hacia la escritura, compartida todavía por Platón, muestra qué duda ha podido alumbrar, qué problemas suscitar el uso nuevo de la comunicación escrita: ¿qué es esta habla que no tiene tras sí la caución personal de un hombre verdadero y preocupado por la verdad? El humanismo ya tardío de Sócrates se encuentra aquí a la misma distancia de dos mundos que no desconoce, que rechaza mediante una elección vigorosa. Por un lado, el saber impersonal del libro que no pide star garantizado por el pensamiento de uno solo, pensamiento que nunca es verdadero, porque no puede convertirse en verdad sino en el mundo de todos y merced al advenimiento mismo de ese mundo. Un saber así está ligado al desarrollo de la técnica bajo todas las formas y hace del habla, de la escritura, una técnica.
Pero Sócrates, que rechaza el saber impersonal del libro, no rechaza menos –aunque con más reverencia– otro lenguaje impersonal, el habla pura que da sentido a lo sagrado. No pertenecemos ya, dice, a aquellos que se contentaban con escuchar la voz de la encina o la de la piedra. "Vosotros, los modernos, queréis saber quién es el que habla y de qué país es". De modo que todo lo dicho contra la escritura serviría, por otra parte, para desacreditar el habla recitada del himno, allí donde el rapsoda, ya sea el poeta o el eco del poeta, no es ya sino el órgano irresponsable de un lenguaje que le sobrepasa infinitamente.
Y, en eso, misteriosamente, la escritura, vinculada no obstante al desarrollo de la prosa, cuando el verso deja de ser un medio indispensable de memoria, la cosa escrita aparece como esencialmente cercana al habla sagrada, de la cual parece llevar consigo en la obra su misma extrañeza, de la cual hereda la desmesura, el riesgo y la fuerza que escapa de todo cálculo y que rehúsa cualquier garantía. Como el habla sagrada, lo que está escrito viene de no se sabe dónde, carece de autor y de origen y, por esa vía remite a algo más original. Detrás del habla de lo escrito, nadie está presente, sino que ella da voz a la ausencia, como el oráculo, donde lo divino habla, el propio dios no está nunca presente en su habla, mientras que quien habla es la ausencia de dios. Y el oráculo, no más que la escritura, no se justifica, no se explica, no se defiende: no hay diálogo con lo escrito y no hay diálogo con el dios. Sócrates se queda asombrado con este silencio que habla.
Ante la extrañeza de la obra escrita, su desazón es finalmente lo que experimenta ante la obra de arte cuya insólita esencia le inspira desconfianza, si no desprecio: "Sin duda, esto es, Fedro, lo terrible que hay en la escritura, su semejanza con la pintura: ¿no se presentan los retoños de ésta como seres vivos?, ¿pero no se callan majestuosamente cuando se les interroga?". Lo que por tanto le choca, lo que le parece "terrible", es, en la escritura tanto como en la pintura, el silencio, el silencio majestuoso, mutismo en sí mismo inhumano, que hace que pase el arte el escalofrío de las fuerzas sagradas, esas fuerzas que, mediante el horror y el terror, abren al hombre hacia regiones extranjeras.
Nada más impresionante que esta sorpresa ante el silencio del arte, esta desazón del amante de las palabras, del hombre fiel a la honestidad del habla viva: ¿qué es esto que tiene la inmutabilidad de las cosas eternas y que, sin embargo, es sólo apariencia, que dice cosas verdaderas, pero detrás de lo cual no hay sino el vacío, la imposibilidad de hablar, de tal manera que aquí lo verdadero no tiene nada para sostenerlo, aparece sin fundamento y es el escándalo de lo que parece verdadero, pero que sólo es imagen y, mediante la imagen y la apariencia, atrae a la verdad a una profundidad donde no hay ni verdad, ni sentido, ni siquiera error? Por eso, Platón y Sócrates, en el mismo pasaje, se apresuran a convertir la escritura, así como el arte, en una diversión donde lo serio no está comprometido, que se reservará para las horas de recreo, semejante a esos jardines en miniatura formados artificialmente en cestos para la ornamentación de las fiestas, llamados jardines de Adonis. El discurso escrito, el "volumen" no será, pues, sino un jardín en letras de escritura", capaz todo lo más de conmemorar las obras o los acontecimientos del saber, sin tener ninguna participación en el trabajo de su descubrimiento. (...)
Uno se pregunta a veces por qué René Char, poeta ligado a nuestro destino, se siente íntimamente cercano al nombre de Heráclito del que él mismo ha evocado su figura victoriosa, su "vista de águila solar", "genio fiero, estable y ansioso", pero al que evocan y traen consigo ante nosotros, por una llamada más inmediata, tantas de sus obras, destellos de poema donde el poema parece reducido al filo del puro destello, al corte de una decisión.
Quizá un principio de respuesta se nos dará a través de dos pensamientos de Heráclito. Heráclito responde en ellos de alguna manera a Sócrates al reconocer la verdadera autoridad del lenguaje en eso que convierte el habla impersonal del oráculo en un peligro y un escándalo: "El Señor cuyo oráculo está en Delfos no expresa ni disimula nada, sino que indica." El término "indica" está aquí de vuelta a su fuerza de imagen y convierte la palabra en el dedo silenciosamente orientado, el "índice cuya uña está arrancada" que, sin decir nada, sin ocultar nada, abre el espacio, lo abre a quien se abre a esta venida. Sócrates tiene sin duda razón: lo que el quiere no es un lenguaje que no diga nada y detrás del cual no se disimule nada, sino un habla segura, garantizada por una presencia: que se pueda intercambiar y hecha para el intercambio. el habla de la que se fía es siempre habla de algo y habla de alguien, uno y otro siempre ya revelados y presentes, nunca un habla en ciernes. Y, por esto, deliberadamente, con una prudencia que no hay que desconocer, renuncia a todo lenguaje vuelto hacia el origen, tanto al oráculo como a la obra de arte por la que se da voz al comienzo, llamada dirigida a una decisión inicial.
El lenguaje en quien habla el origen es esencialmente profético. Esto no significa que dicte los acontecimientos futuros, eso quiere decir que no toma apoyo en algo que ya exista, ni sobre una verdad vigente, ni sobre el mero lenguaje ya dicho o verificado. Anuncia, por el hecho de que comienza. Indica el porvenir, por el hecho de que él, lenguaje del futuro, no habla todavía, por ser él mismo como un lenguaje futuro, que siempre se adelanta, no teniendo su sentido y su legitimidad sino delante de sí, es decir, estando fundamentalmente injustificado. Y tal es la sabiduría falta de razón de la Sibila, la cual se hace escuchar durante mil años, porque nunca es escuchada ahora; y este lenguaje que abre la duración, que desgarra y que principia, carece de sonrisa, de adorno y de fingimiento, desnudez del habla primera: "La Sibila que, con boca espumosa, hace que se oigan palabras sin atractivo, sin adorno y sin fingimiento, hace que resuenen sus oráculos durante mil años, porque quien le inspira es el dios."
Si se juzgara útil recuperar en pocos trazos la fuerza del poema tal como éste se esclarece en la obra de René Char, uno podría contentarse con decir que él es esta habla futura, impersonal y siempre venidera donde, con la decisión de un lenguaje en ciernes, sin embargo se nos habla íntimamente de lo que se ventila en nuestro más próximo y más inmediato destino. Es, por excelencia, el canto del presentimiento, de la promesa y del despertar –no es que él cante lo que sucederá mañana, ni que en él un porvenir, feliz o infeliz, nos sea revelado–, pero vincula firmemente, en el espacio preservado por el presentimiento, el habla al vuelo, y, por el vuelo del habla, preserva firmemente el advenimiento de un horizonte más amplio, la afirmación de un día primero. El porvenir es raro, y cada día que viene no es un día que comienza. Más rara todavía es el habla que, en su silencio, es reserva de un habla venidera y nos hace girar, aunque fuere muy cerca de nuestro fin, hacia la fuerza del comienzo. En cada una de las obras de René Char, escuchamos que la poesía pronuncia el juramento que, en la ansiedad y la incertidumbre, la liga a su propio porvenir y la obliga a hablar sólo a partir de ese porvenir, para dar, de antemano, a esta venida, la firmeza y la promesa de su habla.
(...) Todo habla en ciernes, aun cuando fuere el movimiento más suave y más secreto, es, puesto que nos precede infinitamente, la que más quebranta y exige: como el más tierno nacer del día en que se declara toda la violencia de una claridad primera, y como el habla oracular que nada dicta, que no obliga a nada, que ni siquiera habla, sino que convierte ese silencio en el dedo imperiosamente apunta con fijeza al universo.
Cuando lo desconocido nos interpela, cuando el habla le toma prestado al oráculo su voz donde nada actual habla, sino que fuerza a aquel que lo escucha a arrancarse de su presente para venir hasta sí mismo como hasta lo que aún no es, esta habla a menudo es intolerante, poseedora de una violencia altanera que, en su rigor y a través de su sentencia indiscutible, nos despoja de nosotros mismos ignorándonos. (...)
La oportunidad que tiene el poema de poder escapar de la intolerancia profética, y esta oportunidad con una pureza de la que no nos damos cuenta, es lo que la obra de René Char nos ofrece, ella que nos habla desde tan lejos, pero con una íntima comprensión que nos la convierte en tan próxima – que tiene la fuerza de lo impersonal, siendo a la fidelidad de un destino propio a lo que nos llama, obra tensa, pero paciente, borrascosa y llana, enérgica, concentrando en ella, en la explosiva brevedad del instante, una potencia de imagen y de afirmación que "pulveriza" el poema y sin embargo preservadora de la lentitud, la continuidad y la armonía de lo ininterrumpido. (...)
Si el habla del poema, en la obra de René Char, evoca el habla del pensamiento en Heráclito, tal como nos ha sido transmitida, se lo debemos, parece, a esta relación con el origen, relación, en uno y otro, no del todo confiada ni estable, sino desgarrada y borrascosa. Jenófanes, sin duda más joven que Heráclito, pero uno de los que como a éste, con una ternura un poco burlona, Platón llamaba los Viejos, era uno de esos aedas errantes, que iban de país en país viviendo de sus cantos; el pensamiento era ya solamente eso que cantaba en su canto, un habla que denegaba las leyendas de los dioses, las interrogaba ásperamente y se interrogaba a sí misma, de modo que los que la escuchaban asistían a este acontecimiento muy extraño: el nacimiento de la filosofía en el poema.
Es, en la experiencia del arte y en la génesis de la obra, un momento en que ésta no es todavía sino una violencia indistinta que tiende a abrirse y tiende a cerrarse, tendiendo a exaltarse en un espacio que se abre y tendiendo a retirarse en la profundidad del disimulo: la obra es entonces la intimidad en lucha de momentos irreconciliables e inseparables, comunicación desgarrada entre la medida de la obra que se convierte en poder y la desmesura de la obra que quiere la imposibilidad, entre la forma donde ella se capta y lo ilimitado donde se rehúsa, entre la obra como comienzo y el origen a partir del cual nunca hay obra, donde reina la eterna desobra. Esta exaltación antagonista es lo que funda la comunicación y quien tomará finalmente la forma personificada de la exigencia de leer y de la exigencia de escribir. el lenguaje del pensamiento y el lenguaje que se despliega en el canto poético son como las diferentes direcciones que ha tomado ese diálogo original, pero, en uno y en otro, y cada vez que uno y otro renuncian a su forma sosegada y remontan hacia la fuente, parece que comienza de nuevo, de una manera más o menos "viva", ese combate más original de exigencias más indistintas, no sólo, si es posible decirlo, que toda obra poética, en el curso de su génesis, es retorno a la impugnación inicial sino también que, incluso, en cuanto que es obra, no cesa de ser la intimidad de su eterno nacimiento.
Tanto en la obra de René Char como en los fragmentos de Heráclito, asistimos momento a momento a esa eterna génesis, a ese duro combate al lado del anterior, allí donde la transparencia del pensamiento se cnvierte en luz del día en virtud de la imagen oscura que lo retiene, donde el habla misma, sufriendo uan doble violencia, parece aclararse por el silencio desnudo del pensamiento, parece espesarse, llenarse con la profundidad parlante, incesante, murmullo donde nada se deja oír. Voz de la encina, lenguaje riguroso y cerrado del aforismo, así es como nos habla, dentro de la indistinción de un habla primera, "madre fantásticamente disfrazada, la Sabiduría con los ojos llenos de lágrimas" que, mirando el friso de Lascaux, René Char ha identificado con la figura de la "bestia innominable". Extraña sabiduría, demasiado antigua para Sócrates y también demasiado nueva, de la cual, sin embargo, a pesar de la desazón que obligaba a alejarse de ella, se debe creer que no está excluido, él que sólo aceptaba como garante del habla la presencia de un hombre vivo y que sin embargo por eso llegó a morir, a fin de mantener su palabra.
Maurice Blanchot

