14.7.26

Jacarandás, mayo 2026. César Barrio




Todo sentido visible, todo lo visible produce y niega su sentido.


(...) Una muesca

o inciso por el que cupiera, pudiera

caber la rama respirable de la acacia

que ante la casa crece. Algo para 

decir y repetir, murmurar por el rumor,

por un girar de ecos. Un hueco entre sustancias.


(...) Desde cavernas trae

presentes verdor y velos

blancos.

                ¿De qué hablamos cuando hablamos

solos? Pentimento. Dibujar otra ves

los nervios de las hojas,

qué luz

hubo,

y ahora viaja en avión, línea 

anaranjada bordeando los pájaros, eso

de lo que habla.


(...) Lo irreal se refiere a la vida,

el mundo –árboles, animales, el campo, los objetos– es plenamente real,

lo irreal corresponde al estar, al presente, a la actividad del ser.

Por una parte, lo aleatorio –vivir aún–, lo delgado de nuestra presencia

y lo inestable, evanescente de nuestra relación con los otros

–qué epidérmico, o acotado, limitado según el tipo de relación,

es nuestro contacto–,

si a ello se une la velocidad del hacer y acontecer, resulta ese 

vertiginoso deslizarse de imágenes, sensaciones, sonidos, de

lo irreal forma parte la contigüidad indistinta de los tiempos

–repentización del pasado, extrañeza del presente...

la escritura retiene ese deslizarse, o da cuenta de él, lo hace su

objeto,

y dar cuenta de lo real que, en cambio, aparece el mundo.


La memoria –lo ensimismado de la memoria– como topos

de rara incongruencia: a un tiempo, lugar de refugio y de intemperie.


(...) Cuerpo es lo otro.

Irreconocible. Dolor.

Sólo cuerpo. Cuerpo es no yo.

No yo.

Lo quieto de las cosas

en el atardecer. La quietud,

por ejemplo, de los edificios.

El ensombrecimiento

mudo y apagado.


Pensar es pensar el cuerpo, pensarnos en el mundo –lo que significa: estamos y no estamos. En el mundo. El mundo de un poeta, de una poeta es reducido; su mirada focaliza aspectos limitados, obsesivos, enfermos; manifestaciones o sintomas de una disposición del ánimo. Ese mundo además es lento; las transformaciones (condensaciones, acotaciones novedosas, hallazgos de los mismo –aquí, aquello–) son lentas; años para un giro, para otro matiz, para un caer en la cuenta. Quien trabaja el poema es pájaro y caracol a un tiempo, leve, y audaz y concentrado en sí, quieto, ensimismado. La obra responde a las calidades muy precisas de su percepción y su memoria; a una sensibilidad formada en carnosas dependencias familiares y en mecanismos asociativos irreductibles. El modo en que construye su mundo es su aportación a la lengua. Pienso en Vallejo, en Rosalía, en Else Lasker-Schüler, en Lezama, en Traki, en Jaime Saenz... La forma pasa cada uno de ellos es la única posible, y esa forma es pensamiento, un modo de un mirar el mundo, una manera de relacionarse con los muertos, de ir a la muerte.


La poesía, como la filosofía, trabaja a la contra, por ejemplo, contra la cultura, contra la lengua de la cultura, contra el método, contra lo que se sabe hacer, y contra la idea de musicalidad que parece perseguirla, idea que actúa con frecuencia diluyendo la precisión, esa cualidad irrenunciable de lo poético –y el llamado rigor formal es sólo el modo de alcanzar la precisión.


(...) El sonido

que bandadas de gaviotas producen

es externo, el encharcamiento

estacional de las tierras

llanas, ese espejo, pecho desnudo,

graznidos para lo vulnerable.



Olvido García Valdés

El mundo es un jardín

Círculo de Bellas Artes, Madrid. Primavera de 2009