13.4.26

Tríptico de las Tentaciones de San Antonio, 1501. El Bosco
Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa




Palabra y materia


Quisiera remitirme, una vez más, a la sustancial, no renunciable introducción del Evangelio según Juan, cuyo seminal inicio es de todos conocido: "en arché en ho logos". En el principio era el logos, es decir, el verbo, es decir, la palabra. Por medio de ella todo fue creado, y nada fue creado sin ella.


Permítanme que dé a esta cita un contexto, tal vez poco previsible, que la entraña en otro texto escrito por mí hacia 1980. Escribí entonces:


En un libro memorable que data de 1947 –Do kamo. La presona y el mito en el mundo melanesio–, Maurice Leenhardt explica cómo entre los canacos el término que ellos mismos, cuando utilizan el francés, traducen por parole, significa a la vez palabra, acto y pensamiento. Esa palabra melanesia que engloba la locución, la acción y el decurso del pensar, es esencialmente una palabra total. Su proyección sobre la comunidad es una encarnación. El jefe de la comunidad canaca sólo únicamente eso: encarnación de la palabra. Y ésta, dice Leenhardt, es la potencia de manifestación del ser. No va por consiguiente acompañado el jefe de aparato ni de señal alguna de su jefatura, porque no lo necesita.


Y bien evidente es que no necesita señal alguna aquel cuyo ser consiste en ser la palabra. De ahí, y vuelvo a mi cita inicial, que algunos indígenas al convertirse al cristianismo y al leer el Evangelio en su lengua retuvieran con un inesperado interés el prólogo de Juan: en el principio era la palabra y la palabra se hizo carne.


Sin una consideración de esa palabra total, toda consideración en profundidad de lo poético está negada de antemano. En efecto, lo poético exige como requisito primero el descondicionamiento del lenguaje como instrumentalidad. El lenguaje concebido como sola instrumentalidad deja de participar en la palabra. Esto se sabe también en algunos de los límites extremos que la experiencia de lo poético ha alcanzado en lo moderno. Pongamos por caso a Stéphane Mallarmé, en la siguiente nota fechada en 1879: "No confundir lenguaje y verbo. El verbo es un principio que se desarrolla a través de la negación de todo principio. Meditación sobre el verbo como principio y en el principio, en el que todo principio que no sea el verbo mismo queda negado".


Desde esta perspectiva tan antigua y tan nueva, quisiera proponerles una aproximación de la que no me es posible prescindir por considerarla eje o piedra capitular de toda auténtica creación poética; una aproximación, digo, a la palabra, al verbo, al logos.


Empezaría, en esta propuesta de aproximación, por decir que la palabra a la que quisiéramos acercarnos es de tal naturaleza que no conlleva, al menos en el uso normal del término, ninguna información. Palabra, en efecto, que no reconoce finalidad ni se sujeta a intención. No comunica propiamente, sino que convoca o llama hacia en interior de sí misma. Palabra que no se consuma, como sucede en el uso instrumental del lenguaje, en lo que designa, sino que pertenece perpetuamente abierta hacia el interior de sí. Y de este modo, la poesía se hace o es fundamentalmente experiencia de la interioridad de la palabra.


lo que llamamos poema sería en esa perspectiva, antes que cualquier otra cosa, lugar, estancia, morada, habitación donde el estar y el ser se unifican. Los seres, dice Machado, se hacen estares. Lugra, por consiguiente, de la absoluta interioridad. "Interio intimo meo", más interior que lo más íntimo de mí, según Agustín de Hipona en las Confesiones (III, 6, 11), o "Lebens innerste Seele", lo más interior del alma de la vida, según Novalis en el primero de los Himnos de la noche. La palabra poética cuando se manifiesta, cuando en verdad se manifiesta, y cuando en verdad la recibimos, nos invita a entrar en ese territorio extremo. Territorio de la extrema interioridad. Lugar del no lugar. Espacio vacío y generador, concavidad, matriz, materia mater, materia memoria, material memoria.


En otro texto, de 1987, escribí lo siguiente: "Palabra o voz no identificable la palabra poética. Ininteligible propiamente en su aparición, porque reclama un "intelligere incomprehensibiliter", en palabras de Nicolás de Cusa, o un "entender no entendido", en palabras de Juan de la Cruz". Y si pasamos a otras latitudes, si pasamos al libro del Tao, Lao-Tze escribe: "Es necesario comprender el Tao como si no lo comprendiéramos". Vaya esto contra todos los intentos de racionalización de la poesía, de explicación de la poesía por referencias experimentales inmediatas, que son absolutamente inválidas y que no tienen nada que ver con la auténtica creación poética.


Empieza la palabra poética en el punto o límite extremo en el que se hace imposible decir. Es necesario llegar al borde, al precipicio donde comienza lo imposible. Viaje, dice Georges Bataille, al término de lo posible. Y esa palabra no pertenece propiamente a la ciudad. Sino que a la ciudad le sobreviene o le llega. ¿Y de dónde viene y qué dice esa voz? Viene de un no lugar. Viene del desierto real o simbólico. Imágenes de desnudez, de transparencia incondicionada del ser. El desierto es el lugar de manifestación de la palabra y de comparecencia ante la palabra. "En la tierra desierta sin agua, seca, y sin camino, padecí delante de tí". dice el Salmo 63 según lo traduce Juan de la Cruz en el comentario del cuarto verso de la primera estrofa de la "Noche oscura", donde escribe "salí sin ser notada...".


(...)

El desierto, por consiguiente. Frontera con lo infinito. Lugar privilegiado de la lucha del hombre con los dioses y con los demonios (recuerden las imágenes de la Tentación de San Antonio en el famoso cuadro de El Bosco).


Desde ese punto de vista, el poema nos invita a una experiencia oscura. A una inmersión en las capas sucesivas de la materia o de la memoria. A una inmersión en el fondo infinito en el que acaso se encuentra la palabra única, la palabra que fue, no sabemos cuando, nuestro origen, residuo acaso el poema de lo que se ha llamado la nominación primera. Inmersión, por consiguiente, en las capas de la memoria. Descenso por los infinitos estratos o cámaras de la palabra. Descenso o viaje al origen.


Ese descenso o viaje es probablemente, como todos los viajes, un rito de iniciación, que en mi perspectiva personal tendría tres fases o ciclos o pruebas: el ciclo del descenso a la memoria personal, el ciclo del descenso a la memoria colectiva y el ciclo del descenso a la memoria de la materia, la memoria del mundo. Y, al igual que en el caso de los místicos y de las famosas tres vías –purgativa, iluminativa y unitiva–, esas tres fases o ciclos no serían rigurosamente sucesivos. Entiendo que la palabra poética avanza simultánea o desigualmente en los tres grandes frentes de la memoria.


(...) Yo quisiera hablar de este último y tercer y radical descenso a la memoria de la materia. En él la palabra no versa sobre la materia, es materia. No versa sobre el cuerpo, es cuerpo. La palabra, la materia, el cuerpo del amor, son una sola y misma cosa.


(...)

La palabra se hace consustancial, se manifiesta en su libertad plenaria, nos dice y se dice a sí misma. El poeta ha vivido una experiencia extrema y la palabra se hace revelación espontánea del discurrir sin que la voluntad del poeta la determine. No hay proyecto. La palabra emerge del profundo misterio de la luz de cada día. Por eso, lo que antes se configuraba como libro o ciclo se hace ahora diario. La palabra muestra al poeta formas inéditas, inesperadas, de convivencia con la realidad. Una transformación se ha operado.


(...)

En este estado de vuelta o regreso, la palabra adquiere una particular transparencia. está a la vez a uno y otro lado del espejo. El yo del poema se despliega en contradictorias imágenes y, con frecuencia, se tiñe el decir de una muy pronunciada melancolía. Voy a leerles de este ciclo –que representaría mi último ciclo poético, que se terminará cuando la palabra quiera, no cuando yo lo decida, ni siquiera cuando yo me muera– tres poemas que reflejan esa flotación, esa duplicidad terrible del existir.


FLOTAR en la incierta realidad del ser, tentar a ciegas lo

improbable, no tener asidero en tanta sombra. los cuerpos

de los ahogados en la mar meditan boca abajo, pero no ven

el fondo con los ojos vacíos. El anciano volvió con una

antorcha e iluminó los barcos naufragados. Se alzó desde la

noche un coro en una lengua imposible de interpretar.

Ésta es la verdadera canción, pensaste, y luego te fuiste

diluyendo, despacio, muy despacio, en lo no descifrable.


(...)

La luz no está en la luz, está en las cosas

que arden de luz tenaz bajo la lluvia.


(...)

Nada tiene más fuego que la ausencia.


José Ángel Valente

Palabra y materia

Círculo de Bellas Artes, Madrid. 15 de enero de 1999